Revista Casa Mediterráneo

Ethel Bonet: «El ‘Otoño árabe’ es como una segunda ‘Primavera árabe’, pero intentando que los partidos políticos no roben la revolución»

en diciembre 26, 2019

Ethel Bonet estudió Filología Árabe en la Universidad de Alicante, unos estudios que le resultaron muy útiles después de cursar el Master de Periodismo de la Agencia Efe cumpliendo así su sueño de ser periodista. Tras los atentados de la Torres Gemelas en Nueva York, los expertos en el mundo árabe comenzaron a ser muy apreciados para intentar desentrañar a la opinión pública occidental un mundo tan desconocido y complejo.

Después de trabajar en la delegación de Efe en Alicante -una gran escuela de periodismo, donde se aprende a ser riguroso, según reconoce- la primera cobertura de Bonet fueron las elecciones presidenciales de Egipto en septiembre de 2005. Desde entonces, la corresponsal ha vivido en Egipto, Pakistán y actualmente el Líbano y ha cubierto en diversas ocasiones el conflicto de Israel-Palestina, la guerra de 2006 en el Líbano, y en los últimos años, con el estallido de las revoluciones árabes ha viajado a Egipto, Libia, Bahrein y Siria. A lo largo de su carrera ha trabajado en Gaza, Israel, Líbano, Somalia, Yemen, Afganistán, Pakistán, Siria, Ucrania, Nigeria…

Bonet ha colaborado como freelance en diversos medios de comunicación, el diari Ara, El Confidencial y France24, y actualmente trabaja como corresponsal para La Razón, informando desde el corazón de la noticia, la mejor forma de contar la realidad, más allá de las frías cifras, según admite. Un oficio en vías de extinción, resultado de la creciente precariedad de la profesión. Con el objeto de contar su experiencia como corresponsal en Oriente Medio y ofrecer su opinión sobre el estado del periodismo, Ethel Bonet participó el pasado 18 de diciembre en el ciclo ‘Periodistas y el Mediterráneo’.

Usted, que estudió Filología árabe en la Universidad de Alicante, ¿cómo dio el salto al periodismo y después a las corresponsalías en el extranjero?

Cuando estudiaba Filología árabe hice unos cursos becada en Egipto, cuando existía el ICMA, un instituto de la cuenca del Mediterráneo, para aprender el idioma. En cuarto de carrera me interesaba mucho el periodismo e incluso le comenté a mi madre que me hubiera gustado ser periodista. Estando en El Cairo, uno de mis compañeros arabistas que era de la Agencia Efe me comentó que ésta tenía un Master de Periodismo y fue fantástico.

La verdad es que me costó entrar, me quedé en reserva, pero como los arabistas en España somos una minoría -en Alicante por ejemplo éramos unas seis personas en clase-, con los acontecimientos de las Torres Gemelas las personas especializadas en el mundo árabe y el Islam empezamos a tener más cabida internacional y en este caso me cogieron. Hice el Master y desde el principio mi objetivo era seguir trabajando con el mundo árabe. En aquella época éste se enfocaba sobre todo a Oriente Medio, al conflicto entre Israel y Palestina, que me apasionaba. Todavía no existía el Daesh.

Después hice las prácticas con Efe en Marruecos, cuando terminé regresé a Alicante y tuve la suerte de poder trabajar en la agencia, lo que me ayudó a coger tablas. A mí, Efe me pareció la mejor escuela para ser periodista porque aprendes a hacer un periodismo totalmente aséptico y a partir de ahí de repente puedes hacer todo tipo de transgresiones. Te da escuela, fue muy positivo para mí.

Luego, ¿su primer destino en el exterior fue Egipto?

Sí, ya como corresponsal. Empecé con el diario La Razón, donde sigo hasta el día de hoy. Egipto era el país que más conocía y me tocó cubrir las primeras elecciones presidenciales, porque hasta entonces Mubarak había salido elegido por referéndum y en ese momento se abrieron los primeros comicios. Al año siguiente se celebraron las elecciones en Palestina, fui a cubrirlas y así comencé a abrir el terreno. La Razón no tenía a nadie más en la región y empecé a viajar más por la zona.

