Revista Casa Mediterráneo

‘Hedi’, primer amor en Túnez

en junio 15, 2020

El director de este sensible drama, Mohamed Ben Attia, pone en tela de juicio las contradicciones de la sociedad tunecina a través de la historia de un primer amor. Hedi (Majd Mastoura) es la calcomanía perfecta de su hermano: un joven soñador tardío y mimado que ha  estudiado algo, cualquier cosa, sólo por complacer a sus padres y que ahora vende coches, en un concesionario poco atractivo, con escasa motivación. Esta sencilla historia tiene como escenario Túnez, tras la Primavera Árabe. Hedi tiene 25 años y está a punto de contraer matrimonio con una chica elegida por su familia. Pero se enamora de una guía turística y se plantea rebelarse contra los que han diseñado su vida hasta el último detalle.

Luis López Belda

El director y guionista, que debutaba en el largo con este film, consiguió que su siguiente trabajo, Dear Son, fuera pre-seleccionado por Túnez para competir por los Oscars en la ceremonia de febrero de 2020, aunque finalmente no consiguió colarse en el exigente quinteto finalista que incluía el film de Almodóvar, Dolor y gloria, y la ganadora, la coreana Parásitos que también se alzó con el premio gordo a mejor película del año.

El realizador tunecino elige, deliberadamente, un protagonista algo débil y pasivo desde el primer momento: parece como una pelota a merced del entorno y el bullicio de los demás impregna todo su ser, anulando su frágil personalidad y determinación. Al principio sólo podemos adivinar lo que quiere, lo que le gusta de todo lo que le rodea. 

Se supone que Hedi debería estar ya casado y su madre, Baya (Sabah Bouzouita), le presiona para que acelere los plazos hacia el matrimonio, ya que después de la muerte del padre, la madre quiere dejarlo todo atado y bien atado. Pero pese a todo el conservadurismo superficial, la realidad se acelera: El hermano de Hedi, que ha vivido durante mucho tiempo su propia vida en Francia, aparece, pero ha dejado a su esposa e hijos allí, para que no se den cuenta de la vida minúscula de la pequeña ciudad y los parientes tunecinos. 

La educación sentimental es un tema fundamental de la película. Además, asistimos a cómo la situación política y económica en el país está comenzando a emerger, lentamente, en las conversaciones y gestos: Hedi viaja a los rincones más remotos de Túnez, con la esperanza de poder colocarle a algún cliente un nuevo Peugeot. Pero se enfrenta a puertas cerradas y fábricas abandonadas. En un hotel, finalmente, conoce a la bailarina Rim (Rym Ben Messaoud) que todas las noches se embute en trajes supuestamente exóticos para entretener a las familias alemanas que se hospedan en el resort: el turismo como el último bastión lucrativo en la miseria económica. 

Mientras Hedi contempla pasmado la absurda idea de su matrimonio forzado que se está acercando cada vez más y, en un arrebato impulsivo y abierto, comienza una historia de amour fou con la bailarina. Lo que para el tímido Hedi empieza como una aventura intrascendente se convierte en una experiencia de renacimiento casi religiosa, en una especie de epifanía. Así, comienza a creer en el valor de sus propias decisiones y sentimientos y pone en peligro la paz familiar. Pero la pasión comienza a funcionar y, de repente, vemos casi sólo primeros planos de los amantes. El afecto puro y honesto barre visualmente la moral de la familia de la pantalla… y de la vida de Hedi.

Pero surge la pregunta inevitable: ¿Qué puede hacer el protagonista con esa nueva perspectiva que se abre ante sus ojos? Si puede permitírselo, quizá obtenga un visado y pruebe su suerte al otro lado del Mediterráneo. Aparentemente, nada ha cambiado en esta lógica de ascenso elitista-colonial. Las promesas de la revolución de 2011 parecen una especie de festival que puedes recordar con nostalgia: “Sabes, en aquel entonces tuve la sensación, durante tres días, de que todos se amaban de alguna manera”, dice Hedi a Rim. Lo político de repente se vuelve privado: el espíritu de la revolución política se conecta directamente con la vida personal de los amantes. Es en estos momentos cuando todo, de repente, parece posible. Cuando Hedi sonríe por primera vez, después de aproximadamente la mitad de la película, es un maravilloso acto de liberación y confianza en sí mismo.

Pero no se emborracha demasiado con la revolución: lo realmente inteligente de la película es que la emancipación personal del protagonista no necesariamente deviene en una vida más libre o feliz, como ya ocurría en un clásico de la comedia independiente del Hollywood de principios de los 70, El rompecorazones, con la que guarda lejanas pero interesantes similitudes. O en el final de la obra maestra, El graduado (1967), sin ir más lejos.

En medio de ese frenesí de amor con Rim, que cuestiona toda su existencia, se le escapa repentinamente la siguiente reflexión: “A veces tienes que descansar, de lo contrario la vida se convierte en un juego”. El regazo seguro de la familia, de la vida ya establecida es muy atractivo. La libertad personal tiene como contrapartida la revocación, el aislamiento y rechazo de los demás…y  el riesgo de tener que lidiar con el sufrimiento de una vida autosuficiente. 

Attia refleja muy bien esta necesaria incertidumbre en un deslumbrante y vacilante retrato de una sociedad cambiante. La verdadera revolución, como es bien sabido, sólo comienza después de la revolución. La revolución es un éxtasis momentáneo, pero después hay que lidiar con el día a día.

 Ficha artística: 

País: Túnez – Bélgica – Francia. Título original: Inhebek Hedi (Hedi). Año: 2016. Dirección y guión: Mohamed Ben Attia. Duración: 88 min. Música: Omar Aloulou. Fotografía: Frédéric Noirhomme. Reparto: Majd Mastoura, Rym Ben Messaoud, Sabah Bouzouita, Hakim Boumessoudi, Omnia Ben Ghali.

 Principales menciones: 

2016: Festival de Berlín: Mejor actor (Majd Mastour)

2016: Festival Internacional de Valladolid – Seminci: Sección oficial

2016: BAFICI: Selección oficial largometrajes a concurso

 Plataforma de streaming donde puede verse el film: 

Filmin.

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