Revista Casa Mediterráneo

Blanca Lleó: “Los arquitectos tenemos una fortaleza y es que funcionamos con una inteligencia creativa, que resulta muy versátil”

en enero 22, 2020

Blanca Lleó es una de las arquitectas españolas más reconocidas en el ámbito internacional. Su trabajo se caracteriza por crear espacios intermedios que faciliten las relaciones sociales, siempre bajo la premisa del respeto hacia el Medio Ambiente. Lleó dirige su propio estudio desde 1985 y su obra abarca tanto proyectos públicos como privados, reconocidos con importantes premios nacionales.

Discípula de grandes maestros como Moneo o Sáenz de Oiza, algunas de sus obras más emblemáticas son la Cárcel de Jaén -que fue el precedente de un prototipo de construcción más “amable” que las anteriores, orientada a la reinserción-, el edificio Mirador, el Faro de Nules, la Casa M en el Viso de Madrid, el Ayuntamiento de Lorca o el Parque de las Salinas de Cádiz. Lleó compagina su trabajo de arquitecta con la docencia en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid, donde es profesora desde 1990 y catedrática de proyectos arquitectónicos desde 2012. Asimismo, imparte seminarios y conferencias en algunas de las universidades más prestigiosas del mundo, al tiempo que diseña y comisaria exposiones de arte.

Blanca Lleó participó el pasado 16 de enero en un encuentro en Casa Mediterráneo, enmarcado en el ciclo “Mujeres y el Mediterráneo”, donde dio a conocer el panorama actual de la arquitectura contemporánea en nuestro país y las claves para que las arquitectas consigan abrirse camino en un mundo que hace tan sólo cincuenta años era un bastión masculino.

¿Cómo comenzó su vocación hacia la arquitectura?

Realmente, en mi familia no ha habido arquitectos, de manera que no es algo que yo haya vivido en casa. Probablemente, empecé arquitectura porque me gustaban mucho las matemáticas y el dibujo. Entonces, llegué a la conclusión de que dibujo y matemáticas me conducían a la arquitectura, pero no tenía una especial vocación. Lo que pasa es que tuve una suerte inmensa de caer en manos de un profesor -siempre hay uno que te inspira y entusiasma con algo-, Francisco Javier Sáenz de Oiza, que me marcó. Estaba en tercero de carrera y las clases de proyectos de este profesor maravilloso, que ha sido maestro de maestros, me llevaron a este apasionamiento hacia la arquitectura.

Blanca Lleó en Casa Mediterráneo – © Foto: Sonia Marco

¿Cómo se inició su interés hacia la arquitectura sostenible, muy presente en sus construcciones?

Bueno, realmente todos estamos muy concienciados, algo está sucediendo alrededor. Si eres una persona que está en sintonía con los problemas de tu tiempo no puedes dejar de lado estos problemas medioambientales, de reto de cambio climático, porque se están produciendo cada día y son evidentes. Cerrar los ojos a esta realidad es como cerrarlos a todos los problemas, las demandas, las necesidades que nuestro tiempo nos está exigiendo como profesionales. Creo que para ser un buen profesional hay que dar respuesta a las demandas de tu época, hay que estar muy atento a cuáles son las necesidades de la sociedad en la que vives y poder ayudar y proporcionar un servicio útil.

¿Cómo no vamos a estar atentos al problema del cambio climático, con todo lo que significa el consumo desaforado de unos recursos limitados, el daño que estamos produciendo a las generaciones venideras…? Ese afán de progreso ilimitado ya sabemos que es imposible, que no puede llegar a todos, y tenemos que ponernos en una situación de menos despilfarro e irracionalidad en el uso de los recursos. Es evidente. Quien tiene ojos y sensibilidad no puede por menos que ponerse en sintonía con este problema, que es fundamental.

El uso de materiales sostenibles en una construcción, además de beneficiar al Medio Ambiente, supongo que también redundará en un ahorro, a la larga, para quienes la habiten…

No siempre. Esto es como todo. Por supuesto, hay algún momento en el que un coche eléctrico o híbrido es más caro, pero también es cierto que impulsando las tecnologías, dijéramos, viables, en el sentido de que no produzcan un consumo excesivo de recursos, vamos a propiciarlas y entonces conseguiremos que vayan convirtiéndose, poco a poco, en más asequibles para todos.

