Revista Casa Mediterráneo

Vladimir Cruz, actor y director cubano: “Creo en la función social del cine”

on October 22, 2020

El actor y director cubano Vladimir Cruz, internacionalmente conocido a raíz de su primera película, Fresa y Chocolate (1994), una controvertida cinta que por primera vez abordó el tema de la homosexualidad en el país caribeño, cosechando un rotundo éxito mundial y llegando a ser nominada a los Oscar como Mejor Película Extranjera, es miembro del jurado de la sección de Cine Mediterráneo del Festival de Cine de Alicante. Con motivo del certamen, en el que colabora Casa Mediterráneo, Vladimir Cruz ha pasado estos días en la ciudad, donde aprovechamos la ocasión para mantener con él una entrevista sobre su experiencia en el festival, su opinión sobre el cine que se hace en el Mediterráneo y su trayectoria como actor, director y guionista.

Con 15 años, Vladimir Cruz comenzó a participar en obras de teatro como actor aficionado y a los 17 empezó a estudiar en el Instituto Superior de Arte de La Habana, donde se graduó como licenciado en Artes Escénicas. Su primer largometraje, Fresa y chocolate, en el que compartió reparto con Jorge Perugorría, le abrió las puertas al mundo de la interpretación a lo grande y le facilitó el inicio de una extensa trayectoria en cine, teatro y televisión, con trabajos como Che: El argentino (2008), Afinidades (2009), película que interpreta y codirige junto a Perugorría, Los buenos demonios (2018) y Narcos (Netflix), entre otras muchas. Desde 2005 también dedica su tiempo a la escritura de guiones y la gestión de proyectos audiovisuales, formando parte del equipo multicultural CayArte. El artista, que vive a caballo entre Madrid y La Habana, muestra una especial inclinación por el cine social y siempre que puede emprende proyectos sobre asuntos que conciernen a su tierra. Nos lo cuenta aquí, con enorme naturalidad y simpatía.

Como miembro del jurado de la sección de Cine Mediterráneo del Festival de Cine de Alicante, ¿qué supone para usted esta experiencia y qué opinión le merecen los trabajos seleccionados en el certamen?

Ser jurado de la sección de Cine Mediterráneo del festival es una oportunidad muy buena de descubrir los trabajos que se están haciendo, que normalmente y desafortunadamente no puedes ver en otros lugares. Es muy importante que este festival abra esa ventana a este tipo de cine. En primer lugar, los cortometrajes son de difícil distribución en general y mucho más los de esta zona tan diversa y, al mismo tiempo, con una identidad tan homogénea. Ésa es la primera conclusión. Ahora mismo hemos tenido la oportunidad de ver cortos de lugares tan diferentes como Siria, Egipto o de países europeos con costa mediterránea como Italia e incluso España, y a pesar de que tienen realidades muy diferentes comparten una homogeneidad cultural, una identidad mediterránea que es muy interesante y curiosa, porque realmente aunque sea un mundo extraordinariamente diverso, lo puedes reconocer.

Es como la comida mediterránea, que es reconocible a un lado y a otro de la costa. La cultura cinematográfica mediterránea tiene esa identidad, muy interesante, porque además los conflictos que se viven en el Mediterráneo son de alta intensidad y de primera línea mundial. Todos los problemas que están ocurriendo en el Mediterráneo, guerras, refugiados, desplazamientos… son muy importantes en el contexto internacional y el festival ofrece la oportunidad de echar una mirada a todo ese mundo.

¿El cine mediterráneo tienen un macado carácter social o también hay cintas de ficción con sello de autor?

En general, la selección que nos ha llegado al jurado tiene un marcado carácter social, lo cual no es necesariamente indicativo de que el cine que se hace en el Mediterráneo sea así. La selección que ha hecho el festival, sí, lo que me parece muy bien porque yo creo en la función social del cine. Pero la selección no es cosa nuestra, a nosotros nos toca juzgar a partir de un material que nos ha llegado. Y de los 13 cortos que nos ha tocado valorar, al menos diez están directamente enfocados a temas sociales, económicos, políticos… asuntos importantes para la sociedad mediterránea.

