Revista Casa Mediterráneo

Javier Espinosa: “En los conflictos se aprende por error y a veces te sale bien”

en noviembre 17, 2022

Javier Espinosa es uno de los periodistas más respetados de nuestro país, especialmente conocido por sus crónicas y reportajes desde lo puntos más conflictivos del planeta. Durante más de 30 años ha sido corresponsal de guerra en América Latina, África, Oriente Medio y Asia. Ha cubierto numerosas guerras, entre las que se encuentran las de la ex Yugoslavia, Israel, El Líbano, Ruanda -la más salvaje que recuerda-, Sierra Leona, Sri Lanka, Colombia, Libia, Yemen, Afganistán, Irak, Argelia, Birmania, Siria o Ucrania. Un trabajo repleto de riesgos que le ha costado dos secuestros: el primero de ellos en 1999 en Sierra Leona y el segundo en 2013 en Siria, donde estuvo retenido por el ISIS junto al fotógrafo Ricardo García Vilanova durante seis meses.

Javier Espinosa contará su amplia experiencia como corresponsal de guerra y su visión sobre la profesión periodística ante los alumnos del grado de Periodismo de la UMH el próximo viernes 18 de noviembre a las 11 h. en la Universidad Miguel Hernández en un encuentro fruto de la colaboración con Casa Mediterráneo. La charla podrá seguirse en directo en streaming a través del canal de YouTube de Casa Mediterráneo. Como pequeño anticipo, mantuvimos una entrevista con el intrépido periodista, que habla sin tapujos de las coberturas de conflictos y del periodismo que hace falta para explicar bien las noticias.

En el año 1994 fuiste a cubrir el genocidio de Ruanda para el diario El Mundo. ¿Cómo se prepara alguien para informar sobre el horror de unos acontecimientos tan terribles como aquellos?

Bueno, no te prepararas. Ni yo ni nadie creo que se pudiese esperar lo que íbamos a presenciar. Siempre he dicho, cuando te preguntan cuál es el conflicto más brutal que has vivido y te citan Siria o Ucrania, digo que no tienen nada que ver y ojalá nunca tengamos que volver a ver lo que vimos en Ruanda. Aquello fue excesivamente brutal, lo más bestia que he visto en toda mi vida. Y no estábamos preparados; allí todo el mundo acabó llorando. Hubo mucha gente que dejó la cobertura a los cinco o seis días, porque no podía soportar lo que estaba viendo: auténticas montañas de muertos y no es una metáfora. Montículos de cadáveres.

Me resulta inevitable preguntarte por los secuestros, que has sufrido en dos ocasiones. En enero de 1999 fuiste secuestrado en Freetown (capital de Sierra Leona) por el grupo rebelde Frente Revolucionarios Unido (FRU), una experiencia bastante surrealista tal como has relatado en alguna entrevista. ¿Por qué te raptaron y en qué circunstancias?

No fue un secuestro en el que fuéramos el objetivo –iba con un compañero de Le Figaro-, sino que resultó de la equivocación de cruzar la línea del frente; al adentrarnos en tierra de nadie había un grupo de rebeldes que estaban saqueando la zona y nos encontraron. Fueron tres días de secuestro, aunque al compañero de Le Figaro le soltaron a las pocas horas, y mis circunstancias fueron bastante atípicas porque había otras personas secuestrada por ese grupo, entre ellos algunos religiosos, que estaban encerrados en un cuarto y custodiados por gente armada. Estuve tres días haciendo entrevistas porque le convencí a los secuestradores de que tenían que decir quiénes eran y qué es lo que estaban haciendo, ya que nadie tenía conocimiento, ni siquiera yo mismo, de qué grupo era. Pensaba que se trataba de otro grupo guerrillero y en realidad eran los antiguos seguidores de la Junta Militar que había sido derrocada por las fuerzas de intervención internacionales. Y nadie sabía que estaban allí. Les convencí de que la única forma de que la gente lo supiese y que escuchase sus reclamaciones era que se lo contasen a la prensa. Entonces, durante tres días estuvieron concediéndome entrevistas, explicándome todo lo que estaban haciendo y, al final, conseguí convencerles de que me liberasen. Y me liberaron.

