Revista Casa Mediterráneo

‘Librerías del Mediterráneo’: Un libro que compraste junto al mar es mitad mapa y mitad caracola

en mayo 18, 2020

Entre mis librerías favoritas están muchas que no sé cómo se llaman. Cuando uno tiene el veneno de los libros en la sangre, lo primero que hace al llegar a una ciudad es preguntar dónde hay una buena librería, a veces de viejo, a veces dedicada a la venta de novedades, y va a ella a buscar, por ejemplo, a autores locales de los que le han hablado bien y que tal vez son difíciles o imposibles de encontrar fuera de su región. Así he descubierto a muchos poetas y novelistas que están entre mis predilectos, a veces editados en su idioma, el gallego o el catalán, que luego leía trabajosamente; o durante algunos viajes al extranjero, los que conseguía en ciudades de Francia o Inglaterra, en una época en la que era difícil encontrar traducciones suyas en España: unas obras completas de Louis Aragon o Paul Eluard en Gallimard, o la poesía y la prosa de W. H. Auden o Robert Lowell en Faber & Faber, fueron en su día objetos casi mágicos con los que se regresaba a Madrid seguro de llevar en la maleta un tesoro.

Por Benjamín Prado.

Pero ahora quería hablar de otro tipo de librerías, las del verano, esos pequeños locales que sobreviven como seres de otra era junto a las playas del Mediterráneo, entre comercios de material para bañistas y restaurantes de comida más o menos típica, a los que se entra en tardes de calor y sol, a última hora, al bajar un poco las temperaturas, con esa sensación de cierta irrealidad que siempre producen los días de mar y vacaciones. Cruzar sus puertas es como regresar a tu propio mundo, a la realidad del resto del año, pero al mismo tiempo con la sensación de que se es otra persona, alguien que viste ropa de temporada y no tiene ni prisa ni obligaciones inaplazables, es decir, que en cierto modo no es ella o él. Con un tomo que ha aparecido a veces donde menos se lo esperaba, te sientes feliz al saborear por adelantado el momento de irlo a estrenar a una terraza, con el ruido de las olas de fondo, disfrutando de uno de los grandes placeres de este mundo, que es la lectura al aire libre.

En un ámbito como el del Mediterráneo, donde millones de turistas van de un lado para otro intercambiando culturas y formas de ser, los idiomas se mezclan también en las librerías, donde es muy común encontrar obras en sus lenguas originales. Durante muchos años, en esas estanterías con volúmenes en inglés, alemán o francés encontraron quienes sabían, aunque fuese de forma rudimentaria, una manera de conocer lo que era desconocido o adelantarse a lo que estaba por venir. Ahora que todo es global, sigue habiendo un punto de misterio y de excitación en esas librerías de julio o agosto que para los aficionados a la lectura se convierten en una parte indisoluble de su experiencia del sitio al que se hayan desplazado a habitar su paraíso de un mes o unas semanas.

Y luego está el librero de esos establecimientos, que debe estar al tanto de los gustos de cada visitante, saber qué títulos funcionan en cada nación o surtirse de clásicos apetecibles en cada lugar. Recuerdo haber encontrado en un diminuto local de Málaga una preciosa edición original de El hombre que pudo reinar, de Rudyard Kipling; en otra de Ibiza varias novelas de Graham Greene y en Formentera, en una tienda donde no habría más allá de tres o cuatro docenas de libros, un ejemplar de segunda mano de Bajo el volcán, de Malcolm Lowry. Una obra célebre de Tennessee Williams, el autor de Un tranvía llamado deseo, El zoo de cristal o La gata sobre el tejado de zinc, se llama Verano y humo. Se lo cambiamos un poco y establecemos una pareja que a las y los aficionados a la lectura nos suena a música celestial: verano y lectura. Gracias a las librerías del verano, esas cuyos nombres a menudo no se recuerdan, ese lujo siempre ha estado al alcance de la mano. Y como un libro siempre es el fragmento de un mapa, el de la vida de quien lo leyó, también les debemos a esos lugares humildes y llenos de joyas disponer del sortilegio que representa cualquier fetiche: ves esa novela, ese ensayo, biografía o libro de poemas en tu biblioteca y a través de él se ve la playa en la que lo compraste. Te lo acercas al oído igual que si fuera una caracola, y oyes ese mar Mediterráneo donde lo encontraste.

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