Revista Casa Mediterráneo

Del Mediterráneo al Monte Denali, dos alicantinos coronan el pico más alto de Norteamérica

en septiembre 15, 2023

Alfonso Blas López y Carlos Cardelle Montero, militares de profesión del Mando de Operaciones Especiales (MOE), han completado con éxito una compleja expedición: coronar el Monte Denali, en la Cordillera de Alaska, el pico más alto de Norteamérica con 6.190 metros de altitud. El Monte Denali es uno de los lugares más duros para ascender, por su considerable desnivel, de unos 4.000 metros desde el campo base hasta la cima. Además, debido a su cercanía al Círculo Polar, las temperaturas en esa zona pueden alcanzar hasta los 50 grados bajo cero, lo que, sumado a las fuertes rachas de viento frecuentes en la zona y el tiempo limitado para permanecer en el lugar, hacen especialmente complicado este desafío.

Alfonso se encuentra en la reserva desde agosto de 2022, pero ha compartido con Carlos muchos años en la unidad militar. Ambos son unos apasionados de la montaña y los entornos naturales. Juntos han escalado los Andes, los Alpes o El Himalaya, y han vuelto a reunirse para emprender esta ambiciosa expedición que además tiene fines solidarios. Su ascenso al Denali, realizado entre los pasados 27 de mayo y 5 de junio, ha permitido visibilizar el trabajo de varias entidades sin ánimo de lucro: Rafiki Africa, una ONG que trata de erradicar la pobreza extrema en dos distritos ugandeses; la Fundación UNER, una plataforma de apoyo e investigación por y para las personas con alteraciones cerebrales y sus familias, y el Club R19, una asociación benéfica ilicitana que ofrece apoyo a las personas afectadas de fibrosis quística.

El periplo de Alfonso y Carlos se ha recogido en un documental, titulado ‘Del Mediterráneo al Denali’, que se estrenará el próximo 19 de septiembre a las 19 horas en Casa Mediterráneo en un acto que contará con la participación de sus protagonistas. En esta charla, Alfonso Blas nos adelanta algunas de las vivencias de esta emocionante expedición.

¿Por qué escogisteis el Monte Denali como destino de vuestra última expedición?

La razón de la elección de ese monte se debe a que anteriormente habíamos ido a montañas que estaban en otros continentes. Hemos escalado los Alpes, la Cordillera Blanca [cadena montañosa radicada en Perú, que forma parte de la cordillera de los Andes] para subir un poco más la altitud, montañas de hasta 6.000 metros… Incluso intentamos hacer el Huascarán [montaña emblemática de los Andes, la más alta del Perú y de toda la Cordillera Blanca], pero no fue posible porque no se dieron las condiciones idóneas. Buscamos un tipo de montañas que son elegantes y visuales, como el Amadablam en la cordillera del Himalaya, que ascendimos hace cuatro años. Una vez hecho esto, optamos por el Denali, en América del Norte, donde nuestro objetivo era hacer muchos kilómetros en una gran altitud. No en vano es la montaña más alta de Norteamérica.

¿Cómo os habéis preparado, tanto física como mentalmente, para emprender este viaje?

Tanto Carlos como yo hacemos ejercicio prácticamente todos los días. Eso te permite estar en un nivel físico bastante aceptable. Normalmente, me pongo al 80% de mis capacidades para, cuando me decida por un destino concreto, tirar en esa dirección. Una vez fijadas las fechas para viajar al Denali, cambiamos el tipo de entrenamiento genérico por uno más específico. En Alicante quizás no dispongamos de las condiciones óptimas, al no ser un ambiente típico de montaña, pero sí hacemos carrera y bicicleta, pesas en el gimnasio y marchas, lastrados con peso y botas. Además, cuando hemos podido nos hemos escapado tanto a los Pirineos como a Sierra Nevada.