Vladimir Cruz en Alicante – © María Gilabert / Revista Casa Mediterráneo

La población española en general desconoce la realidad del día a día que se vive en los países del sur del Mediterráneo, ya que los titulares de prensa no reflejan esa cotidianidad de la gente. ¿El arte en general y el cine en particular pueden servir para acercarnos esa vida en las calles?

Ésa es la enorme ventaja del arte: su carácter vivencial. Si yo te cuento en una película la historia de un niño que muere, al contarte la muerte de una persona es una verdadera tragedia. Ahora, si te cuento que han muerto mil, se trata de una estadística, es decir, es mucho más difícil sensibilizar sobre un problema a partir de cifras en un telediario o en un periódico que ver los ojos de la persona, vivir un poco, aunque sea por un momento, sus circunstancias. Ese componente emocional que tiene el arte y el cine en particular es muchísimo más fuerte.

Mi profesión más que una gimnasia de las emociones es algo que tiene sentido solamente si se piensa en la comunicación con el espectador.

Ahora me gustaría hablar de su trayectoria cinematográfica. ¿Fresa y chocolate, una película que obtuvo un enorme éxito internacional, supuso un punto de inflexión en su carrera?

Fue mi primera película, con lo que evidentemente fue un punto de inflexión y determinó cómo iba a ser mi carrera futura. Siempre se discute sobre qué es mejor: tener una película importante al principio y luego muchas que no logran estar a la altura o al final de tu carrera. Tenerla en los inicios te abre muchísimas puertas en el mundo del cine, te da una tarjeta de presentación. Eso, por el lado de la carrera. Luego, por el lado de ser mi primera película, me brindó la oportunidad de trabajar con Tomás Gutiérrez Alea, que fue el más importante director de cine cubano, que por cierto se había formado como cineasta en Roma, donde bebió mucho del neorrealismo italiano e hizo un cine de carácter muy social -el cine cubano tiene en general esa vocación, porque ha tenido que asumir la responsabilidad de otros medios que, por determinadas razones, no pueden hablar de la realidad descarnadamente como la televisión-. Ésa fue nuestra escuela y nuestra manera de aprender a ver y a hacer cine. Por eso, te decía antes que considero que el cine tiene una función social muy importante, es una herramienta y para mí, mi profesión más que una gimnasia de las emociones, es algo que tiene sentido solamente si se piensa en la comunicación con el espectador.

Jorge Perugorría y Vladmir Cruz en un fotograma de ‘Fresa y chocolate’

Esa cinta fue muy audaz, y más en aquella época, en los 90, al abordar un tema tan polémico en Cuba como la homosexualidad y las libertades. ¿Sufrió algún tipo de censura o críticas por parte del régimen cubano?

La película para Cuba fue extraordinariamente importante. Nosotros incluso cuando la estábamos haciendo pensábamos que era un tema que sólo importaba en Cuba. Yo nunca había salido del país cuando la hice. Pensaba que ese asunto en Europa estaba superado y seguramente era un problema que ya había pasado. No sabíamos en ese momento que en todas partes cuecen habas y que hay discriminación, marginación, en particular con los homosexuales, con cualquier minoría o diferencia. Entonces lo que pasó fue que este tema en Cuba resultó muy candente, porque ser homosexual era motivo de ir a la cárcel. La revolución cubana fue un proceso muy machista, que fue directamente en contra de cualquier tipo de disensión, como se ve en la película, de cualquier opción que no fuera la principal.

