Revista Casa Mediterráneo

Beatriz Hernanz, autora de ‘Cenizas solares (Cuaderno siciliano)’: “El mar, simbólicamente, es un comienzo y un final”

en febrero 15, 2024

La escritora y actual directora del Instituto Cervantes de Cracovia, Beatriz Hernanz Angulo, acaba de publicar Cenizas solares (Cuaderno siciliano) (Ars poética, 2024), un poemario que supone toda una declaración de amor a la isla de Sicilia, poblado de referencias al mar, el desamor, la soledad, el dolor y la ausencia, pero donde también laten la luz y la esperanza. Hernanz Angulo hablará del sentido de la poesía y de su poder evocador el próximo jueves 15 de febrero a las 19 h. en la sede de Casa Mediterráneo.

Como la propia autora explica, “Cenizas solares (Cuaderno siciliano)” es un homenaje de amor a un territorio, la isla de Sicilia, mientras navegamos por nuestras heridas, como si el dolor fuera un océano sin tregua. Dolor del amor que se ha ido, de los seres que ya no están con nosotros, de ese paso del tiempo que nos hace habitar la fragilidad. Pero existe un territorio salvador en su hermosa luz, que nos devuelve a la infancia de nuestra civilización, a ese mar que siempre ofrece su transparencia, como espejo de la vida que nos queda por vivir. Rescatar siempre al sol las cenizas de la vida. Hasta su último segundo”.

“Pocas veces un libro ha alcanzado a dejarnos tanta huella. Si el estilo es el hombre, Beatriz Hernanz logra en este cuaderno siciliano su plenitud poética, su voz más clara. Las palabras no pesan, se hacen suave caricia, como si tuvieran música propia, un elevado ritmo que se alza en el poema como el vuelo de un pájaro y nos eleva hacia un mundo interior de sensaciones nuevas. Como ese vientecillo que corre por el Etna en noches estrelladas”, señala Miguel Losada en la introducción del libro.

Beatriz Hernanz es doctora en Filología Hispánica (UCM). Ha simultaneado la labor docente universitaria con la crítica literaria en los más importantes periódicos españoles, la gestión cultural y educativa, además de la creación literaria. Ha desempeñado puestos directivos en programas de cooperación educativa y de patrimonio cultural con Iberoamérica durante más de tres lustros con instituciones públicas y privadas. Ha sido directora de Cultura del Instituto Cervantes en su sede central (2015-2017), para asumir posteriormente la dirección del Cervantes de Palermo (2017-2022), labor que ejerce desde septiembre de 2022 en Cracovia. Entre sus libros publicados están La lealtad del espejo, La vigilia del tiempo, La epopeya del laberinto, La piel de las palabras, Los volcanes sin sueño, La peregrina do vento (Antología poética en gallego) o Habitarás la luz que te cobija, que se ha publicado en Italia en edición bilingüe.

En esta entrevista, Beatriz Angulo nos adelanta algunos de los temas que transitan por las páginas de Cenizas solares, un libro donde el Mediterráneo y sus metáforas adquieren especial protagonismo.

¿A qué obedece el título de su poemario, Cenizas solares (Cuaderno siciliano)”?

En mis siete libros anteriores siempre he tenido claro los títulos. Y éste es el que más he tardado en titular. No sé por qué, pero cada libro moldea al poeta, en este caso a mí, de tal manera que hay que dejarse llevar por esa escritura. Lo primero que había puesto, de una forma sencilla, era “Cuaderno siciliano”, porque escribo en cuadernos. Nada más llegar a la isla de Sicilia empecé a escribir muchísimo, con una frecuencia más alta de lo normal hasta ese momento. Y me he dejado llevar, porque el libro te va diciendo lo que tienes que hacer. El poeta es una especie de sonámbulo que tiene que dejar que le domine la escritura y descubrir, a la vez que escribe, qué es lo que quiere decir.

Después vi que se producía un oxímoron, que es una figura literaria donde se da la contradicción. Las cenizas es el acabamiento, mientras que lo solar es la luz. En la ceniza se supone que no hay luz porque ha habido un fuego que se ha apagado. Sin embargo, solar es algo que está vivo, activo. En Sicilia hay un volcán muy importante, el Etna, que en los cinco años en los que estuve allí experimentó varias explosiones y las cenizas hasta llegaron a Palermo, donde yo vivía. Recuerdo que como hacía buen tiempo dejaba alguna ventana abierta y al volver del trabajo me encontraba la casa llena de ceniza. Y después estaba ese sol maravilloso del Mediterráneo. Esto es la parte física, natural, que inspiró el título, y hay un correlato simbólico con lo que es una persona, en este caso la poeta, que ya ha pasado la mitad del camino de su vida y ve que se están apagando algunas cosas.

