Revista Casa Mediterráneo

Isabel Muñoz: “Realmente, lo que reflejamos en la fotografía habla de nosotros”

en noviembre 23, 2020

Su pasión por la fotografía, camino que en un momento de su vida tomó con acierto Isabel Muñoz, fue reconocida en 2016 con el Premio Nacional de Fotografía. Para Isabel, la fotografía cuenta historias, como un lenguaje, y “el cuerpo es su mejor libro”. Sus obras, caracterizadas por la belleza, combinan un firme compromiso social y ecológico que la han llevado a recorrer medio mundo, entrando en contacto con culturas remotas y con seres vivos extraordinarios. Ha ganado dos World Press Photo y el Premio PhotoEspaña y fue reconocida con la Medalla de Oro a las Bellas Artes en el año 2009. La técnica, el esfuerzo y un constante proceso de renovación marcan la trayectoria de su vida, la fotografía.

Isabel Muñoz participará el próximo 23 de noviembre a las 19 h. en el ciclo Objetivo Mediterráneo, en un encuentro moderado por la galerista Gertrud Gómez. La charla podrá seguirse en la página web de Casa Mediterráneo. Con anterioridad a la cita, la autora nos habló de su obra en una entrevista.

¿Qué significa para usted la fotografía?

Ha sido un privilegio poderme dedicar a lo que hago, porque es una pasión, una forma de vida y un regalo que te da la vida también. El esfuerzo está ahí y es importante que esté, pero es un esfuerzo que te genera felicidad y crea mucha luz.

¿La técnica es tan importante como el talento y la mirada propia? Usted tiene una sólida formación, forjada en ciudades como Madrid y Nueva York, junto a grandes maestros de la fotografía. ¿Cómo fueron sus inicios?

Isabel Muñoz – © Ximena y Sergio Muñoz

La técnica es para mí muy importante, para poderla dominar y a la hora de crear no tener ningún tipo de cortapisas, incluso creo que muchas veces tenemos que romper algunas reglas de alguna manera para seguir investigando. Pero me gusta conocer al máximo la técnica para luego abandonarme en el momento de crear. Para mí es importante olvidarte de la técnica e ir adelante. Me vine a Madrid por amor y cuando mis gemelos tenían una edad en la que ya no me necesitaban tanto es cuando decido dedicarme a la fotografía. A veces creo en el destino de alguna manera y a mí me regaló una buena elección. Tienes dos caminos, si hubiera elegido el incorrecto no creo que me hubiera encontrado a mí misma como me ha ocurrido con la fotografía. Creo en el esfuerzo y en el tesón, pero la vida, de la misma forma que te quita muchas cosas, te da muchas otras. También creo en la intuición y me dejo llevar por ella, así como que en la vida hay un pequeño componente de suerte. Como decía Picasso, creo en la suerte pero siempre trabajando.

La fortuna me sonrió porque tuve la oportunidad de que me dieran mi primer trabajo en una fábrica de muebles que en aquella época era muy novedosa porque los hacía con vigas antiguas. Ese periodo para mí representó una época de mucha investigación y libertad a la hora de crear. Aquí en España, en Madrid estaba el Photocentro, donde estudié con Ramón Mourelle y Eduardo Momeñe y lo que hacía era trabajar todo el año, lo que era importante porque me tenía que formar siendo autodidacta de alguna manera y los veranos me iba a Estados Unidos para formarme en aquellas lagunas o aquellos aspectos que necesitaba. Luego te dedicas a investigar sobre ti, sobre el ser humano, porque soy una persona que realmente necesita hacerlo. Como soy obsesiva en todo, de la misma forma me pasa en la fotografía. Salen nuevas técnicas y me gusta aplicarlas; siempre estoy dándole vueltas. Fui ayudante de Eduardo Momeñe y nunca me olvidaré de que me dijo: “Isabel tienes que ver, ver, ver”. Y de la misma forma yo creo que debes estar aprendiendo cada día. Aprendo de la vida y de todo lo que puedo. 

Usted ha viajado por muchos países haciendo fotografías, lo que le habrá aportado muchos conocimientos y una visión diferente del mundo, no sólo de las personas, sino también de los animales. Sus trabajos sobre los simios de la República Democrática del Congo, por ejemplo, muestran unas miradas y unos gestos asombrosamente parecidos a los humanos.

No podemos negar de dónde venimos, eso es así. He aprendido sobre nosotros, ya no sólo de dónde venimos, sino también que a ellos les falta sólo poder hablar. He visto cómo son capaces de sentir amor, de respetar la muerte, de enamorarse, de sentir celos, de organizarse societariamente… reconocen la imagen y el sonido de su madre y es realmente impresionante. De hecho, después de ese trabajo, mi concepto de la naturaleza y del mundo ha cambiado. No me gusta llamarlos animales, porque hemos usado esa palabra tan mal que realmente a veces nos la tendríamos que aplicar a nosotros. Son más humanos que las personas en muchos aspectos. Si hablaran nos sorprenderían. Me he visto tan reflejada…

Fotografía de la serie ‘Primates’ – © Isabel Muñoz

Me gusta aprender, pero ya no sólo del viaje, porque la vida lo es. He aprendido de la vida y mi profesión lo que me ha permitido es acceder a realidades que de otro modo no habría podido conocer. Es un privilegio y lo sigue siendo, porque hay muchas realidades y el contacto con los seres humanos me importa mucho. Poder tener acceso a esas culturas a niveles íntimos, conocer al otro siempre ha estado muy presente en mi vida. Realmente lo que reflejamos en la fotografía, la pintura o la escritura habla de nosotros, no sólo de lo que estás contando, sino de la persona que lo está contando, porque estás ahí.