Por ejemplo, ha habido una economía que ha utilizado mucho el acero o el aluminio, las carpinterías de este tipo están a la orden del día, y sabemos que la producción de aluminio es mucho más contaminante que la de madera, si ésta procede de bosques sostenibles. Hoy en día, la carpintería de madera es más cara que la de aluminio, o sea que no es cierto que unos materiales sostenibles vayan a ser más baratos, aunque en otros casos, sí. Por ejemplo, los materiales cerámicos pueden ser más económicos que el hormigón armado, pero también es cierto que hay todo un repertorio de posibilidades y de tecnologías por venir. Creo que lo que hay que hacer es fomentar tecnologías que no consuman excesivamente recursos y no creen un despilfarro energético en la producción para que así podamos ir todos avanzando en una dirección.

En su opinión, ¿cuáles deberían ser los rasgos de una ciudad sostenible?

La palabra sostenible veo que la utilizáis mucho. Hace poco se hablaba de ciudades inteligentes, ahora ya no. En la actualidad se habla de ciudades sostenibles. Muchas veces son palabras que pierden el contenido y el sentido. Cuando se aludía a ciudades inteligentes, nosotros éramos bastante contrarios a ese término, porque en realidad se estaba hablando de una serie de tecnologías que significaba, muchas veces, un gasto irracional de elementos tecnológicos en las ciudades. Y ahora, cuando se habla de arquitectura y de ciudades sostenibles, no se sabe muy bien lo que se está diciendo. A veces, son meras coletillas. Y parece que ser sostenible significa algo que se mantiene. Nosotros creemos que, en realidad, no se trata tanto de preservar, mantener o cuidar, sino de ejercer una posición mucho más activa.

Por ello, preferimos hablar de resiliencia, una actitud resiliente no es una actitud pasiva, como la de sostenibilidad, sino activa, con un sentido muy claro de que, en realidad, tenemos que ir de la mano de las posibilidades que nos da el uso de los recursos en la tierra. No podemos ponerle puertas al campo. No podemos hacer barbaridades en la costa, porque luego esto se va a volver en nuestra contra. Mira qué cosas pasan… El ser humano no es omnipotente y a lo mejor hace algunas intervenciones que, en teoría, son “muy sostenibles”, pero que van contra las leyes de la racionalidad y el uso racional de los recursos. Por supuesto, eso trae consigo desastres. Tenemos que ir más de la mano de lo que la naturaleza y el sentido común imponen y ésa es una actitud más resiliente.

Sus construcciones de edificios residenciales se caracterizan por plantear espacios comunes para favorecer las relaciones sociales. ¿Cómo son esos espacios?

Eso forma parte de nuestra tradición, de nuestra cultura, que es muy antigua y ha vivido mucho las relaciones interpersonales directamente. Siempre ha habido un sentido de comunidad en la cultura mediterránea y esos espacios, que son indefinidos, donde nada está programado -estoy hablando de la calle, de la plaza, del zaguán, de la corrala, del callejón, del patio…- son lugares donde puede suceder cualquier cosa, son lugares de lo imprevisto, lo ocasional, lo circunstancial, lo contingente. Resultan maravillosos porque ahí es dónde sucede la vida diaria y surgen las oportunidades de relación, que es lo que nos proporciona la ciudad. Aunque más allá de las ciudades hay una vida y tenemos que trabajar mucho en ello; la España despoblada también nos preocupa, el espacio rural deshabitado es uno de los temas de nuestro tiempo.

Edificio Mirador

Los espacios intermedios los consideramos siempre como espacios disponibles, por eso hemos trabajado mucho con el vacío, que hemos puesto en juego en algunos edificios de vivienda colectiva. Son espacios intermedios entre el espacio de la calle, que es el público, y el privado, que es el de tu puerta hacia dentro. Hay espacios intermedios que son como gradientes que van de lo público a lo privado y suelen ser sitios vacíos, disponibles. Patios en altura, callejones, zaguanes, habitaciones exteriores…, en fin, lugares que suelen ser el vacío, que constituye un elemento muy poderoso de la arquitectura, porque no está predeterminado y ahí pueden acontecer muchas cosas. Desde el punto de vista social, el vacío es un espacio muy interesante.