Este libro, de hecho, es una larga historia de desamor, una conciencia de la madurez y de que tenemos que seguir pensando la vida como si fuéramos niños, con la misma energía y luz. Porque mientras haya vida hay que seguir empezando. Las cenizas solares son ese oxímoron que explica un poco cómo hay que buscar la vitalidad, la alegría, a pesar de que la vida te dé elementos que no sean tan agradables. En uno de los poemas, “Mayo en Mondello” -mayo es el mes de la floración y la playa del Mondello, uno de los lugares más hermosos de Sicilia- digo:

“Nadie sabrá de ti
en los suburbios de mi pecho.
Recuerdo el mar,
el sol negro del alba,
pero esto es la vida:
mendigo la luz del día
en la memoria del viento
y en sus flores en llamas”.

Mendigar esa luz del día y seguir con esas flores en llamas porque la vida está comenzando.

A lo largo del libro las ausencias y la conciencia del pasado son recurrentes. En una aspiración por superarlo, el pasado siempre acaba volviendo, sobre todo en la soledad y el silencio de la noche, aunque se intente mirar al futuro con esperanza.

Sí, porque en nuestras circunstancias biográficas durante el día estamos ocupados con el trabajo y los asuntos que hay que resolver en la vida. Cuando nos quedamos solos con la naturaleza en los espacios que habitamos, en nuestro hogar -mi casa tenía vistas al mar, a la montaña y a los tejados de la ciudad- al sumar vida sumamos experiencias, de la muerte, de la desaparición y, en este caso, del desamor. Un amor largo, de muchos años y uno tiene que aprender a vivir en una nueva fase. Desde la infancia de nuestra civilización occidental, que es esa raíz grecolatina, han pasado todos los pueblos que han habitado el Mediterráneo, incluidos los españoles. Ésta es una búsqueda, también, de mis propias raíces como española en un territorio que tiene elementos familiares en la historia, pero que a la vez es ajeno, porque estás lejos de tu patria y de tus redes afectivas. Y estás construyendo otras con las personas de ese territorio, de las que sólo puedo decir cosas positivas.

El mar tiene una presencia continua en sus poemas. Es un elemento cargado de simbolismo y metáforas. ¿Qué le evoca el mar, sus sonidos y mareas?

El mar, simbólicamente, es un comienzo y un final, tanto en el libro como en la percepción literaria de la tradición y la vida. En el mar comienza la vida y también se acaba, como ocurre con los naufragios. La casa familiar de mi infancia estaba a unos 100 metros del mar. El océano Atlántico gallego, mucho más bravío que el mar Mediterráneo, que amuebló mis ojos desde la niñez, es una presencia continua. En los momentos biográficos en los que he vivido tierra adentro lo he echado mucho de menos, pero siempre hay una vinculación. Como poeta, el mar aparece en todos mis libros de una forma u otra. Ese reencuentro cotidiano con ese mar Mediterráneo, en el que yo me adopté hace más de 30 años, fue para mí consuelo, inspiración, espacio de meditación, de reflexión, de deleite, de renovación… En fin, el mar es para mí algo vital. Necesito el mar y lo tengo dentro. Muchas veces cierro los ojos, ahora que estoy en el corazón de Europa, en Cracovia, para ver el mar. Es una presencia que necesito y añoro.

Tengo unas ganas terribles de ir Alicante a presentar este libro que tiene esa raíz tan importante y poder ver mi querido mar Mediterráneo y su luz. Aconsejo a todo el mundo que vaya a Cracovia, que es una ciudad preciosa, con un invierno muy largo, inclemente, con temperaturas de hasta 18 grados bajo cero, pero echo mucho de menos esa luz mediterránea, que me he acostumbrado a ver durante muchos años con frecuencia.

En mis poemas, los espejos aparecen como una reflexión sobre el único espacio físico donde el ser humano puede reconocerse o reconstruirse.

Otro elemento que aparece en su libro son los espejos. ¿Qué significado tienen para usted?

