Revista Casa Mediterráneo

‘Librerías del Mediterráneo’: Lo que dejé por ti. La Librería Spagnola de Roma

en mayo 2, 2020

Por Rosa Cuadrado.

Se dice en Historias de Roma, de Enric González,
que Roma es la ciudad que se añora a sí misma.

Si paseas alguna vez por la Piazza Navona de Roma, cuando después te marches, la añorarás para siempre. Esta magnífica plaza extiende entre suntuosos edificios su trazado longitudinal rematado en curva, conservando la forma de estadio que el emperador Domiciano (81-96 d.c) mandó erigir para que se disputaran juegos, competiciones y más tarde incluso caza de animales y luchas de gladiadores. De hecho, el nombre de la plaza aún guarda pues referencias a su antigua funcionalidad (Navona deriva de in agone, en la arena, el Circus Agonalis), aunque popularmente existe la creencia de que Navona proviene de navis (nave) porque también la forma de la plaza recuerda a la de un barco. La primera definición de agone en el diccionario se encuentra en la antigua Grecia. Agon es un término que en la antigua Grecia, y más tarde en Roma, se refirió a una gran manifestación pública en concursos y juegos, también poéticos, artísticos y de discusión, organizados con motivo de las celebraciones religiosas en un santuario. Era a la vez uno de los elementos fundamentales de la comedia ática.

Desde sus inicios ha sido pues un lugar escenario de fiesta, de cultura, de encuentro y de lucha. Quizá por ello tenía que ser justo aquí donde se ubicara la Libreria Spagnola para hacernos navegar entre los mundos, el de la realidad que nos ata y el de la imaginación que nos libera, para ser una fiesta, para dar batalla.

Convivía en esta monumental plaza desde los años 80 con unos inmejorables vecinos, el Instituto Cervantes y la Fontana dei Quattro Fiumi de Bernini, lo familiar y la alteridad. Con ese espíritu de convivencia y apertura nació en 1962 de la mano de un grupo de religiosas que tenían la intención de difundir en Italia la cultura española y latinoamericana, y pronto se convirtió en un referente en todo el país y un puente literario esencial entre Italia, España y Latinoamérica.

Rafael Alberti, exiliado en Roma de 1963 a 1977, era uno de sus clientes y le dedicó una de sus pinturas. En su interior se acumulaban más de ocho mil títulos, un interior con techos blanquísimos y abovedados como el armazón de un enorme barco puesto boca abajo. Y es que, qué son las librerías sino refugios de náufragos. De nuevo el barco, la nave, y miles de historias esperando ser vividas, soñadas, como sólo la libertad de un libro nos permite.

La puerta de entrada a una librería siempre es el camino a un mundo de magia, de hallazgo, de reencuentros. Al pasar por las puertas de la Librería Spagnola era inevitable fijar la vista en su remate, coronado con un arco de hierro decorado finamente como si fuera un abanico, un Flabellum, un soplo del viento para empujar suavemente las velas de esta particular embarcación. Todo soplo de viento es una invitación al viaje, a la exploración, al conocimiento y al placer de los sentidos. También las librerías son una invitación a este deleite: la vista, el olfato, el tacto… Los sentidos nos transmiten emociones, y cuánta emoción puede transmitir un libro. Siempre me ha gustado especialmente salir de la librería a la puesta de sol, cuando el crepúsculo que incendia la tarde envuelve la plaza en un mar de ocres y anaranjados de abrumadora intensidad.

El ocaso llegó como esa llama que todo lo consume, pero esta vez no fue por el cálido astro que nos alumbra, sino por el frío mercado económico, que nada sabe de afectos y nos hiela el corazón. Tocada sin remedio por el frío, la librería cerró sus puertas un 30 de junio de 2017 tras 55 años de travesía.

Me marcho de la plaza un día de abril de 2016, antes de que nada de esto ocurra, aunque el cartel de vendesi ya cuelga de los cristales, anunciando un destino inexorable. Me marcho mientras un niño lanza con su inocente soplido pompas de jabón que alegres se dispersan en el aire, iluminándose brevemente con todos los colores posibles antes de desaparecer. La fragilidad.

En un cartel justo a la salida de la librería, aquellos versos de Rafael Alberti, que tanto amó a la ciudad eterna.

Dejé por ti mis bosques, mi perdida
arboleda, mis perros desvelados,
mis capitales años desterrados
hasta casi el invierno de la vida.

Dejé un temblor, dejé una sacudida,
un resplandor de fuegos no apagados,
dejé mi sombra en los desesperados
ojos sangrantes de la despedida.

Dejé palomas tristes junto a un río,
caballos sobre el sol de las arenas,
dejé de oler la mar, dejé de verte.

Dejé por ti todo lo que era mío.
Dame tú, Roma, a cambio de mis penas,
tanto como dejé para tenerte.

mariagialma@gmail.com‘Librerías del Mediterráneo’: Lo que dejé por ti. La Librería Spagnola de Roma