Entre sus construcciones públicas se encuentra la Cárcel de Jaén (1985), rodeada de campos de olivos. Este edificio supuso un punto de inflexión en el modelo penitenciario español de aspecto siniestro hacia un nuevo prototipo de prisión orientada a la reinserción. ¿Qué elementos utilizaron para conseguir un efecto menos opresivo?

Nosotros trabajábamos con la nueva Ley de Régimen Penitenciario que se había elaborado a raíz de la Constitución de 1978 y entonces se idearon unos prototipos carcelarios que rompían completamente con el sistema del panóptico, el antiguo. Y como bien dices, el objetivo era la reinserción, no la pena. Nos parecía que era muy importante, por un lado, la luz natural, fundamental; y por otra parte, la capacidad de una visión del mundo exterior a través de un sistema de seguridad, que son las rejas en horizontal, en vez de en vertical, para poder ver la línea del horizonte. De tal manera que quien perdiera la libertad físicamente, al menos psicológica o emocionalmente podría volar más allá de los cuatro muros. También pusimos mucho énfasis en salvaguardar la vida de los trabajadores de las prisiones, porque muchas veces entraban en contacto con algunos de los elementos más peligrosos, llegando incluso a ser retenidos como rehenes; de modo que creamos todo un sistema de doble circulación para preservar su seguridad.

¿Qué respuesta tuvo este innovador edificio, tanto entre los internos como entre los trabajadores de la cárcel?

Fue un prototipo que luego se ha repetido en otros centros penitenciarios. La verdad es que los propios funcionarios de prisiones al principio estaban muy sorprendidos, casi les parecía excesivo. Decían: “Esto parece un colegio mayor”. Se quedaban un poco perplejos, pensaban que era demasiada la calidad del espacio, quizás al estar acostumbrados a otro tipo de lugares más duros. Pero enseguida se entendió que entraba dentro de la filosofía de la reinserción. La cárcel tenía espacios religiosos para varias confesiones -musulmana, judía y cristiana-, aulas, locutorios para el bis a bis con las familias, talleres de trabajo, polideportivos… La Ley de Régimen Penitenciario obligaba a todas esas dotaciones. Era como una pequeña ciudad amurallada, como siempre han sido las prisiones, pero todas estas dotaciones que fomentan la reinserción le daban una calidad de vida a la cárcel que para los funcionarios era nueva y por ello, al principio, les parecía un exceso.

Durante muchos años no volví, pero hace relativamente poco regresé y me di cuenta de que la cárcel se ha convertido en algo con un valor casi doméstico. Ahora mismo el régimen es incluso más abierto y hasta han aparecido campos de cultivo dentro de la propia cárcel -cuando la construimos no nos dejaron plantar ningún árbol porque se podían hacer armas con ellos-; vi que los familiares podían, bajo determinadas circunstancias, entrar en las propias celdas… En el fondo, que éste haya sido un tipo de arquitectura más doméstica, más amable, más habitable, creo que, sin duda, contribuye a la reinserción, que es lo que se espera, que la arquitectura cumpla con lo que la ley marca.

Blanca Lleó – © Foto: Sonia Marco

Otra pregunta que me interesa plantearle es relativa a la mujer. Aunque más de la mitad de los estudiantes de arquitectura son mujeres, por ejemplo, tan sólo representan el 31% de los colegiados en Madrid. ¿A qué cree que se debe esta disparidad?

Me cuesta contestarte, porque hay muchos factores. En la universidad somos conscientes no solamente de que más del 50% de los estudiantes son mujeres, sino de que además muchas veces son las mejores alumnas. Por ejemplo, en programas de doctorado también hay más mujeres que hombres. Ahora estoy presidiendo un jurado de tesis doctorales de toda España, de los dos últimos años, y la verdad es que había más y mejores tesis de mujeres que de hombres. La realidad es que, probablemente, la vida profesional del arquitecto requiere gran dedicación y también precisa una especie de determinación, porque hay que transmitir mucha confianza al cliente, que maneja mucho dinero, ya sea público o privado. Y esa determinación y ese afán de perseguir hasta el final lo que uno se propone implican una dedicación de tiempo y de energía mental y física muy grandes.

