Revista Casa Mediterráneo

Luis Mateo Díez: “Me di cuenta de que escribiendo vivía mucho más intensamente que viviendo”

on June 26, 2020

“La imaginación es la memoria fermentada”. Esta bella frase del escritor portugués Antonio Lobo Antunes la suscribe Luis Mateo Díez, una de las plumas más reconocidas del panorama de las letras españolas, artífice de una prolífica producción literaria caracterizada por el dominio y la riqueza del lenguaje y una desbordante imaginación. Sus libros están poblados por un sinfín de personajes que, en ocasiones, habitan lugares imaginarios como el célebre reino de Celama, un territorio situado en el noroeste de la península ibérica que simboliza la desaparición del mundo rural y que fue inmortalizado por el autor en la trilogía formada por El espíritu del páramo, La ruina del cielo El oscurecer.

Luis Mateo Díez (Villablino, León) creció en las montañas del noroeste de León, un mundo en el que su fértil imaginación fue alimentada por una rica tradición oral que se mantenía viva en los pueblos a través de costumbres como el filandón, una velada que se celebraba en las cocinas de las casas cuando se quedaban aisladas en invierno por la nieve, en las que la gente se contaba historias, sucesos y acontecimientos que les servían para socializarse y entretenerse. En este ambiente, Luis Mateo Díez vio crecer su amor por la literatura y la escritura, que cultivó desde niño. Estudió Derecho en la Universidad Complutense de Madrid, carrera que finalizó en Oviedo, y por oposición obtuvo una plaza en el Ayuntamiento de Madrid, donde se convirtió en jefe del servicio de documentación jurídica.

Sus inicios en el mundo literario fueron poéticos. Participó en la revista de poesía Claraboya entre 1963 y 1968 y sus primeros poemas fueron reunidos en 1972 en el volumen Señales de humo. Pero pronto, su inclinación por la narrativa le hizo dedicarse de lleno a los cuentos y las novelas. Su primer libro de cuentos fue Memorial de hierbas (1973), al que diez años después seguiría su primera novela, Las estaciones provinciales (1983). Desde entonces, su producción literaria ha sido imparable y también los reconocimientos: La fuente de la edad (1986) y La ruina del cielo (2000), ambos Premio Nacional de Narrativa y Premio de la Crítica o Cabeza en llamas, Premio Francisco Umbral al Libro del Año 2012. También ha recibido el Premio Castilla y León de las Letras, el Premio Miguel Delibes, el Premio de Literatura Observatorio D’Achtall y el Premio Rivas Cherif por la adaptación teatral de su trilogía El reino de Celama. Su obra está traducida a otras lenguas y ha sido llevada al cine y al teatro. En 2017 publicó Vicisitudes, al que seguirían El hijo de las cosas (2018) y Juventud de cristal (2019).

Luis Mateo Díez era el único de los tres escritores leoneses que llevan los filandones por medio mundo que aún no había recalado en el ciclo de Casa Mediterráneo Escritores y el Mediterráneo, pero lo hará el próximo lunes 29 de junio a las 19:00 horas junto a sus compañeros Juan Pedro Aparicio y José María Merino en un encuentro virtual moderado por la gestora cultural Marina Vicente que podrá seguirse en la web de la institución diplomática casa-mediterraneo.es. Con el fin de acercar a los lectores la trayectoria vital y literaria de Luis Mateo Díez, mantuvimos una entrevista telefónica con el autor.

Usted tiene tras de sí una extensa producción literaria, que sigue alimentando. Amigos suyos como el también escritor José María Merino aseguran que siempre ha escrito. ¿Siempre supo que quiso ser escritor? ¿Qué le aporta la literatura como autor?