Por lo que he leído en su web, cuenta que en sus viajes con frecuencia se ha alojado en hostales y en sofás de casas particulares, sin las comodidades de las que gozan los periodistas de los grandes medios. Esta forma de viajar supongo que tendrá como ventaja que le proporciona cercanía con la gente autóctona y la forma de vida del país. 

Te da cercanía y sobre todo te ayuda a espabilarte y a tener más recursos a la hora de trabajar, lo que es importante, porque a veces te apoltronas un poco cuando tienes todo hecho. La primera vez que trabajé así, en un hotel, fue en Israel durante la guerra de 2006, que cubrí desde el lado israelí, en vez de desde El Líbano, y fue muy interesante aunque evidentemente me habría gustado más estar en el otro lado. Ellos lo tenían súper organizado. Tenías tus temas y una persona te llevaba a hacer lo que quisieras ese día.

Ahora mismo hay países en los que sólo se puede trabajar de esa manera, con los fixers, la persona que te lo organiza todo. Pero son carísimos; cuestan unos 500 euros. Cuando vas de freelance y no tienes muchos recursos te juntas con tres o cuatro periodistas en un todoterreno. Eso te facilita mucho el trabajo, que es de lo que nos quejamos los españoles. Claro, las grandes exclusivas las tiene el New York Times, entonces lo que tú consigues por ti mismo cuando tienes unos medios pobrísimos -la situación de la mayoría de los medios españoles- es mucho más valioso, porque lo has logrado sin tantos apoyos. El buen periodismo, como dice Francisco Marhuenda, cuesta dinero.

En entrevistas que he mantenido con otros corresponsales que han vivido la época dorada del periodismo en España, como Ramón Lobo o Alfonso Armada, coinciden en señalar que antes los medios te daban tiempo para ir a un país a cubrir un conflicto, sin embargo ahora si mandan a algún corresponsal, lo que ya de por sí es un lujo, nada más pisar el aeropuerto ya le están pidiendo una crónica. 

Es la «crónica del taxista», ésa la hemos hecho todos. Nada más llegar a un país te toca trabajar, del aeropuerto al hotel te dedicas al hablar con el taxista y ya tienes una historia. A veces actúas como un paracaidista, llegas y te toca empezar a improvisar.

¿A usted le ha ocurrido llegar a un país sin conocer prácticamente nada de su situación?

Sí, en realidad, todos, porque qué diferente es cuando estás en un sitio a cuando lees algo. Evidentemente, sí conoces los nombres de los políticos, de los partidos, pero la realidad que se cuenta y la que luego vives es muy distinta. No tiene nada que ver cuando haces una crónica desde El Cairo sobre El Líbano a cuando llegas a Beirut. Incluso la primera vez que fui a El Líbano, además de que es un país muy complicado políticamente, es fácil tener lapsus hasta que estás, lo vives y lo sientes. Pero aprendes rápido. Tienes que prepararte un poco antes de llegar, conocer de de qué va la política del país, pero luego cuando llegas no tiene nada que ver con las expectativas que tenías.

Ethel Bonet

En la actualidad, los medios tiran mucho de agencias, con lo cual la información está muy uniformizada, sin el punto de vista personal y diferenciada que proporcionan los corresponsales y que antes valoraban los lectores de un periódico.

Cosa que ahora no se hace; ése es el problema. Ahora los corresponsales somos corresponsales de región, quedan muy pocos y tenemos que cubrir muchos países. Hoy escribo sobre Irak, mañana de Turquía, pasado mañana de Irán y el mismo día de Afganistán, de Irak y de Turquía, entonces, ¿hasta que punto hay ahí un rigorismo y puedes aportar algo que no hayas leído en el New York Times, en Al Jazeraa, lo que ves en la tele y los teletipos de las agencias para acabar la crónica de los entrecomillados del policía, el ministro o quien sea?