Un secuestro bastante diferente al que sufriste en Siria en el año 2013 junto al fotógrafo Ricardo García Vilanova a manos el ISIS, que duró seis meses. ¿Llegaste a temer por tu vida?

Javier Espinosa

El secuestro es una práctica que se ha extendido de forma generalizada y que afecta a miles y miles de personas. Efectivamente, tiene un riesgo evidente. Una parte del grupo que fue secuestrado no sobrevivió porque el ISIS es un grupo sectario totalmente desquiciado que no se rige por normas. Desde fuera, lo de los secuestros puede parecer muy impresionante, pero hay que ponerlo en el contexto.

Si lo comparas con lo que sufrió el resto del grupo, nuestro caso fue un secuestro, como siempre digo, VIP, en el sentido en el que yo sufrí muy poca violencia física, más presión psicológica. Y bueno, sí, fueron seis meses retenido, con privaciones de alimentación, sobre todo, pero sin comparación con las penurias que por ejemplo pasó Marc Marginedas [secuestrado en 2013 cuando cubría la guerra de Siria]. No se puede hacer un drama de esta experiencia que, aunque me gustaría haber evitado y si pudiera la borraría de mi curriculum, no se puede comparar con el resto.

La carrera de periodismo no suele ofrecer una formación especializada en conflictos armados a quienes quieren ejercer como corresponsales de guerra. Junto a la periodista Mónica García Prieto has impartido el taller ‘Manchados de barro’. ¿Es necesaria una formación especializada, para quienes quieren dedicarse a esto, que complemente la recibida en las facultades de periodismo?

Yo creo que sí y te lo digo con mi ejemplo personal. Yo siempre pensaba, como todos los que nos dedicamos a esta profesión, que no lo necesitaba, que ya lo había aprendido sobre el terreno… y en el año 2003 hice un curso de esas características. Empecé en 1990, llevaba ya trece años trabajando en conflictos, había cubierto bastantes y pensaba que ya lo sabía todo. Y, sin embargo, hice ese curso, donde aprendí dos cosas que me sirvieron enormemente para toda mi tarea posterior e incluso para salvarme la vida. La primera de ellas, colocarme detrás de un muro. En un bombardeo en Bab Amro [Homs, Siria] lo hice y en ese mismo momento explotó un proyectil. No me afectó porque tenía interiorizada esa lección del curso. Siempre que llego a una zona de conflicto, identifico de dónde vienen los impactos y me coloco tras el muro que haya enfrente para frenarlos. Y otra enseñanza fue que en un secuestro en grupo no mires a los ojos de los secuestradores, mantengas un perfil bajo para que no te conozcan, como si fueras una mancha en la pared. Yo adopté ese perfil y fui de los que menos castigo físico recibió. Los secuestradores cuando entraban en la habitación donde había 23 tíos iban a los que conocían, a los que tenían identificados por la cara, y les metían unas palizas tremendas. Cuando llegaban a nosotros ya se habían cansado.

Con lo cual esas dos lecciones me sirvieron muchísimo. Y siempre recomiendo que se reciba este tipo de formación. En los conflictos se aprende por error y a veces te sale bien. A mí en Sierra Leona me salió bien el error, pero me podrían haber matado y no estaríamos hablando ahora mismo. Tienes que saber que las líneas del frente no se cruzan, salvo que tengas un contacto con el otro lado. Fue un error básico el que cometí. Hay muchísimas técnicas en un conflicto, porque al fin y al cabo en las guerras se repiten mucho los procedimientos y las fórmulas, que tienes que conocer, y eso te lo enseñan en un curso. Y si tú ya conoces lo básico en un conflicto, antes de ir, eso que te ahorras de estar aprendiendo a base de prueba-error. Con los errores en las guerras a veces no lo cuentas. Yo lo recomiendo enormemente. Seguimos impartiendo este cursillo y creo que es muy útil para la gente que quiera dedicarse a eso.