Respecto a la primera pregunta, la verdad es que sí. Es un poco casi vergonzante reconocer que fui un niño escritor, con lo cual no quiero decir en absoluto que fui un niño repipi; no lo era en absoluto. Era un niño que tenía una naturalidad extrema y además estaba lleno de cosas variopintas. Pero sí, ya desde niño escribía y desde la infancia, aunque sea un poco exagerado, tenía la perspectiva de que lo que en la vida me interesaba era la escritura, porque me fascinaba mucho que me contaran historias y luego, ya diríamos que en mi juventud, empecé a escribir de una manera con mayor conciencia. Poco a poco fui amoldando esa conciencia de que escribir era lo que quería hacer en esta vida. ¿El sentido que eso tiene? Creo que poco a poco, y esto también como lector era algo que me sucedía, sentía una gran fascinación por la ficción y tenía conciencia de vivir en lo imaginario, en las novelas, en las narraciones… con una profundidad distinta, pero paralela, a lo que podía vivir en la vida.

Esa conciencia de la realidad, de lo que me iba a tocar vivir, creo que en el fondo me pareció poco. O sea que la ambición estaba en que lo que yo pudiera vivir era mucho menos de lo que podía soñar o imaginar que podía vivir. Entonces, bueno, mi vida estaba muy ampliada en los mundos imaginarios que conocía a través de las novelas y de las narraciones y creo que, en el fondo, había un intento de emular eso. Y al final, como en todas estas cosas radicales, hay algún tipo de condena, vendí el alma al diablo y me di cuenta de que escribiendo vivía mucho más intensamente que viviendo. Y por ese tipo de desbordamiento es por donde uno encuentra justificación a esta pasión de hacerlo y tal vez ése es un elemento crucial de que yo sea un escritor tan tremendamente prolífico.

Siempre me gusta preguntar a los escritores a los que entrevisto cuáles son las razones que mueven su escritura. Y las respuestas dicen mucho de ellos, como el caso de una escritora que en una ocasión me dijo que aprendía mucho durante el proceso de documentación de sus novelas cuando recreaba una época histórica y al mismo tiempo descubría también mucho de sí misma.

Sí, aunque mi caso tendría poco que ver con la experiencia de esa escritora, porque cuando cuando escribo lo que menos me interesa soy yo mismo. No me interesa en absoluto, ni creo que me sirva para indagar en mi interior y conocerme más. Yo me intereso muy poco. En la ficción, al escribir y cuando leo, lo que me interesa es conocer gente. Y en los mundos imaginarios he conocido a Ana Karenina, a Emma Bovary, las mujeres más imposibles de conocer en la vida, que no contrastan o evitan la experiencia del conocimiento de otro tipo, pero que tal vez lo alimentan y lo subliman en algún sentido. Pero en mi caso, me interesa la conquista de lo ajeno; cuando escribo invento y en mis narraciones, en mi mundo imaginario, fundamentalmente hay personajes, que es a los que intento conocer. La verdad es que escribiendo no me intereso nada de mí mismo, por eso la autoficción, la complacencia en buscar en mi interior… en mi interior no hay nada que me interese. Creo que soy una grata persona, seguro, de buena compañía (risas) y tengo infinitos amigos y la gente que me ha querido me ha querido mucho, pero hago conquistas en lo ajeno. El escritor que escribe sobre sí mismo me interesa mucho cuando es fascinante cómo lo hace, pero como actitud personal no me interesa nada.

Desde que me despierto hasta que me duermo nada es baldío, todo está lleno de posibilidades para escribir

De su imaginación brotan gran cantidad de historias y de personajes, ¿cómo nutre esa imaginación? ¿De lecturas, historias que le cuentan, observando la realidad que le rodea…?

De todo un poco. Creo que el escritor que soy es una opción de escritura y de mundos imaginarios que están por todas partes y que han hecho con mucha más solvencia escritores a los que admiro y a lo mejor emulo. Al ser, diríamos, un contador de historias -la novela que más interesa es la que cuenta historias, aunque a veces es fascinante cómo no contando una historia se cuenta algo enormemente atractivo también- éstas están nutridas siempre de personajes y los desvelo o los voy descubriendo en mi mundo de ficción. Ahí hay un poco de todo. El escritor, en algún sentido, es alguien que anda por la vida con la escopeta cargada, o sea que el mundo está lleno de sugerencias, sugestiones, realidades y posibilidades que te incitan a contar historias de una manera, a lo mejor, indeterminada. Pero creo que en la observación la mirada del escritor es muy importante.