Mentalmente, tenemos cierta experiencia. Carlos y yo llevamos una vida muy parecida, tanto en el entorno profesional como en el civil, por las cosas que nos gustan y la búsqueda de aventura. Cuando a lo largo de los años haces actividades que van más allá del rango de una vida en casa, te sientes capacitado para emprender expediciones de esta envergadura. No obstante, en la expedición al Denali nos íbamos a sumergir en algo completamente diferente y nos entraban ciertos temores, como el frío intenso, el peso que tendríamos que cargar y la cantidad de tiempo que estaríamos aislados, viviendo con nuestros propios medios y con comida para veinte días.

Carlos Cardelle y Alfonso Blas a su llegada en avioneta al Glaciar de Kahiltna, el punto de partida hacia el Denali.


¿Qué materiales imprescindibles os llevasteis, teniendo en cuenta la limitación de peso que podríais cargar?

Fundamentalmente, ropa de abrigo para poder soportar las bajas temperaturas, tienda de campaña, material flotante para caminar sobre la nieve… Estuvimos dudando entre esquíes y raquetas y al final nos decidimos por estas últimas. Los esquíes son más complicados de transportar desde España hasta Alaska y si los alquilas es fácil que te pueda salir alguna rozadura, lo que daría al traste la expedición. Al menos hasta el campo tres es obligado ir con material flotante, a partir de ahí ya fuimos con crampones, que te permiten traccionar sin deslizarte por la nieve porque se clavan. También es fundamental el camping gas, así como el butano o la gasolina. Allí no hay agua, que es la vida, y tienes que derretir siempre nieve.

¿Qué tipo de comida os llevasteis para esos veinte días?

Tenemos un gran hándicap con Estados Unidos, porque no puedes llevar muchos productos desde España. Está prohibido introducir productos frescos, embutidos, cárnicos… de modo que decidimos hacer toda la toda la compra de alimentos allí. Lo único que podíamos llevar era comida liofilizada. Hicimos una combinación de productos más o menos frescos con productos liofilizados, que constituyen la base fundamental de la alimentación.

No obstante, nos llevamos un poco de beicon, jamón, queso y fruta para los primeros días, lo menos voluminosa y pesada posible y que menos desechos generara, porque allí no se puede tirar nada. Un problema que tuvimos fue que se retrasó el vuelo con destino a Anchorage. Llegamos a Seattle con una hora de retraso, ya no cogimos el vuelo que nos correspondía y no pudimos conseguir plaza hasta tres vuelos más tarde, con lo cual aterrizamos en Anchorage a las nueve y media de la noche. Como consecuencia, las compras que íbamos a hacer ese día nos vimos obligados a realizarlas al día siguiente, con el obstáculo que supone ir a comprar a un supermercado en el que los productos no te son familiares. Le tuvimos que pedir al tendero que nos ayudara todo el tiempo a escoger los alimentos. Fue todo muy precipitado, pero salió bien. Después nos fuimos a buscar la comida liofilizada y a alquilar una tienda. Desde España trajimos una tienda de dos plazas, que en los tránsitos nos permitiría ir más ligeros a la hora de montarla y desmontarla y sería la que usaríamos para atacar la cima. Podríamos haber ido con una sola tienda, pero eso habría implicado recogerlo todo a diario. La tienda que alquilamos fue de tres plazas y fue la que montamos en el Medical Base Camp, donde tienes que permanecer cuando las condiciones meteorológicas son adversas.

¿Cuánto tiempo conseguíais dormir, teniendo en cuenta que en esas fechas en Alaska tan sólo hay unas pocas horas de oscuridad al día?

Cuando se pone el sol hay unas cuatro horas de penumbra, pero no de oscuridad total. Aunque nos llevamos antifaces no los llegamos a usar porque la propia tienda quita algo de luminosidad y además no somos de mal dormir. Ambos podemos tardar segundos en caer.