En una entrevista que le hice a la escritora y periodista Rosa Montero y le pregunté cuál era el secreto de una buena entrevista y me respondió que mostrar interés por el entrevistado. En la fotografía supongo que también será importante generar esa confianza en la persona a la que se va a fotografiar.

Estoy totalmente de acuerdo con ella porque, siempre lo he dicho, de la misma forma que necesitamos amar, cuando nos sentimos amados nos damos. En el fondo es lo que dice ella, que cuando amas y respetas, porque para mí el respeto es parte del amor, esa persona se te abre y se te da, pero creo que no es algo que se pueda aprender, sino que tiene que ser algo que se sienta de verdad, a todos los niveles, ya no sólo para hacer una entrevista sino para vivir. Cuando te sientes amado es la forma de acercamiento. Y el momento que estamos viviendo ahora que nos impide tocar es especialmente complicado, porque necesitamos ese contacto.

Ai Futaki fotografíada en aguas de Japón por Isabel Muñoz.

Recientemente tuvo que posponer su trabajo en Japón precisamente debido a la pandemia mundial. Un proyecto de sensibilización contra el cambio climático en condiciones muy duras debido a las bajas temperaturas que debía soportar. 

Estábamos a menos seis grados. Pero es lo que te decía sobre el esfuerzo, una vez que lo has conseguido ya está. El miedo que tenía era por dos motivos: Llevaba un serie de años tras el proyecto porque necesitaba financiación para llegar allí y luego por mi edad y porque técnicamente no soy una buza. Cuando finalmente conseguimos el acceso, no sabía si mi cuerpo iba a ser capaz de aguantar esas condiciones. No lo he terminado, y aunque físicamente se pasa mal, en cuanto pueda quiero retomarlo. Me he dado cuenta de que cuando de verdad queremos algo con mucha fuerza podemos engañar al cuerpo de alguna manera. Cuando quieres contar algo lo tienes que hacer cómo tú lo deseas y si te tienes que tirar de un tren lo harás mientras puedas. Ahora ya sé que puedo estar a menos seis grados y sé lo que después me pasa. Son pequeños retos que te pone la vida.

Háblenos de este trabajo, en el que fotografía a la dos veces récord Guinnes de apnea, en plena interacción con el entorno marino.

Sí, se trata de Ai Futaki. Un personaje que es otro regalo del destino. Estaba en Japón buscando a la Diosa de la Luz, que es Amaterasu, a la que quería sacar bajo el agua y me presentaron a Ai. Cuando vi la relación que tenía con el mundo marino y cómo las criaturas que lo pueblan la reconocían como uno de ellos -hasta una salamandra gigante, de un metro y pico, en peligro de extinción que sólo se encuentra en un río de Japón, jugaban con ella como si fuera su madre-. Yo llevaba traje seco y ella sólo llevaba un neopreno, y estuvo como yo, unos 55 minutos a menos seis grados. Hay un proyecto para seguir hablando juntas del cambio climático porque tenemos un universo que compartimos. La idea de la musa me viene cuando trabajo con ella, como cuando fotografío a alguna bailarina, tus formas de ver adquieren una magia muy especial. Necesito hacer unas fotos con Ai para denunciar la desaparición de algunas especies, como las ballenas blancas, en peligro de extinción, los efectos del cambio climático, la situación de Groenlandia… no paro de ver imágenes con ella debajo del agua. Vamos a ver si podemos retomar nuestro trabajo, en el mar y en el Mediterráneo. Además, Ai Futaki es fotógrafa. Yo ya la llamo mi Amaterasu.

Por último, ¿el hecho de que usted sea mujer le ha proporcionado alguna ventaja a la hora acceder a mujeres de otras culturas para que se dejaran fotografiar?

Soy feminista y el hecho de ser mujer, que para muchas culturas y temas me ha ocasionado problemas, aunque al final he podido llevar adelante esos proyectos, para mí ha sido un privilegio además de poder contar esa realidad a otras mujeres. Me ha proporcionado cercanía en ciertas culturas. Yo siempre digo que nunca habrían mirado a un hombre como me han mirado a mí. Y en esas fotos que ya no existen en la cámara, pero que existen en la cámara de tus ojos y tu corazón, he podido llegar a compartir momentos muy íntimos de mujer a mujer. Ser mujer te hace llegar y contar según qué historias y qué realidades de manera muy especial. He tenido el privilegio de entrar en ese mundo en el que a veces es difícil penetrar, en esos jardines secretos. 

Más información sobre Isabel Muñoz, en su página web.

Fotografía realizada por Isabel Muñoz.

 

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