Para Cuba fue muy importante y a mucha gente le llamó la atención cómo fue posible hacerla. Hay que tener en cuenta el momento en que se hizo, que fue justo después de la caída del Muro de Berlín, de la caída del socialismo europeo. Y el gobierno cubano estaba en el momento de mayor debilidad política, ya había habido algunos antecedentes en el cine de censuras y la gente estaba muy harta. Intentar bloquear esta película en ese momento, cualquier chispa hubiera sido motivo de un incendio. Entonces lo pensaron muy bien. También fue una pelea personal del propio director del Instituto Cubano de Cine, que era homosexual, una historia de vida, se comentaba que era el único amigo gay de Fidel Castro. Además, ésta siempre fue una institución de confianza del gobierno porque hizo muchas obras a favor de la revolución. Entonces, se ganó esa independencia, que en ese caso fue aprovechada. Todo eso facilitó que la película se pudiera llevar adelante y al gobierno le costó mucho entender que le estaba haciendo bien. De hecho, por ejemplo en Miami la más feroz oposición contra el castrismo terminó diciendo que era una maniobra del régimen cubano para dar una imagen de falsa democracia. El gobierno al final lo acabó entendiendo. Fidel Castro creo que nunca lo entendió, me consta, pero el día de la víspera de la entrega de los Premios Oscar todo el equipo de la película recibió una carta del Ministro de Exteriores de Cuba. La única respuesta oficial que tuvimos, un año después prácticamente. Eso fue significativo.

Esa carta sería dando la enhorabuena.

Esa carta era curándose en salud por si ganábamos el Oscar al día siguiente. Reconocía la función que había tenido la película en el mundo, el bien que le había hecho a Cuba. Nos decía algo así como que nos habíamos convertido en embajadores de Cuba, en realidad lo que eran ellos (risas). Cuando la película se estrenó en Cuba a la semana siguiente todavía no había salido ni una letra en prensa, nadie se atrevía a hablar de ella.

Finalmente, ¿qué críticas recibió la película en Cuba?

Fresa y chocolate se estrenó en el Festival de Cine de la Habana, que es un festival muy grande, el día de la inauguración. Y el último día la película arrasó con todos los premios del festival. Era imposible dejar de hablar de ella y habían salido ya del shock. Entonces, los periodistas tímidamente empezaron a hablar e inmediatamente la película empezó a ganar premios. Tuvo muchísimo menos reflejo en la prensa nacional de lo que hubiera debido por la carrera que estaba teniendo, pero era imposible taparla.

¿Desde esa época hasta ahora se han producido avances significativos en Cuba en cuanto a libertades y derechos?

Concretamente, con respecto al mundo gay, en la tolerancia hacia los homosexuales se ha avanzado. De hecho, la película llegó adonde podía llegar. Una película no cambia la sociedad, pero puede marcar un punto y la gente en Cuba decía: “Esto no puede pasar después de Fresa y chocolate”. Para mí lo más importante de la película fue que no sólo se reconocieran los marginados, que era previsible, que los gays se identificaran con la cinta, sino que también se reconocieran los represores. Había gente que salía del cine diciendo: “Yo he actuado así, he sido intolerante sin saberlo, por mi educación, pensé que era lo correcto pero ahora me doy cuenta de que no, que le he hecho daño a mucha gente”. Eso fue muy importante. En ese sentido concreto se ha avanzado. No se ha llegado a una libertad plena, porque realmente no existe en ningún lugar del mundo, pero se ha avanzado bastante. Hay una institución en particular, el Centro Nacional de Educacion Sexual, que dirige la hija de Raúl Castro, que defiende mucho los derechos de los diferentes sectores de la sociedad según su opción sexual.

Pero la película no sólo habla de la discriminación hacia los homosexuales, sino también de la discriminación por razones de diferente opinión política, religiosa… y en ese sentido no se ha progresado. Es decir, sigue habiendo muchísima intolerancia, aunque el mensaje de la película no se reducía a la tolerancia, sino que reclamaba el derecho a la participación. Tolerar es permitir que existas, pero no sólo me toleres, yo tengo un derecho a participar en la transformación de la sociedad que me estás negando y en ese sentido, desafortunadamente, en Cuba no se ha avanzado.