Una de las tiendas de campaña utilizadas por Carlos y Alfonso en el ascenso al Denali.

El 27 de mayo un avión os dejó en el Glaciar de Kahiltna, a unos 2.200 metros de altitud, donde empezó vuestra expedición ¿Cómo se suceden los acontecimientos a partir de ese punto?

La avioneta aterriza en el Glaciar de Kahiltna, el Campo base, que en realidad es el punto de salida. De ahí se accede caminando al Campo Uno, un sitio para dormir, sobre todo, porque se encuentra fuera de la zona de avalanchas y de grietas. No voy a decirte que el riesgo sea cero, porque el riesgo cero no existe en una montaña de este tipo, pero es uno de los lugares menos arriesgados. Más adelante hay un Campo Dos en las mismas circunstancias y un Campo Tres. A partir de ahí, todo se vuelve más vertical.

Pasamos a un Campo Cuatro, denominado “Medical Base Camp”, un pequeño campamento donde están los rangers, que dispone de un servicio de atención médica primaria, de primeros auxilios y con botiquín. Funciona durante un mes y medio, desde 15 de mayo hasta finales de junio, fechas que no son extremadamente frías ni en las que hay grietas abiertas que dificulten la escalada.

Ese campo está a una altura de 4.300 metros, a los pies de la montaña y a 2.000 metros de la cima, cuyo tramo es bastante vertical. A 5.000 metros no puedes andar con tonterías, las temperaturas son muy bajas y los vientos bastante fuertes. Arrastramos el trineo hasta el Medical Base Camp, montamos la tienda grande y metimos la pequeña en la mochila para instalarla en el High Camp. Lo que nos sucedió es que cuando estábamos a mitad de camino sobrevino una fuerte racha de viento, con mucho frío, y decidimos hacer un agujero, donde dejamos el material que llevábamos para montar la tienda pequeña, y bajamos al Medical Base Camp, a la tienda grande. Una vez allí vimos cómo nueve personas bajaban con congelaciones en las manos y habían agotado los días de estancia permitidos. Veintiún días es lo máximo que te permiten estar en el parque natural, pero no puedes apurarlos porque te puede caer una nevada que te impida avanzar o se demore la llegada del avión.

¿Tras ese episodio, cómo actuasteis?

El meteorólogo Jorge Olcina nos había dicho que a partir del 5 de junio empezaban cinco días buenos. Nuestro plan era ir subiendo, bajar y descansar un día, así sucesivamente, pero finalmente decidimos salir el día 4 hacia el High Camp, hacer cumbre el día 5 y bajar directamente del tirón. Nos encontramos con Elías, un segoviano que vive en Colorado desde hace 20 años y trabaja como guía. Nos dijo que cuando hay cinco días de temperaturas un poco altas, es posible que a continuación se produzcan grandes nevadas. Ante este pronóstico, Carlos y yo, después de debatirlo, decidimos arriesgar y subir sin descanso. A las dos de la tarde salimos hacia arriba a recoger lo que habíamos dejado el día anterior e ir al High Camp, con la idea de alcanzar la cumbre el primer día. Lo que ocurrió es que me dio una pájara, que en ocasiones sucede cuando haces esfuerzos prolongados y agotas el glucógeno del hígado. Se sufre porque te quedas sin pilas. Avisé a Carlos y lo que hicimos fue ir más despacio.

Uno de los momentos del ascenso al Denali.


¿En ese punto del planeta donde no hay cobertura de teléfono móvil ni de Internet, cómo os comunicabais con el exterior?

Hay un sistema de radio que posibilita pedir auxilio, pero no es compatible con el sistema europeo, por lo que no lo usamos. Llevábamos un dispositivo GPS que permite mandar mensajes de texto, desde el propio aparato o desde el móvil. El equipo que nos apoyaba desde España recibía los mensajes a través de esa aplicación. También estábamos en contacto con la empresa de aviación para concertar el viaje de vuelta.

