Revista Casa Mediterráneo

Diego Ibarra, fotoperiodista: “‘The Phoenician Collapse’ intenta tomar prestada la memoria de un país que sufre de amnesia histórica”

en marzo 29, 2023

El Líbano, antaño conocido como “la joya del Mediterráneo”, está sumido en una de las peores crisis de su historia, fruto del legado de una guerra civil, alzamientos, corrupción, tensiones sectarias y desastres. El fotoperiodista Diego Ibarra, asentado en el país desde 2014, realiza un retrato personal del Líbano en su libro “The Phoenician Collapse”. A través de más de 100 fotografías tomadas en los últimos siete años, Ibarra rinde un emotivo homenaje al país, que trasciende el fotoperiodismo, emana poesía e invita a la reflexión.

Casa Mediterráneo, que colabora en la edición de la obra, acogió el 30 de marzo a las 19 h. su presentación y la inauguración de una exposición integrada por 16 imágenes, que contó con la participación del propio autor; la periodista Ethel Bonet; la directora del Archivo Jalón Ángel, Pilar Irala, y la periodista Sonia Marco como moderadora.

La edición del libro nació a raíz de una exitosa campaña de micromecenazgo y de la sinergia con el Archivo Jalón Ángel (Grupo San Valero), la Universidad San Jorge de Zaragoza y la editorial Fotoevidence con el apoyo de Casa Mediterráneo, el Instituto Cervantes y CromagonTV. “The Phoenician Collapse” fue lanzado en septiembre de 2022 durante el Festival Internacional de Fotografía Visa pour l´image en Francia. En apenas pocos meses, ha cosechado el reconocimiento internacional de la fundación americana Lucie Foundation como el mejor libro independiente de 2022 y ha sido considerado como uno de los mejores fotolibros por la plataforma visual Lensculture.

Con prólogo del escritor franco-libanés Amin Maalouf, Premio Príncipe de Asturias de las Letras, la obra incluye un texto introductorio de la periodista española Ethel Bonet, autora de ‘El Genocidio Yazidí’, y anotaciones personales del autor con fotografías inéditas de su vida personal durante el colapso del Líbano. El fotolibro ha sido editado por la prestigiosa editora Sarah Leen, antigua editora gráfica de Natinal Geographic y fundadora del colectivo Visual Thinking; está cosido a mano y cuenta con una edición especial de coleccionista con 54 copias.

Con el fin de conocer más de cerca el proyecto, mantuvimos una entrevista telefónica con Diego Ibarra, quien nos atendió desde Beirut.

¿Qué significado encierra el nombre que da título a su fotolibro y exposición, “The Phoenician Collapse”?

Ejemplares del libro.

El título “The Phoenician Collapse” viene con la idea de intentar tomar prestada la memoria de un país que sufre de amnesia histórica. La intención es tratar de englobar, de una forma conceptual, el colapso del Líbano, considerado hace muy poco la joya del Levante y que, ahora, malas prácticas como el sectarismo, la crisis y la devaluación de la moneda han hecho que colapse. Este es un pequeño homenaje a un país dividido en 17 confesiones religiosas, que me ha acogido durante ocho años. Procuro huir de esa narrativa clásica fotoperiodística, recopilando publicaciones antiguas, mapas, imágenes de mosaicos de la antigüedad e imaginería fenicia romana. La idea que subyace es explicar, a través del pasado, el presente difuso y convulso desde una perspectiva personal, porque la fotografía lo es. Es mi mirada, no pretende ser un libro de historia.

El título hace alusión al hotel Phoenicia, que se convirtió en campo de batalla en la guerra civil libanesa de 1975 a 1976, durante los combates conocidos como “la batalla de los hoteles”, y estuvo abandonado durante casi 25 años hasta finales de la década de los 90. El hotel también quedó dañado en el atentado de 2005 contra el que fuera primer ministro Rafif Hariri, que murió por la explosión de un coche bomba. ¿Podría considerarse este hotel un símbolo de la situación que atraviesa el país?

Sí, uso elementos simbólicos del pasado para intentar explicar el presente, a falta de futuro. El hotel Phoenicia es un ejemplo, pero no podemos olvidarnos del papel que juega nuestro Mare Nostrum, donde los fenicios eran mercaderes, algo que impregna la cosmogonía libanesa. Los libaneses son empresarios, saben cómo hacer negocios, y todo viene de esa herencia de estar bañados por el Mediterráneo, que es un puente de unión.