¿Usted vive en España?

Sí, pero en realidad nunca me fui de Cuba. Vivo entre La Habana y Madrid, voy y vengo, aunque paso mucho más tiempo en España. Tengo ya familia en Madrid, ahí tengo media vida, y también me sirve para levantar mis propios proyectos. En Cuba el problema es la producción, para conseguir dinero fuera, para rodar allí desde Madrid, que es donde tengo mi cuartel general, me es más fácil y práctico. Pero estoy muy pendiente de Cuba. Voy todo el tiempo e incluso la distancia te da una perspectiva muy saludable. A veces estás dentro y los árboles no te dejan ver el bosque. Hablo continuamente con mis amigos cubanos que están allí y la información cuesta que se difunda en Cuba con más puntos de vista, desde fuera se tiene una perspectiva es más completa. Mi familia está allí, es mi país, es mi gente y a mí es lo que me duele. Como actor puedo trabajar en otras historias y contar otros problemas, pero los que más me apetece mostrar son los que sufre mi pueblo.

¿Qué proyectos audiovisuales relacionados con Cuba lleva a cabo?

En los últimos años he rodado más o menos una película al año en Cuba, siempre que me llaman intento hacerlo para no perder el vínculo con el público y luego a partir de cierto momento, que tiene que ver con cuando uno va a pasar de los 40, si no te llaman para hacer una historia tú te la inventas. Entonces, empecé a escribir y a dirigir. Tengo una pequeña compañía de teatro en Madrid con la que hemos hecho cuatro espectáculos, he escrito guiones, he dirigido cortos, también un largo y ahora estoy con otro proyecto de largometraje. Y todos tienen que ver con Cuba, aunque tocando aristas diferentes, mi centro de equilibrio está ahí.

¿El largometraje que codirigió, Afinidades, supuso el reencuentro con su compañero de rodaje de su primera película, Jorge Perugorría?

En realidad, nosotros hemos hecho juntos como actores seis o siete películas, pero siempre dicen que éste es el reencuentro. Lo curioso de esa aventura fue que nosotros empezamos a hacer cine juntos en una película que fue una codirección porque el director principal estaba enfermo de cáncer y llamó a un amigo para que lo ayudara. El trabajo fue muy de equipo, así aprendimos a hacer el cine. Mucha gente nos pregunta: ¿Cómo os habéis metido a hacer una codirección? Y yo respondo que nosotros aprendimos a hacer cine en equipo, donde los egos hay que dejarlos aparte y lo único importante es la historia. Por eso nos atrevimos, además porque nos respetamos y queremos mucho, que es la única manera de poder codirigir, ya que hay que tomar decisiones continuamente. La historia está basada en una novela de un escritor cubano que trata del intercambio de parejas. Es el tema más llamativo, el que llamó más la atención y que para Cuba fue una bomba. Cuba es una sociedad muy liberal de puertas para dentro, pero muy mojigata socialmente. Es decir, en Cuba no se puede decir una palabrota en televisión ni en la calle, pero luego puedes engañar a tu marido o mujer y tener tres amantes…  socialmente hay una doble moral tremenda.

Fotograma de ‘Afinidades’

De lo que realmente hablaba la película era del poder y del sexo como moneda de cambio, un asunto muy importante en Cuba por el fenómeno de la prostitución con los turistas, e incluso de la corrupción a nivel institucional. Uno de los personajes de la película prácticamente propicia que su mujer se acueste con su jefe para conseguir un ascenso. Lo que está sobre la mesa es eso: la corrupción y el sexo como moneda de cambio y también como droga. Cuba es un país absolutamente sexual y en medio de todas las dificultades muchas veces el sexo es visto como una manera de adormecimiento, como una droga que te aliena de la realidad más inmediata, que muchas veces es dura. Toda esa sexualidad que ya era inherente a la identidad cubana, en medio de las circunstancias de crisis económica ha tenido otros matices que la película ha intentado explorar.