Y bueno, claro, el instrumento crucial del escritor de ficción es la imaginación, pero la imaginación liberada. Creo que la imaginación está muy atada a la memoria, a la observación, a la reflexión, al depósito de los recuerdos… Todo eso forma ahí un interior que alimenta. Estoy de acuerdo con aquella frase tan bonita de que la imaginación no es otra cosa que la memoria fermentada. De todo eso se nutre uno; desde que me despierto hasta que me duermo nada es baldío, todo está lleno de posibilidades para escribir.

También le quería preguntar por sus raíces leonesas, que se reflejan tanto en los escenarios de sus historias como en su propio lenguaje, que es muy castellano. Además, a usted se le considera el precursor del microrrelato y León es un lugar con una gran tradición oral. ¿Qué influencia ejercieron en usted los filandones? ¿Y qué destacaría de sus experiencias junto a sus amigos y escritores José María Merino y Juan Pedro Aparicio llevando estas veladas por medio mundo?

Hay una raíz en mi infancia que es el haber nacido en un valle donde había unas tradiciones de oralidad. Y cuando yo nací, en la posguerra, persistían; había una fuerte herencia. Cuando hablo de oralidad hablo de los cuentos populares, de los romanceros, de las cosmogonías, del relato de las noticias… y todo eso formaba parte de unos ritos vecinales que también habían permanecido. Eran unos ritos de convivencia y socialización, los calechos y los filandones. Esto es muy universal y muy propio de culturas norteñas y orientales. O sea que lo que había allí no era nada peculiar, pero sí era algo de una cierta herencia universal, con lo cual aquello no tenía una connotación costumbrista localista, sino que escuchando lo que se contaba parece que uno conectaba un poco con el universo de las historias y lo más universal de las mismas.

Yo siempre cuento la anécdota de que la gran leyenda de mi pueblo, de mi valle, la leyenda que más me conmocionó, la leyenda de la doncella desaparecida y ultrajada, mil años después, cuando era un jovenzuelo cinéfilo, la vi en una película de un señor que para mí es uno de los grandes cineastas, que se llama Ingmar Bergman. En El manantial de la doncella Bergman contaba la historia con la que yo había sentido más emociones y pena cuando era niño. Bueno, da la impresión de que tú no estabas en un mundo separado, ajeno a todo, sino en el universo de la rama dorada, en el universo del gran folclore mundial y de la gran transmisión de las historias. Me marcó mucho eso, la oralidad, esas reuniones tan sencillas, por otra parte. Ahora uno les da una matización un poco romántica. Se cumplían una serie de sucesos cotidianos. La gente se reunía en las cocinas, los inviernos eran largos, y desde luego eran las noches de Las mil y una noches, en las que se contaban muchas historias y todo el mundo lo pasaba muy bien. Eran veladas de entretenimiento, socialización y convivencia. Seguro que tenían una buena ejemplaridad para que la gente se conociera y se apreciara. Pero entre aquellos niños había algunos, y yo era uno de ellos, especialmente fascinados por aquello y ahí sí reconozco una huella de eso.

Aunque Aparicio, Merino y yo hemos llevado rutas muy variadas, tenemos una gran amistad y creo que una obra compaginable lo bueno que tiene es su enorme diversidad y lo poco que se parece una a otra. Y luego, en cuanto a posibilidades, tenemos tres voces muy distintas y bastante buenas cuando leemos en estos filandones. Hace muchísimos años el Hay Festival famoso nos requirió para una reunión de lectura, que amoldamos a una idea de filandón con una persona para nosotros muy querida, que era Antonio Pereira, un gran escritor de la tierra. Hicimos un filandón que resultó ser como un espectáculo oral, con un éxito denodado, verdaderamente fuera de lo normal. Entonces, a partir de aquello -Antonio, por desgracia, estaba mayor y no podía viajar- fuimos requeridos y solicitados por medio mundo. Llevamos unos diez años en los que hemos ido desde el Bronx a Nicaragua, pasando por países asiáticos.