El líder de Hezbolá, Sayyed Hassan Nasrallah, se dirige al pueblo libanés desde una pantalla de TV en Baalbek, días antes de las primeras elecciones parlamentarias desde 2009, que se celebraron el 6 de mayo. 1 de mayo de 2018 – © Diego Ibarra.

La periodista Ethel Bonet afirma en el libro que el Líbano sufre amnesia. ¿Qué quiere decir con ello?

Estamos hablando de un país marcado por el legado de las heridas, aún sin cicatrizar, de la guerra civil, una corrupción endémica de las clases dominantes, la explosión en el puerto de Beirut de 2020, que acabó con la vida de más de 200 personas, y una crisis que está llevando a los libaneses al precipicio. Entonces, volvemos a esa misma idea, planteándonos: ¿Se puede tomar prestada la memoria de un país que sufre de amnesia histórica? Creo que es una forma, a través de la imagen y usando elementos del pasado, de crear esa memoria que languidece.

No se puede hablar de esperanza cuando los libaneses están sufriendo uno de los peores momentos de su historia

¿Qué consecuencias tiene la profunda crisis que afecta al país en la vida cotidiana de los libaneses?

Está desgarrando el tejido social. La clase media ha desaparecido. La brecha entre los que tienen y no tienen se está haciendo insalvable. Estamos hablando de una devaluación de la moneda que, no es que roce, sino que ha llegado a sus límites históricos con la dolarización de los productos en el país. Seguimos con la misma falta de electricidad, carestía de agua, mala gestión… Todo eso afecta muchísimo a un país y lo está llevando a este colapso. No se puede hablar de esperanza cuando los libaneses están sufriendo uno de los peores momentos de su historia.

Mohamed duerme en el barrio de Karantina, cerca del puerto de Beirut. Mohamed pasó un mes y medio en las calles tras la explosión. Lo ha perdido todo. Dejó Siria en 2011 huyendo de la guerra. Ahora, intenta sobrevivir mientras el sistema social del Líbano colapsa. 7 de agosto de 2020- © Diego Ibarra.

Ante una situación tan desesperada, ¿cómo consigue sobrevivir la mayoría de la población sin que llegue a producirse un estallido social?

De momento, la población está aguantando. Sigue una máxima que siempre me ha recordado a Miguel Hernández: “Esperando a la muerte, estoy cantando”. El libanés es ese pueblo que, independientemente de lo que esté pasando, no va a dejar de disfrutar el momento, el instante. Los libaneses resisten.

Esa forma de ser hace que sigan adelante, pero ¿cómo llegan a cubrir sus necesidades básicas?

Económicamente, el país se basa en las remesas que vienen de fuera. La dolarización de la economía está llevando a que los libaneses estén pasando hambre. Las colas del hambre ya son una realidad desde hace tiempo y la única forma que tienen de subsistir es a través de la comunidad internacional, de la diáspora, integrada por millones de libaneses que viven fuera del Líbano y en el tejido multi sectario.

Sus imágenes retratan también la realidad de la comunidad siria exiliada en el Líbano y de los emigrantes de otras nacionalidades que son utilizados como mano de obra barata. ¿Qué trato reciben en el país?

Esta realidad queda recogida en el capítulo titulado “Los otros”.  Son esas personas que han venido aquí a buscarse la vida o huyendo de la guerra, y que viven condicionadas por la “Ley Kafala” en el caso de los migrantes domésticos, que no tienen derecho ni a tener su pasaporte, trabajan siete días a la semana, muchos duermen al suelo… o los sirios, que sólo pueden trabajar en un par de sectores, especialmente la construcción o el cultivo del campo.

Hay un legado con Siria bastante hiriente. Las heridas siguen sin cicatrizar y viven en un permanente limbo: Estamos hablando de que el Líbano es el país que más refugiados per cápita acoge del mundo y que 12 años de guerra civil han desangrado un país tan bonito y capaz como Siria. En este capítulo intento rendir un homenaje a las personas que son las que sacan el país adelante, las que limpian, las que desempeñan los trabajos que nadie quiere hacer, en las peores condiciones laborales, económicas y de vida. Es un pequeño homenaje a los invisibles.

El Líbano es un país cosmopolita que fue modelo de convivencia entre sus diferentes comunidades en un pasado no tan lejano. Con este capítulo, ¿intenta en cierto modo que los libaneses recuperen esa memoria de lo que fueron?

Más que sacar una conclusión, invito a la reflexión. Quiero que la gente piense e intente entender qué es lo que está pasando con realidades que, a veces, pasan desapercibidas. No es un libro de historia, es una visión personal. No doy una respuesta estereotipada, sino que lo que pretendo es despertar esas preguntas porque, al fin y al cabo, esa multiculturalidad, todo el tejido social, debido a la crisis se está rompiendo y cada vez hay más identidades asesinas que alimentan el sectarismo.