Cada vez se comparten más las responsabilidades familiares y, por lo tanto, considero que esa circunstancia está dejando de ser un motivo por el que las mujeres no se empleen tanto en este tipo de profesiones hasta el límite. Poco a poco, con los años, esto se va a ir conquistando. Durante mucho tiempo las mujeres no han estado en la primera línea del ejercicio de la profesión de arquitectura y de la noche a la mañana no pueden cambiar las cosas. Van cambiando a un ritmo que, aunque sea rapidísimo, quisiéramos que fuera más veloz todavía. En cuestión de 50 años ha cambiado muchísimo la profesión. Cuando ves fotos de aquella época, no había nadie que no llevara corbata.

Lo que siempre me preocupa mucho es la determinación, esa confianza que es tan necesaria para llevar adelante una obra y un estudio de arquitectura. Eso es algo que las mujeres hemos tenido que ir conquistando poco a poco, porque ese rasgo procede de la educación más elemental: tener esa capacidad de tirar para delante con un proyecto de responsabilidad fuerte, con todas las consecuencias. Estoy convencida de que ésa es una conquista que poco a poco se está logrando.

Por último, la grave crisis inmobiliaria que sufrió España entre 2008 y 2014, ¿ha cambiado la forma de construir en nuestro país? ¿Cuál es el panorama laboral actual para los arquitectos, quienes sufrieron en aquel entonces una verdadera hecatombe?

La verdad es que la crisis lo que hizo fue cambiar completamente nuestra profesión; para algunas cosas para bien y para otras, para mal. Por supuesto, hay menos oportunidades, si se quiere, para llevar adelante un estudio de arquitectura, para tener proyectos de edificación, porque hay menos concursos y posibilidades de hacer obras. Montar un estudio supone una apuesta que, a lo mejor, da sus frutos al cabo del tiempo, pero mientras tanto uno tiene que vivir y a veces no dispones de esos medios. Entonces, lo que ha tenido de bueno la crisis es que se ha diversificado muchísimo el ejercicio de la profesión.

Nuestra formación en España sigue siendo muy generalista y eso es buenísimo porque, fíjate, en Madrid, en la escuela que conozco más [Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica] la carrera dura seis años y aunque la enseñanza es técnica, también es muy creativa y artística. Enseña a buscar muchas posibilidades ante un problema y, al final, la capacidad de los arquitectos resulta muy amplia. Los arquitectos tenemos una fortaleza y es que funcionamos con una inteligencia creativa, que resulta muy versátil y puede servir para muchas cosas. Ha habido mucha gente que ha optado por dedicarse a la gestión cultural, al sector editorial e incluso al mundo empresarial.

Los constructores han sido generalmente creación de los ingenieros de caminos, cuando los arquitectos están también capacitados para ello, y cada vez hay más en pequeñas constructoras. Realmente, un arquitecto tiene muchas capacidades y en mi aula, cuando empiezo el curso, siempre digo: “De aquí puede que salga el próximo alcalde de Madrid o el próximo director del Museo del Prado”. Es perfectamente posible y esto es lo que ha cambiado con la crisis. De repente, los arquitectos han empezado a buscar otras maneras de ser profesional y resulta que tienen muchas capacidades. Somos muchos arquitectos y dedicarnos todos a la edificación y a hacer proyectos, probablemente, no es posible. Entonces, que haya otras oportunidades es lo mejor que puede ocurrir y ahora lo estamos valorando mucho desde la universidad, porque antes parecía que si no eras un arquitecto que hacía un edificio, ya fuera grande o pequeño, llegaba la frustración. Y esto poco a poco está desapareciendo. Hay mucha gente muy satisfecha con otras maneras de ser arquitecto, lo cual es fantástico.

 Más información , en la web de Blanca Lleó.

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