Al final quedan unas crónicas muy huecas y además no sé por qué los periódicos tienden a dar noticias de ayer, algo que es absurdo con las nuevas tecnologías. La información de los 25 muertos ya todo el mundo la conoce por twitter, entonces, ¿por qué no haces otra historia? Por eso quizás está muriendo el periódico tradicional de papel. Explica por qué han muerto esas 25 personas, ofrece otro punto de vista.

Además de eso, hay muchas historias que apenas llegan a tener cabida en los medios de comunicación. El pasado mes de septiembre usted ofreció una charla en la sede universitaria sobre el último genocidio del pueblo Yazidí, perpetrado por el Daesh. ¿Qué ha sido de esta comunidad?

Ha habido 74 genocidios. Éste ha sido el importante, primero porque ha ocurrido en plena campaña contra el Estado Islámico y, segundo, porque los yazidíes son muy desconocidos. Son la primera civilización que existió, según ellos, con 7.000 años de historia, de la antigua Mesopotamia. Llegaron antes que los sumerios, los asirios… que las primeras civilizaciones que ha habido. Es un pueblo bastante pacífico, que no ha sido conquistador como otros, de manera que ha pasado bastante desapercibido hasta convertirse en una minoría en Irak, de 500.000 personas, cuando eran millones. Ellos dicen que son los kurdos auténticos, porque con las campañas del Islam los kurdos se islamizaron y ellos se han mantenido, son una religión como tal, la yazidín, que no es cristiana, ni musulmana, ni judía, pero beben de todas las religiones, ya que han ido evolucionando con los tiempos.

Para el Estado Islámico, al tratarse de una religión ecléctica, son infieles y como tales, según el Islam primitivo, si no aceptan la conversión se les aniquila. Se llevaron a miles de mujeres, a las que esclavizaron sexualmente, y fueron objeto de grandes matanzas. Ellos siguen luchando para que sea reconocido como genocidio, aunque algunas organizaciones de Naciones Unidas lo admiten, pero el problema que tienen es que esos crímenes no pueden ser juzgados por el Tribunal de La Haya porque ni Irak ni Siria son firmantes. De manera que supongo que al final ese crimen quedará ahí, sin rendición de cuentas. Incluso se está juzgando al Estado Islámico en Irak, pero por los crímenes cometidos, no como delito de genocidio.

El Daesh quería exterminar a este pueblo. A los niños los cogieron para hacerlos musulmanes y cachorros del Estado Islámico. Todas las campañas del Islam desde el siglo VI los han perseguido.

¿No tienen apoyos internacionales?

Tienen poco apoyo, aunque ahora debido a que la Premio Nobel de la Paz del año pasado es una yazidí (Nadia Murad) han tenido más eco. Pero es terrible, desde hace cinco años que empezó el Estado Islámico y ahora en teoría que está derrotado, ese medio millón de yazidíes que viven en Irak está en campos de refugiados y no va a poder volver. Aparte de que sus pueblos están destruidos, los problemas internos entre el Kurdistán y el Gobierno iraquí, en todas las luchas políticas territoriales ellos están en medio. Se encuentran en campamentos de refugiados, sin ningún tipo de futuro, porque además al ser una minoría carecen de derechos, su cultura nunca ha prevalecido.

¿Los niños que fueron secuestrados y reclutados por el Estado Islámico se pueden reinsertar en sus comunidades originales?