Nació allí, de manera espontánea, y obviamente lo que hicimos nosotros no fue rememorar viejas historias de las tradiciones orales, sino leer microrrelatos propios, porque se ajustaban. Entonces, comentábamos cosas, charlábamos, contábamos anécdotas… le dábamos a aquello una estructura de entretenimiento, casi a veces hasta un poco escenográfica. Lo hemos hecho en grandes teatros, los tres ahí sentados modestamente, contando nuestras cosas y haciendo valer nuestras pequeñas historias. Y bien, así nos hemos movido y lo hemos seguido haciendo.

¿Sus historias las contaban en español? ¿En algún país precisaban de traductores?

Sí, verás, eso es curioso, porque la experiencia cuando ya trascendió y del Hay Festival que hicimos en Segovia pasamos al Hay de Inglaterra vimos la posibilidad, como son micrrorelatos, de que estuvieran sentados con nosotros traductores. Como los textos son cortos, nosotros los leíamos en español y ellos los traducían al inglés, francés, alemán, checo… Y eso funcionó, de una manera verdaderamente misteriosa. Y bueno, curiosamente, se notaba que este tipo de conexión escritor, autor – lector, espectador, oyente tiene un poderío que está en la oralidad, en que escuchas y sientes quizás la conmoción de lo que te están contando, aunque no entiendas la lengua en la que está. Luego ya te la traducen y parece que reconstruyes perfectamente aquello. Y eso nos causó, de verdad, auténticas sorpresas, similares a éxitos tan radicales como los que obtuvimos en lugares como Colombia. Recuerdo por ejemplo un acto en un sitio que pudiera parecer exótico, la biblioteca del Bronx, con un éxito fuera de lo común.

En Casa Mediterráneo ahora van a realizar un filandón, virtual por las circunstancias actuales. El director de Casa Mediterráneo desde hace tiempo quería celebrar este encuentro, que hasta ahora no había sido posible debido a la dificultad de reunirlos en una fecha que les viniera bien a los tres. 

Javier es un gran amigo, que nos conoce, al que admiramos y que nos quiere mucho y ahora era como otro salto imprevisible, porque hacerlo de esta manera no estaba en nuestras previsiones, pero bueno, estas circunstancias tan tristes y tan penosas han posibilitado este tipo de comunicación. Ya hemos hecho uno aquí en Madrid, con muy buenos resultados y, bueno, estamos encantados de hacerlo y seguro que funcionará. Tal vez en el esquema dramatúrgico, por decirlo de una manera un tanto pedante, se valora la cercanía y la voz inmediata, pero hacemos esta variante con la misma libertad y la experiencia que hemos tenido ha sido muy positiva.

Cuando empecé a crear mis mundos de ficción me di cuenta de que necesitaba un territorio personal, porque ahí me sentía con más libertad.

No puedo dejar de preguntarle por Celama. Usted ha concebido un mundo de ficción propio y creó un territorio imaginario, el reino de Celama, que recreó en una trilogía. ¿Qué representa Celama?

La verdad es que tempranamente, cuando empecé a crear mis mundos de ficción me di cuenta de que necesitaba un territorio personal, porque ahí me sentía con más libertad. Quiero decir, me costaba que una novela se desarrollara en Madrid, en León, en Valladolid, en Zaragoza… Notaba que necesitaba trascender por una línea más metafórica y simbolista. En eso hubo un proceso, desde el arranque. Mi primera novela, Las estaciones provinciales, es una obra documental casi, una novela negra en algún sentido, de sucesos, sobre el León de los años 50, pero sin nombrar la ciudad aunque sí aparece el mapa en ella. Pasa el tiempo y la ciudad se diluye en cuanto a espacios, pero se podría hacer un recorrido por las calles siguiendo a Marcos Parra, que era un periodista, protagonista de aquella historia. A partir de ahí, fui conquistando unos espacios que dieron lugar a lo que yo llamo “ciudades de sombra”. Son mis ciudades, tienen nombres imaginarios, están en una provincia imaginaria, teóricamente en el noroeste de la península, pero indeterminada. Y ahí están todas mis novelas. Las ciudades tienen nombres, tienen calles, todo es imaginario y hay un punto de intemporalidad, una especie de recomposición de unas historias que parecen un poco pasadas, pero a veces te da la impresión de que pueden ser lo mismo de ahora que de dentro de unos años, de un tiempo perdido, donde uso ese empleo del tiempo con una idea muy metafórica, que le daría una especie de eternidad como escritor, que ya es el colmo de la ambición.

