Revista Casa Mediterráneo

Rafael Dezcállar: «Invocando a Dios se han hecho cosas muy poco religiosas y muy poco divinas»

en abril 17, 2018

Rafael Dézcallar, descendiente de una noble familia mallorquina, tiene tras de sí un amplia trayectoria diplomática como cónsul de España en Bogotá, embajador en Etiopía y Alemania, destinado en las representaciones diplomáticas especiales en Honduras, Isarel, Cuba y Rusia. Un bagaje que le ha traído a Alicante para presentar su libro «Entre el desierto y el mar. Nuevo viaje a la tierra de Israel y Palestina» (Ed. Destino), dentro del ciclo ‘Escritores y el Mediterráneo’ que organiza Casa Mediterráneo en colaboración con la Librería Pynchon&Co.

Se trata de un ensayo sobre el intrincado conflicto palestino-israelí, basado en sus vastos conocimientos y extensa experiencia en la zona, que va más allá de la mera exposición de los hechos que asfixian esa conflictiva región del mundo para ir a la esencia de una tierra rica en historia y origen de las grandes religiones monoteístas.

Antes de su participación en la charla, celebrada el 16 de abril en la citada librería, destilando elegancia, amabilidad y exquisita educación, Rafael Dezcállar concedió una entrevista a la Revista Casa Mediterráneo, en la que además de explicarnos las circunstancias del conflicto palestino-israelí nos habló de sus otro libros, un volumen de cuentos infantiles «El pirata bien educado» (Siruela), escrito conjuntamente con sus dos hijos, y una novela de intriga («Seda negra», Ed. Destino) ubicada en el bello y desconocido Cáucaso.

¿Qué asuntos aborda su libro «Entre el desierto y el mar»?

Es un ensayo sobre la tierra en la que están asentados tanto Israel como Palestina, fruto de seis viajes. La tragedia es que la misma tierra acoge a estos dos pueblos, el israelí y el palestino. La tierra me fascinó porque allí han ocurrido muchas cosas interesantísimas, no solo ahora, sino también hace 4.000 años. Por qué nació aquí el monoteísmo, por qué las cuatro grandes religiones monoteístas tienen allí su punto de referencia fundamental…

El libro se llama «Entre el desierto y el mar» porque se trata de una franja muy estrecha de tierra, entre el desierto de Arabia y el Mar Mediterráneo. Son unos 100 kilómetros entre la costa y la ciudad de Amán, situada al borde del desierto. A través de esa franja se comunicaban los dos grandes polos de importancia política y económica de la antigüedad: el Valle del Nilo y Mesopotamia y Siria, el «creciente fértil», que va desde la costa siria hasta el Tigris y el Eúfrates.

¿Esta franja era una vía de comunicación entre civilizaciones?

Exacto. Si tú quieres ir desde el Valle del Nilo hasta Siria el único sitio fértil por el que puedes transitar es esta franja, lo demás es el desierto, es la única vía de comunicación por tierra, por tierra fértil. Eso explica que hubiera tantos ejércitos que fueran de un lado a otro en esa época, tanto comercio, tantas ideas y tanto profeta.

Además de hogar de israelíes y palestinos, se trata de una zona estratégica…

Sin duda. Eso explica que esté de actualidad desde hace tantísimo tiempo. No explica, en cambio el tema del monoteísmo -en la medida en la que una religión puede explicarse-, que está muy vinculado a Jerusalén y a su ubicación. No es una ciudad que esté en el mar, ni tiene tierra fértil a su alrededor, ni minas, ni otras fuentes de riqueza, ni controla rutas de comunicación importantes-, que se ciñen a la costa; Jerusalén está en el monte. La única razón por la que Jerusalén está ahí es porque había un lugar, donde se encuentra el Monte del Templo de Salomón, el templo judío, donde se levanta la Mezquita de la Roca, siempre considerado un centro de adoración, un lugar sagrado.