Según ese término, acuñado por Amin Maalouf, donde deberían coexistir las culturas, las propias identidades asesinas hacen que la sociedad se polarice y que cada vez haya más diferencias y más exclusión social. La crisis lo ha empeorado todo, porque si todo el mundo está peleando para salir adelante, se va a tender hacia el multisectarismo, hacia el barrio, hacia la comunidad. Cuando hay una carencia de Estado es lo que pasa.

Vista del Gran Silo en el puerto de Beirut. La explosión del 4 de agosto de 2020 mató a más de 200 personas. 23 de septiembre de 2021- © Diego Ibarra.

Volviendo a su visión personal que impregna todo el proyecto, cuéntenos cómo vivió la terrible explosión ocurrida en el puerto de Beirut en 2020, que queda reflejada también en el libro.

Justo el día de la explosión estaba en España, en concreto en Zaragoza. Volví al día siguiente, a las pocas horas de la explosión, y tuve la suerte de poder documentar toda esta desgracia que acabó con la vida de más de 200 personas. Estuve casi dos semanas, día y noche, documentando las consecuencias para el New York Times y fue un momento doloroso ver la ciudad que te ha acogido, en donde estás creciendo, donde estás aprendiendo, completamente destruida y sumida en el caos. Con una catástrofe de estas dimensiones las heridas todavía están abiertas.

No ha habido culpables, las investigaciones están paradas, lo que significa que no hay compensación hacia las víctimas. Esto fue, en cierto modo, el detonante de la profunda crisis actual. El país ya iba bastante mal, había habido una revolución, la irrupción del Covid…, pero esta explosión marcó un punto de inflexión. Volvemos a la misma idea: en una catástrofe que ha pasado hace más de dos años todavía se sigue buscando a las personas que estuvieron detrás de la explosión, porque hay nombres y apellidos. El problema, de nuevo, es esa falta de memoria. Esta herida ha marcado al país, la gente sigue con estrés postraumático, asustada y esperando respuestas.

Usted llegó al Líbano procedente de una realidad completamente diferente en Pakistán. ¿Le costó adaptarse a este país, caracterizado por sus grandes contrastes?

Llegué procedente de Pakistán, donde viví 5 años, en 2014, intoxicado por los burkas y el cha y me encontré con un país agresivo debajo de esa multiculturalidad y de esas noches de “La Vie en Rose”. Me costó bastante adaptarme. Además, como freelance una vez que no estás donde te quieren los medios, todo cuesta un poco más, pero tuve la suerte de contar con el apoyo de mi compañera, de empotrarme con un grupo de Payasos sin Fronteras y recorrer todo el país… A esto hay que añadir que, al ser un país mediterráneo, culturalmente tenemos muchas cosas en común.

Lo único que pretendo es despertar preguntas, hacer pensar acerca de una realidad que parece soterrada y que todavía sigue sangrando

Manifestantes antigubernamentales se movilizan ante el Tribunal Militar de Beirut y bloquean la carretera en ambas direcciones, pidiendo la liberación de los detenidos por las recientes protestas violentas en Trípoli. 24 de febrero de 2021 – © Diego Ibarra.

Pese a la crudeza de la realidad, que captan sus fotografías, ¿pretende transmitir algún atisbo de esperanza?

Sinceramente, lo único que pretendo es despertar preguntas, hacer pensar acerca de una realidad que parece soterrada y que todavía sigue sangrando. No puedo ser muy optimista, no confío en los finales Disney, porque creo que no existen. La vida no es como en las películas. El país está sufriendo la mayor crisis política, social y económica de su historia. Con los niveles rampantes de corrupción, la falta de ayuda internacional, la existencia de Estados dentro de un Estado, la dolarización de la economía, el desmembramiento del tejido social, hablar de esperanza es un poco ingenuo. Especialmente cuando no se ve en el horizonte ningún tipo de voluntad política.

Confío en la resiliencia y en la capacidad de las personas para tirar adelante, pero todavía queda mucho para llegar a principios básicos de coexistencia. Estamos hablando de un país sin Estado. Hay muchos Estados dentro del país, pero políticamente no pueden tomar ningún tipo de decisión. Entonces, me aferro a la idea de la frase de Miguel Hernández. Da igual lo que pase mañana, los libaneses van a seguir cantando, bailando y esperando la muerte.

Más información:

En la página web de Diego Ibarra Sanchez | Photographer.

Imagen superior destacada: Diego Ibarra – © José Miguel Marco.

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