Entonces, en el suroeste de esa provincia imaginaria y no lejos de muchas de estas ciudades había una comarca, una comarca muy especial y muy peculiar, llamada Celama. Y en esa comarca construí tres novelas que componen lo que luego se llamó El reino de Celama. El intento fue hacer una “gran” metáfora sobre el destino de las culturas rurales, el declive, el crepúsculo, la liquidación, la transformación que el tiempo y la historia van dando al sentido del trabajo, de las relaciones, de los pensamientos, de la imaginación de todos esos habitantes a lo largo de los siglos. Y, bueno, con ese bagaje y con esa materia está hecha Celama. A veces me dicen que aunque mis novelas ya transcurren en Celama, parece que hay un reflejo, una iluminación o un fulgor. Yo digo: Bueno, porque diríamos que allí está el pasado de esas otras ciudades. En Celama se habla hasta de un viaje de reconstrucción arqueológica de lo que es ese mundo. Eso es Celama. El tono fundamental de las historias es de obituario, es como una “gran” elegía sobre la muerte y la desaparición. Tuvo, tal vez, una valoración desmedida, de la que yo me he beneficiado, tal vez porque Celama tiene uno de los grandes temas del siglo XX, que es el de las desapariciones. Esto que ahora estamos retomando de la España vacía; todo esto son añadidos a la gran liquidación de todas esas culturas y de todos esos modos de vida, muchos de los cuales siguen in situ, otros han desaparecido y otros se han transformado. Ya no queda nada de aquello. Queda el recuerdo, la memoria, la transformación… y desde luego las tumbas. Por eso Celama es un obituario, es un recorrido por los cementerios de esa comarca rescatando los nombres y las vidas de los que están allí enterrados.

Por último, como miembro de la Real Academia de la Lengua, ¿qué es lo que más satisfacción le produce de su labor?

Sin duda alguna, lo más obvio, el trabajo en las comisiones, que es donde se hace la labor previa a los plenos, donde se debaten ya los resultados y se habla de muchas cosas. El pequeño trabajo en las comisiones, con las palabras, su repaso, la acepción de las nuevas, la discusión de las mismas, su propiedad o impropiedad… sobre todo, la definición de las palabras. El diccionario es un mundo infinito, tiene casi 100.000 entradas, una larguísima historia de 300 años y es un mundo vivo. El repaso es continuo y te das cuenta de que hay muchísimas palabras que no están bien definidas, que se puede afinar mucho, que tienen derivados que no están previstos… En fin, es un trabajo muy materialista, pero en el que uno involucra mucho sus percepciones. Este mundo no puede estar sólo en manos de los lexicógrafos y los lingüistas, que son los que más saben teóricamente y son al final los que formalizan lo que hay; debe haber también un escritor, un científico, una historiadora, un periodista, un abogado… las distintas profesiones que están en la sociedad.

Los escritores somos un poco francotiradores de las palabras, parece que podemos perfilarlas y darles sentido. Yo eso, escribiendo lo hago mucho, tanto que a veces casi me paso un poco. También en la sintaxis, rompo mucho estructuras y esquemas. Bueno, ésa es una labor creativa, que en la parte puramente lingüística o expresiva sirve para paginar más. El español es una lengua de una riqueza y de unas posibilidades verdaderamente exageradas. Creo que el español tiene deslizamientos de entendimiento de lo que puede significar una cosa y todo lo contrario y es una lengua mucho menos rígida que el inglés, más emparentada con el francés y el italiano. Las lenguas romances tienen eso, pero ves que en el español además hay mucha tradición de inventiva popular, a veces para bien o si no para exageración. Siempre para bien, eh, un pueblo con la inventiva, por citar alguno, del pueblo andaluz es fascinante, así como todo lo que se puede hacer en Alicante, en Valencia… Un académico bueno debiera de ser alguien que tiene buen oído y en eso andamos.

Fotografía destacada: Luis Mateo Díez – © Jeosm

mariagialma@gmail.comLuis Mateo Díez: “Me di cuenta de que escribiendo vivía mucho más intensamente que viviendo”