En el centro, debajo de esa maravilla circular, con unos mosaicos fabulosos y con unas inscripciones maravillosas, no hay ni mármol, ni mosaicos, ni nada, sólo una roca desnuda, el lugar donde supuestamente a Abraham le fue ordenado a matar a su hijo Isaac como sacrificio a Dios. Muy cerca está la mezquita de Al-Aqsa, en la misma plataforma del templo, donde Mahoma subió al cielo. Ahí han pasado muchas cosas y entre otras la creación del monoteísmo, un invento judío que luego ha tenido dos ramificaciones: el cristianismo, por un lado, y el la religión musulmana, por otro. Las tres religiones monoteístas tienen ahí su punto de referencia fundamental.

Al margen de que uno se pueda sugestionar por todo lo allí acontecido a lo largo de la historia, ¿esa tierra hace sentir algo especial, provoca un sentimiento de espiritualidad?

A mí, sinceramente sí. Cuando se está allí, todo se percibe de otra manera a lo que te han contado o has aprendido. Eso puede tener un efecto positivo o negativo. Jerusalén, por ejemplo, que supuestamente para muchos religiosos es el lugar de la tierra más cercano al cielo, en realidad es el más alejado, porque la religión allí no ha funcionado como punto de acercamiento entre los hombres, sino como punto de conflicto entre ellos. Si hubiera operado, los hombres se hubieran acercado, se hubieran entendido por lo que tienen en común y no se habrían puesto a pelear por lo que tienen de diferentes, con lo cual, invocando a Dios se han hecho cosas muy poco religiosas y muy poco divinas. Y no sólo eso, la invocación a Dios ha sido perversa, porque ha reforzado todavía más los enfrentamientos.

En el conflicto árabe-israelí, además del componente de la tierra, de la lucha por un lugar que unos consideran propio y otros con derecho a él, ¿que papel juega el factor religioso?

Rafael Dezcállar – Foto: María Gilabert / Revista Casa Mediterráneo

Juega como elemento del nacionalismo respectivo. Es decir: Yo soy israelí porque soy judío; soy palestino porque no soy judío, aunque también haya mahometanos y cristianos. Eso es un ingrediente de la identidad nacional, pero no es que ahora mismo la gasolina fundamental sea religiosa, ni mucho menos. La razón fundamental es nacionalista, como usted ha dicho: la misma tierra disputada por dos naciones diferentes.

En este conflicto parece que hay desequilibrio de fuerzas, puesto que Israel cuenta con el apoyo de países como Estados Unidos y los palestinos con el respaldo del mundo árabe. Ahora la mayor fuerza reside en la parte israelí…

En estos momentos sí, pero no siempre ha sido así. Piense que el nacionalismo judío empieza a finales del siglo XIX con el sionismo, un movimiento nacionalista redentor de los judíos que estaban oprimidos en Europa del Este. Empiezan con comunidades muy pequeñas, muy frágiles… mucha tierra de la que compran se la venden los árabes y van creando una estructura de apoyo mutuo que no es un Estado soberano, pero empieza a parecerse, porque tienen sindicatos, una administración propia…

Ellos mismos, con su esfuerzo primero, convierten el desierto en un jardín. Es verdad, aunque sea una propaganda del Estado. Han transformado la agricultura de la zona, que estaba en muy mal estado y ahora resulta increíble. Se hicieron cada vez más numerosos y cuando en 1948 Naciones Unidas decide repartir la tierra entre los israelíes y palestinos, éstos no aceptan ese reparto, hay una guerra en la que nadie daba un duro por los israelíes, que en aquel momento carecían de apoyos. No obstante, ellos solos, con su propia capacidad de autodefensa consiguieron parar a los ejércitos de Líbano, de Siria, de Egipto y de Jordania. Y entonces se ganaron el derecho a sobrevivir, por su propio esfuerzo.