Los yazidíes lo hicieron bien porque ellos son una religión que no permite la conversión, que es considerada un delito con pena capital. Hubo un caso de una yazidí que se quiso casar con un musulmán hace unos años y la lapidaron. Los yazidíes sólo se pueden casar con yazidíes y además únicamente dentro de su propia casta. Tú naces y mueres yazidí. Los niños que fueron secuestrados y entrenados por el Daesh han sido reinsertados, pero los hijos de mujeres que fueron convertidas en esclavas sexuales y fueron casadas con yihadistas no pueden entrar en la comunidad, y están en orfanatos o desperdigados por Siria o Irak. A las mujeres que fueron víctimas del Daesh las han perdonado debido a la situación, pero que se puedan volver a casar en una sociedad tan cerrada es muy difícil.

¿Y a sus hijos no los «perdonan»?

No, son niños musulmanes. Como los yazidíes son minoría, por ley los hijos de padre musulmán son musulmanes. Y hay muchos. He conocido el caso de una mujer que abandonó a cuatro hijos. Uno de ellos tenía casi cuatro años. Era la única opción que tenía para volver a la comunidad. Hay que verse en su situación. Es un asunto muy trágico y dramático, que está muy poco tratado. Acabo de escribir un libro sobre el genocidio del pueblo yazidí, que saldrá publicado en primavera y será la primera obra en español sobre este tema. Toda la bibliografía existente está en inglés. Lo voy a publicar con una editorial que ha querido sacar una colección sobre genocidios, en formato pequeño, muy didácticos. Los genocidios de Guatemala, Ruanda y éste serán los primeros que verán la luz. Espero presentarlo en la próxima Feria del Libro y en la Universidad de Alicante.

Usted ha vivido en primera persona las llamadas «Primaveras árabes», ¿qué opinión tiene sobre este fenómeno?

La «Primavera árabe» la veo más como un experimento de laboratorio, que sirvió para poner las cosas en su sitio otra vez. El problema principal que tuvo la «Primavera árabe» es que fueron los jóvenes quienes salieron a la calle a protestar, pero son países en los que no puedes imponer una democracia occidental. Ése fue el primer error. Muchos de los primeros manifestantes eran estudiantes universitarios, gente con cultura que escucha música y ve películas en inglés. Y en países que han vivido en dictadura y no han tenido la oportunidad de que haya una educación política de la ciudadanía, su opción política son los grupos musulmanes, los más islamistas. ¿Por qué? Porque son países musulmanes.

No se ha encontrado la fórmula de que haya un Islam democrático que pudiera funcionar en estos países. Fue una explosión de gente joven que reivindicaba sus derechos y la democracia. Rápidamente esas reivindicaciones fueron secuestradas por los intereses regionales internacionales. En cada país se jugó y se vio claramente. En Libia, por ejemplo, quien más ayudó a la oposición para derrocar a Gadafi fue Francia, que tenía intereses petroleros. Para ellos era importante que ese cambio les fuera favorable. El problema fue que hubo intereses regionales e internacionales, los poderes suníes, chiíes, Arabia Saudí, Irán, etc. llevaron al final a desvirtuar lo que podría haber sido ese movimiento social, que acabó convertido en una herramienta de lucha entre los distintos poderes. Realmente, fue una lección que nos enseñó que ese cambio no era posible todavía.

Egipto es un país, que aunque suene un poco taxativo, solamente funciona con una dictadura. Dieron la oportunidad a los Hermanos Musulmanes, un grupo islámico con el que Occidente entró en pánico al pensar que podría desencadenarse una revolución islámica al estilo de Irán y no les dieron opción. El golpe de Estado. evidentemente orquestado, dejó apenas a Mursi dos años en el poder. Al Sisi está reconocido internacionalmente, incluso por Trump, y no es visto como el dictador que era Mubarak, cuando en realidad en estos momentos Egipto es una dictadura mucho más dura.

En Libia se ha demostrado que sólo puede haber un poder, porque es un país de tribus que tenía un acuerdo con un dirigente, que era Gadafi. ¿Qué pasa ahora? Que se están matando entre ellos porque ya no hay ningún acuerdo. Al final, hay un general que está ganando la batalla en Trípoli.