¿La expedición duró un total de doce días?

Sí, doce días y uno más que tuvimos que esperar para que nos recogiera la avioneta, por falta de visibilidad. Del 27 de mayo al 5 de junio realizamos el ascenso; ese día hicimos cumbre, y luego empleamos dos días más para el descenso.

En la cima del Denali me sentí lleno y desbordante, rodeado de un paisaje tan maravilloso que resulta difícil de describir. Un día soleado y sin viento lo llenaba todo.

¿Cómo describirías la llegada a la cima del Denali?

El día de cima es bastante largo, pero aun así tratamos de no ser tempraneros teniendo en cuenta que la primera parte de la jornada es muy fría, y que la cantidad de horas de sol de que disponíamos nos permitiría salir algo más tarde. Justo al llegar al Denali Pass, cuando la ruta nos permitía avanzar un poco más rápido, me di cuenta de que la pájara que se inició el día anterior estaba todavía presente. Esto hizo bastante pesado un trabajo que de por sí ya lo era, sin la necesidad de sumar desavenencias. Poco a poco me fui dando cuenta de que, llevando un ritmo más lento de lo habitual sería posible la ascensión, contando además con la absoluta comprensión de Carlos.

A pesar de las dudas que tuve en algunos momentos, y que me generaron un poco de tristeza y algo de ira, estos sentimientos se fueron compensando con la alegría de que cada paso era uno menos que te va llenando de orgullo y que se va convirtiendo en plenitud cuando ya estás en el último tramo, que no es otra cosa que la arista que, ya fácil, te lleva a la cima. En ella me sentí lleno y desbordante, rodeado de un paisaje tan maravilloso que resulta difícil de describir. Un día soleado y sin viento lo llenaba todo, incluso mi interior; cosa que sentía que compartía con Carlos, y nuestros rostros iluminados así lo mostraban. A partir de aquí, y a pesar del desgaste, sabes que todo es más fácil, pero también que no puedes tener descuidos. La meta siempre está en casa.

Alfonso Blas y Carlos Cardelle con la bandera de mochila de la Unidad Logística de Operaciones Especiales (ULOE) del MOE en la cima del Denali.

Esta expedición ha tenido un componente solidario. ¿En qué ha consistido?

Carlos y yo somos conscientes de la suerte que muchos de nosotros tenemos por haber nacido en un país como España, en el seno de una familia bien estructurada o simplemente por crecer y vivir con salud. Por ello, en este reto nos propusimos dar visibilidad a tres entidades. Pedimos que, de alguna manera, transformemos esa suerte en generosidad, aunque sólo sea para conocerlos y tener conocimiento de sus actividades.

¿Qué aprendizajes te llevas de esta expedición?

Una de las partes más importantes de una expedición en la que sabes que puedes estar en absoluta autonomía durante tres semanas es, sin duda, la logística. El hecho de haber realizado otras expediciones anteriormente y nuestra experiencia como militares en el Mando de Operaciones Especiales nos han ayudado a organizarnos mejor para ser más eficaces, nos ha enseñado que la cohesión suma, y hemos aprendido a tomar mejores decisiones para conseguir nuestro objetivo. Sin duda alguna hemos aprendido más, si cabe, a trabajar en equipo. Equipo al que tenemos que sumar otros componentes como: Jorge Palop, médico especialista en montaña y miembro del Grupo Militar de Alta Montaña (GMAM); Jorge Olcina, Catedrático de Análisis Geográfico Regional en la Universidad de Alicante; Fernando Fernández Vivancos, propietario de Sherpa Granada (una tienda especialista en montaña) y experto montañero; María Carmona, quien ha manejado nuestras redes sociales donde nosotros no podíamos hacerlo; y por supuesto, Carmen y Sabina, nuestras mujeres, que nos han apoyado día a día tanto en la preparación, como en la ejecución de esta magnífica experiencia.

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