En 1956, cuando los israelíes se ponen de acuerdo con los franceses e ingleses para hacer una operación contra Egipto, que había nacionalizado el Canal de Suez, son los americanos los que se lo impiden. Era una operación con tintes muy colonialistas. Además Israel hasta los años 70, cuando gana las elecciones el Likud, fue un país gobernado básicamente por los socialistas, por los laboristas. El único lugar del mundo en el que el socialismo se ha implantado con éxito ha sido Israel, en los kibutz, que realmente eran sociedades comunistas, con casas modestas pero con jardines y piscinas. La carga de idealismo del sionismo ha sido impresionante en sus años iniciales.

Por otra parte, Israel es el resultado de dos cosas: primero, de esa implantación que los propios judíos fueron desarrollando desde que se creó el sionismo a finales del siglo pasado, comprando tierras, cultivándolas y creando su propia organización social. Y luego, por supuesto, el Holocausto. Los judíos piensan: «Nosotros hemos hecho el esfuerzo de integrarnos. El país del mundo en el que estábamos más integrados era Alemania, y ahora nos pedís que renunciemos… No». Por eso fue posible la declaración de la ONU, que decidió repartir la tierra entre palestinos e israelíes. Las víctimas de todo esto evidentemente han sido los palestinos, que tenían su tierra y que, primero, permitieron que (los israelíes) se fueran implantado sin hacer nada; y luego, no fueron capaces de enfrentarse a ellos, cuando eran más fuertes.

En 1948, los israelíes no tenían ni Cisjordania ni Gaza; al final de la guerra se la quedan Jordania y Egipto, respectivamente. No había hasta Arafat, que es un fenómeno de los años 60, un nacionalismo palestino que reclamara un Estado. Los palestinos eran árabes, pero no eran árabes con conciencia nacional. Claro, ahí tiene usted una gran desigualdad. Una comunidad judía con una tremenda conciencia de lo que quería ser: una nación judía democrática; y una población palestina sin conciencia desarrollada, que estaba en manos de elites árabes, a quienes les interesaba su propio país y no Palestina.

Unos estaban con el viento de la historia soplando a su favor y otros estaban de espectadores viendo por dónde soplaba el viento
Había una gran desigualdad de fuerzas. Aparte la comunidad israelí era infinitamente más educada, tenía gente de primer nivel en todos los ámbitos; y el nivel de educación entre los palestinos hasta entonces era muy bajo. Unos estaban con el viento de la historia soplando a su favor y otros estaban de espectadores viendo por dónde soplaba el viento. Al final cuando ambas partes tienen razones concluyentes de por qué tienen derecho a estar allá, las cosas no se deciden por un tribunal, sino por los hechos, por quién defiende sus ideas con mayor eficacia, y está claro que quienes lo han hecho han sido los israelíes.

Esto no significa que la historia se haya terminado, porque la gran tragedia de Israel es que ha ganado todas las batallas y está a punto de perder la guerra. Tras la gran victoria de Israel en 1967, quedándose con los territorios palestinos, el país ha renunciado a todo su idealismo y a todos los principios de sus padres fundadores. Se ha convertido en una potencia ocupante.

La razón de ser era convertirse en un Estado judío y democrático en Palestina y está dejando de ser judío y democrático. ¿Por qué? Porque está gobernando a una población cuyo crecimiento demográfico es mucho mayor que el suyo, sin darle los derechos civiles plenos (los palestinos en Israel no pueden votar en las elecciones israelíes y sin embargo son gobernados por los israelíes).

Y se encuentran con el dilema de: o bien se mantiene esa situación, que cada vez se acerca más al apartheid que se dio en Sudáfrica; o bien, si se los dan, pueden encontrarse con que el Estado deje de ser judío, porque la población es musulmana y árabe, y si obtiene la mayoría… Con lo cual, querían hacer un Estado judío y democrático, pero mientras ocupen tierra palestina, o no eres judío o no eres democrático. Y ésa es la tragedia de Israel y el lugar en el que se han arrinconado los israelíes.

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