El Líbano está siendo diferente y quizás sea el experimento perfecto si realmente funciona. Allí se están montando carpas en downtown, educando a la gente. Los manifestantes quieren que la revolución sea real y para ello tiene que cambiar la gente desde dentro. Están proporcionando una educación cívica en la plaza, con charlas de democracia, de derechos… que aunque sean una minoría quienes están yendo, se está viendo que el «Otoño árabe» a partir de la experiencia de la «Primavera» se está intentando enfocar de otra manera.

En Irak, desgraciadamente las únicas noticias que salen son las de los muertos. Y El Líbano ni sale, como no los hay, para qué contarlo. Lo que está ocurriendo ahora con el «Otoño árabe» es como una segunda «Primavera árabe», intentando que no sean los partidos políticos los que les roben la revolución, como pasó en la anterior. En El Líbano, no está habiendo líderes visibles, sino que están intentando que realmente sea un movimiento social y de cambio. ¿Que va a funcionar? No lo sé, pero lo están intentando. Y en Argelia pasa lo mismo. Se está tratando que sea un movimiento social, sin ningún tipo de estigma, de marca ni de partido que aliente a las masas. Ése fue uno de los problemas de las «Primaveras árabes», que prevalecieron los intereses sobre las demandas de la gente joven.

Parece que se presenta una época interesante para informar.

Sí, yo soy optimista, aunque absolutamente pesimista con la «Primavera árabe». Con el «Otoño árabe» en estos países sí puede haber un cambio, espero. En El Líbano, por ejemplo, la otra opción es de nuevo una guerra civil. En Irak lo mismo, están sin gobierno y no se ponen de acuerdo. La gente puede salir con armas a la calle, porque las tienen. En El Líbano están conteniéndose, pero esta última semana ha sido muy violenta.

¿Usted dónde vive ahora?

En Beirut. En Irak he estado y he viajado mucho a Siria, desde el principio de la revolución y he vivido toda su evolución. No he podido seguir en Siria porque estoy vetada al haber entrado de manera ilegal por Turquía y cubrir la parte rebelde. Elegí el bando contrario y no me conceden el visado. Pero no me arrepiento, porque pude vivir desde el principio cuando era una revolución de verdad, la gente salía a la calle a manifestarse, los viernes cantaba después de la llamada a la oración, y luego ya todo aquello fue degenerando. En Alepo pasé de ir de forma normal a sentirme como en Kandahar, tapada e intentando que nadie se diera cuenta de que era occidental. En Siria ha habido tantos intereses internacionales involucrados que al final consiguieron separar a todos los grupos, y al final la parte laica que hubo en un momento se disolvió. Los grupos de la oposición ahora mismo son títeres.

¿La guerra en Siria se puede decir que ha acabado?

La guerra está ganada prácticamente gracias a Rusia e Irán y al desinterés de Estados Unidos. Primero, no hubo un apoyo fuerte de armas a los rebeldes porque no interesó. Las fuerzas internacionales decidieron que era mejor quedarse con Bashar al- Ásad porque ya habían visto la evolución en otros sitios. El foco que queda ahora mismo es el de Idlib, que es donde está Al Nusra, un grupo terrorista islamista radical. Como era la última zona rebelde toda la gente de las otras zonas que conquistó el régimen se fue ahí como refugiada; hay una gran población que no es terrorista pero está bajo el poder salafista, muy ligado con Turquía, que está llevando el acuerdo de paz ahí.

Todos los días se está bombardeando Idlib, con cientos de muertos. Pero prácticamente la guerra está acabada. Ahora se habla de reconstrucción, incluso todas las ayudas de la ONU ya no van dirigidas a los refugiados, sino a la reconstrucción y todas las políticas que se están llevando a cabo en los países que albergaban a los refugiados sirios tienden a la devolución a su país, los suben en autobuses y los envían de vuelta, sin más. En Siria han declarado amnistías para los jóvenes que huyeron de hacer el servicio militar, pero nadie se fía.

 Web de Ethel Bonet:  ethelbonet.com

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