El tema del intercambio puede ser como jugar con fuego, al traspasarse ciertos límites.

Absolutamente. A partir de la investigación que yo hice para escribir el guion me enteré de que en Madrid hay un montón de sitios de “ambiente liberal”, donde va la gente a hacer intercambio. Tú puedes ir con un pareja que no sea tan importante para ti, con un ligue o con una amiga, haces trampas… Ahora, ir con tu esposa o con tu marido puede suponer traspasar una frontera que no tiene vuelta atrás, porque es un tema muy complicado, que conlleva separar el sexo del amor, se mezclan los sentimientos. Por eso es un tema rico, dramatúrgicamente interesante. Fue una experiencia en la que nos buscamos todas las dificultades, porque actuábamos, dirigíamos, codirigíamos… con una tema de esas características, con una producción muy pequeña, pero estamos muy contentos de habernos metido en ese charco.

Curiosamente en Cuba nos acusaron con la película de que parecía un film europeo y que era demasiado erótica. Mi vecino me decía en La Habana: ¿Y cómo les dejaron hacer una película porno? Y no se ve nada, todo está en la cabeza de la gente. En el mismo festival de cine donde se estrenó la película había películas cubanas donde se veían escenas de sexo explícito y les parecía más fuerte la nuestra. Por un lado, yo respondía que no tengo ninguna obligación de hacer películas que parezcan cubanas, la identidad nacional está establecida desde hace ya mucho tiempo; mientras la hagan cubanos y sea un tema de la sociedad cubana, es una película cubana. Por otro lado, mientras más joven era la gente, más indignada estaba. Podían salir del cine e irse a una orgía, pero que pasara eso en una película les parecía inadmisible. Eso refleja hasta dónde llega la doble moral establecida en la sociedad.

Para mí el teatro es una cura de humildad.

De todos los medios en los que trabaja artísticamente, cine, teatro y televisión, ¿qué es lo que más le gusta de cada uno?

Es un tópico el hecho de que todos los actores digamos que el teatro es la escuela, pero es verdad. Sobre todo, para mí el teatro es una cura de humildad. Tienes que ir cada noche a enfrentarte a un público, y aunque a veces haya pocos espectadores, tienes que subirte al escenario y darlo todo. Sin embargo, el cine y el audiovisual nos enseñan una cosa que puede ser muy útil en el teatro. A veces en el teatro, como normalmente hay un proceso de ensayos, el actor dice: “Bueno, pues hoy no me sale esto, ya lo haré mañana, voy a leer un libro a ver si pienso, voy a ver una peli para motivarme”. En el cine y en la televisión hay que dar una respuesta en el momento, la escena hay que hacerla ahora y si sale mal se queda así para toda la vida. Entonces, aprendes a dar el máximo en cada momento, a no postergar. Mientras que en el proceso de creación del teatro, en ocasiones te lo tomas con calma. Cuando llevas eso del cine al teatro eres mucho más eficiente, porque eres capaz en muy poco tiempo de ofrecer un resultado.

Evidentemente, el cine tiene mucho más alcance, perdura, tú mismo lo ves desde fuera, ganas más dinero. El que menos me gusta es la televisión o cómo entendíamos la televisión hasta hace poco, porque ahora realmente se está haciendo con las plataformas digitales y se ha acercado muchísimo al cine. El proceso de creación de una serie es muy parecido al de una película, con grandes niveles de calidad, porque hay muchos directores de cine se han ido a las series, está cambiando mucho. Pero las telenovelas o las series diarias, normalmente tienen un nivel de exigencia menor, por las condiciones en las que se hacen y a mí me interesan menos, por mi escuela, porque las películas a veces hablan de temas más trascendentes socialmente, lo que me gusta más. Mi ideal de carrera es alternar el teatro con el cine y alguna serie de vez en cuando, porque también tengo que vivir (risas).

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mariagialma@gmail.comVladimir Cruz, actor y director cubano: “Creo en la función social del cine”