Revista Casa Mediterráneo

‘Librerías del Mediterráneo’: Contra viento y marea, la Librería Molho de Tesalónica (1888 – 2004)

en mayo 22, 2020

Uno de mis placeres cuando exploro una ciudad es visitar sus librerías, por lo que una mañana en que me encontraba en Tesalónica me dirigí al número 10 de la calle Tsimiskí en busca de la prestigiosa librería Molho, aún a sabiendas de que ya no existía. La librería internacional y papelería de lujo Molho [pronunciar Mol-jo] fue fundada en 1888 por un emprendedor judío sefardí, Isaac Molho, cuando Tesalónica era un centro internacional de comercio, una ciudad cosmopolita y multiétnica de la que se decía que sus limpiabotas podían expresarse en siete idiomas.

Por María Belmonte.

En aquella época Tesalónica pertenecía al ya decadente imperio otomano y la mitad de su población, unas 90.000 personas, eran judíos sefardíes que llevaban viviendo en la ciudad desde el siglo XVI, cuando fueron expulsados de España en 1492 por el llamado edicto de Granada. Por ello, el idioma ladino o judeoespañol era una de las lenguas que más se escuchaban en la ciudad, cuyo puerto —se decía— llegaba a quedar desierto y silencioso durante el Sabbath. A mediados del siglo XIX habían llegado a Tesalónica, procedentes de Europa occidental, pedagogos y empresarios judíos que crearon centros educativos e industrias y difundieron ideas que cambiaron el ambiente cultural de la ciudad. Se abrió el Instituto Francés, se crearon clubes sociales y centros deportivos y se fundaron los primeros sindicatos obreros.

Fachada de la Librería Molho

Uno de los referentes de aquel ambiente de efervescencia social y cultural, fue la Librería Molho en la que sus clientes, además de prensa internacional y local, podían encontrar buena literatura en francés, inglés y alemán, todo tipo de diccionarios o comprar una lujosa estilográfica Pelikan. El sucesor de Isaac en la librería, su hijo Maïr, tuvo que enfrentarse a uno de los acontecimientos más dramáticos de la historia de Tesalónica, el gigantesco incendio de 1917 iniciado en la infravivienda de unos refugiados llegados de Asia Menor durante los intercambios forzosos de población, que devastó la ciudad y acabó con la mitad de ella. Desposeídos de todo, unos 32.000 judíos abandonaron la ciudad, pero no así la familia Molho que, con Maïr al frente, reconstruyó totalmente la librería, que había quedado reducida a cenizas, volvió a llenar de libros las estanterías de los dos pisos que la componían y añadió un nuevo departamento de libros de segunda mano. La librería Molho recuperó de inmediato su prestigio como referente cultural y cosmopolita mientras el ambiente de Tesalónica se iba enrareciendo cada vez más.

Maïr Molho, Tesalónica 1878 – Treblinka, Polonia 1943

En 1923 y a consecuencia del llamado Desastre de Esmirna la ciudad tuvo que acoger a más de cien mil refugiados griegos. Paralelamente, todos los musulmanes se vieron obligados a abandonarla poniendo así fin a siglos de convivencia entre cristianos, judíos y musulmanes. En 1931 hubo por primera vez disturbios antisemitas en Tesalónica, preludiando un horror que no tardaría en llegar. El 9 de abril de 1941 los alemanes invadieron la ciudad. En aquel momento había 50.000 habitantes judíos, 100 sinagogas y 40 periódicos, 35 de ellos en ladino. Los ataques a la comunidad judía no se hicieron esperar. Maïr Molho fue obligado a vender su librería a un colaboracionista griego por una cantidad miserable para ser a continuación deportado junto con su mujer, una de sus hijas y la familia de ésta a Polonia, donde murieron en el campo de exterminio de Treblinka. 

Pero el resto de los miembros de la familia Molho logró escapar de Tesalónica. Uno de ellos, Solmon, que había heredado la pasión por los libros de su padre, se refugió en Atenas y de allí, con la ayuda de su amigo griego Giorgos Mitziliotis, se dirigió a la isla de Skópelos. Mitziliotis, que era alcalde del pequeño pueblo de Glossa, logró traer a la isla a catorce miembros más de la familia Molho y allí permanecieron hasta el final de la guerra, ayudados y escondidos por los vecinos. Entretanto, Renee Saltiel Abravanel, novia de Solmon, aunque tenía pasaporte español, fue internada en el gueto de Tesalónica para ser conducida en tren a Auschwitz. Salvó la vida gracias a miembros del consulado italiano que la hicieron subir a un tren con rumbo a Atenas. Allí fue el embajador español, Sebastián Romero Radigales, quien ayudó a Renee a escapar—como ayudó a centenares de judíos más— y tras un viaje colmado de aventuras, Renee llegó a Palestina donde Solmon la encontró en 1944. Finalizada la guerra, los Molho regresaron a Tesalónica, donde apenas quedaban mil judíos. Solmon reclamó la librería que había sido desvalijada y destruida durante la ocupación alemana y se casó con Renee en 1946. 

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Solmon (1918-1997) y Renee (1918-2008) durante su luna de miel en Kifissiá (1946)

Solicitaron un préstamo, reconstruyeron la librería y volvieron a reabrir sus puertas, con Renee al cargo de la sección de libros, revistas y periódicos en francés. Los años fueron pasando entregados en cuerpo y alma a los libros y a los tres hijos que tuvieron y, en 1988, año del centenario de la librería, el gobierno francés condecoró a la pareja con la Orden de las Artes y las Letras. Solmon murió en 1997 y su hijo Iossif, junto con Renee, siguió al frente de la librería Molho. “Es mi alma, mi vida y mis sueños”, declaró en 2001 en una entrevista a la prensa local Iossif Molho, cuando tuvo que vender el 42 por ciento de la empresa y ceder la gestión a un gran grupo editorial, “pero tengo que entrar en el juego”. Pero la fusión no funcionó y la librería Molho que había sobrevivido a un gran incendio y a la ocupación nazi, no pudo hacer frente a la dura competencia del mercado global y cerró definitivamente sus puertas en 2004. 

Era muy temprano cuando llegué al lugar donde estuvo —salvo unos breves y accidentados intervalos—durante 116 años la librería Molho. Ahora el local estaba ocupado por una agencia de viajes. A un lado había un cartel oficial que explicaba brevemente la historia de la librería, reconvertida en monumento urbano. El umbral en el que me encontraba había sido traspasado por generaciones de lectores y, que yo supiera, por escritores tan dispares como Umberto Eco o Harold Pinter. Me quedé un rato inmóvil junto al cartel, conmovida, como sólo nos conmueven las cosas cuando viajamos en busca de los fantasmas del pasado y éstos, fugazmente, nos salen al encuentro.