Los espejos, desde mi primer libro, La lealtad del espejo, aparecen como una reflexión sobre el único espacio físico donde el ser humano puede reconocerse o reconstruirse, porque no nos vemos a nosotros mismos. Entonces, en esa parte física exterior, el espejo es el que nos da la cara de lo que los demás ven de nosotros y lo que somos en apariencia. Simbólicamente, también el espejo en la literatura ha sido tratado desde la antigüedad clásica hasta los poetas más actuales como Borges o Unamuno. Es una manera de intentar, a través del espejo, reconocernos a lo largo del tiempo. El espejo es la primera marca exterior que nos hace reflexionar sobre quiénes somos, en una parte física. Y luego, aparte de eso, hago la reflexión de que el espejo aparece como un leitmotiv en las partituras de una sinfonía, que marca un espacio poético y desaparece.

El espejo también son los otros, las personas en las que nos reflejamos y vemos lo que podemos ser, lo que somos o lo que hemos sido. Plantea también una reflexión sobre la pátina que los demás dejan en ese espejo en el que tú también te ves. Y el mar muchas veces también es un espejo, no como en el mito de Narciso, sino como un espacio en el que hay una reflexión sobre quién es la poeta, sumada al tiempo.

En uno de los poemas alude a Troya, Aquiles y Helena: “La cólera de Aquiles destroza la belleza de una Helena que sólo era una sombra, una nube, una espuma de ausencia en Troya, un ojo que no ve, un corazón sin sangre, ni despertar”. ¿Qué quiere decir con ello? ¿Se refiere a lo efímero del amor?

Por supuesto, y a muchas otras cosas. El tema mitológico lo he traspuesto a una desmitologización y a una contemporaneidad, algo a lo que recurro en otros de mis libros. Por ejemplo, ahora mismo se ha traducido al italiano y se va a publicar un libro mío de 2001, que es La epopeya del laberinto, absolutamente mediterráneo. Como justamente se acaba de traducir, me han pasado pruebas y he reflexionado sobre ese libro y este otro que acaba de salir, donde hay leitmotiv como el espejo y algunos personajes mitológicos. Algunos son mujeres y dan pie a pensar en términos actuales que nos gustan ahora tanto como “empoderamiento” y a revisar cómo la mujer tradicionalmente ha tenido un papel pasivo. Por ejemplo, el personaje de Helena fue la excusa de la Guerra de Troya. Hago una trasposición de aquello a algo más doméstico, en particular, la intrahistoria que hay detrás de esa historia del desamor.

¿Qué quiero plantear con esto? Que muchas veces hay sombras, identidades, que no están reflejadas en determinadas historias de amor. Entonces, hay un desfase y hay que saber volver a tomar esa identidad y no la que han adscrito muchas veces los hombres a las mujeres. Yo parto siempre de la base de que cada poema tiene, por supuesto, una anécdota concreta, una secreta narratividad del embrión que produjo su escritura. No me gusta la poesía descriptiva, sino la que reta al lector a que termine el poema con sus propios elementos biográficos, la sugerencia o la emoción que le produce lo que lee y cómo le golpea y lo reconstruye. Hay clásicos como la historia de la Guerra de Troya que, en un aspecto más doméstico, tienen una trasposición a la biografía del yo poético que está ahí en ese sustrato, porque la anécdota ha desaparecido. Deliberadamente, elimino esa anécdota, dejo unas pistas a través de los versos y después cada lector reconstruye lo que el poema le dice. Si no lo haces tuyo, para mí ese poema no funciona. Quizás te golpea en asuntos que están ahí de forma inconsciente y te ayuda a ordenarlos en tu cabeza, en tu propia biografía. Eso es lo que yo pretendo hacer; no sé si es muy ambicioso o si lo logro. Uso elementos que también tienen que ver con la filosofía, pero la mía no es una poesía filosófica, sino que quiere invitar a la reflexión.

Por último, quisiera preguntarle por una cita suya que dice: “Creo que la poesía es el espacio en el que podemos sentirnos realmente libres”.

Para mí, la poesía es sinónimo de libertad. Sin poesía no podría vivir. Es el espacio en el que me siento libérrima. No concibo la poesía como un modo económico de vida, sino como una necesidad ontológica. Para poder ser necesito escribir. Por eso hay una cita al principio del libro de Robert Walser, un poeta muy interesante que me marcó hace años. Dice: “¿Qué voy a hacer con los sentimientos sino dejarlos agitarse y morir cual peces en la arena del lenguaje? Acabaré conmigo en cuanto termine de escribir poesía, y eso me alegra”. Yo asocio la escritura, la poesía, con la vida. Y el día en que deje de escribir poesía voy a sentir que he muerto.

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