Has estado en Ucrania en varias ocasiones desde la invasión rusa. Este conflicto ha atraído a muchos periodistas para ofrecer sus coberturas a los medios de comunicación como freelance. ¿Te has encontrado con compañeros que se lanzan a la aventura, sin experiencia previa en guerras?

Sí, pero eso también lo hice al principio. Hay dos maneras de hacerlo. Una es: te lanzas y aprendes sobre el terreno; yo lo hice y me salió bien. Y otra es: hacer este tipo de cursos e ir con algo aprendido. Las dos maneras son válidas. Las dos maneras te van a costar dinero. El principal problema que tienen ahora mismo los periodistas, sobre todo los freelance, es la falta de medios económicos. Cuando yo empecé la carrera los medios de comunicación estaban mucho mejor, con lo cual te podías permitir lanzarte e ir de cabeza a los conflictos, porque casi siempre sacabas rentabilidad. En los dos o tres primeros viajes perdí mucho dinero, pero al principio hay que tomárselo como una inversión: te gastas dinero y aprendes. La otra opción es en la que aprendes previamente en un curso que te cuesta dinero, a fondo perdido, cuando llegas ya sabes lo que hay que hacer y a lo mejor te sale más rentable. Pero las dos opciones son viables. Yo no critico a la gente que va, sin más. Lo que pasa es que cuando llegas allí sin tener ni idea, te pones en peligro tú y pones en peligro a la gente. Y a veces cometes idioteces, pero esto no es una ciencia matemática y no puedes exigir a la gente que sepa sobre una situación en la que no ha estado nunca. Es una opción, aunque yo recomiendo la otra.

Es una decisión en la que hay que asumir los riesgos.

Sí, pero lo que no me parece lógico es quien se gasta un dineral en un master teórico de periodismo científico o de investigación y luego se va a la guerra. A la guerra sólo se puede ir de dos maneras: o vas sobre el terreno o haces un curso sobre cómo cubrir el conflicto. Ya está. Los masters genéricos que ofrecen ahora los periódicos cuando se termina la carrera, para la cobertura de conflictos no sirven para nada. Para otro tipo de periodismo sí, pero para cobertura de conflictos, no.

Desgraciadamente, los medios cada vez más forman parte de un sistema mercantilista, de tal manera que consideran que la venta del producto es lo más importante, no lo que representa ese producto.

También quisiera que comentaras qué opinas sobre los conflictos olvidados, como el de Yemen o el de Siria. ¿Por qué crees que hay guerras que no están en la agenda de los medios y sufren la indiferencia de Occidente?

Porque, desgraciadamente, los medios cada vez más forman parte de un sistema mercantilista, de tal manera que consideran que la venta del producto es lo más importante, no lo que representa ese producto. A Yemen, Siria o varios países de África, donde hay hambrunas con riesgo de muerte para millones de personas, muchísimas más de las que están en riesgo en Ucrania, sin embargo, no se les dedica ni una sola línea porque no cotizan en el mercado de intereses. Es un problema de los medios y un problema de la sociedad, porque los medios son un reflejo de la sociedad. Si a la sociedad le importa un comino que mueran 22 millones de negros, es un reflejo decidir no publicarlo. Es trágico desde el punto de vista moral, pero debería hacernos reflexionar en tanto que humanidad. Nuestros valores se están deteriorando, cada vez somos más egocéntricos y nos interesa menos lo que le pasa al resto de la gente.

Javier Espinosa – Fotografía Charly Triballeau AFP/Getty Image

Las nuevas tecnologías, Internet y las redes sociales, ofrecen grandes ventajas, puesto que se puede encontrar información de forma muy ágil, pero también son un medio a través del cual proliferan las noticias falsas a gran velocidad. Ante este panorama, ¿qué tipo de periodismo crees que es necesario?

Creo que se ha confundido mucho la capacidad ingente y maravillosa que tienen las redes sociales para ofrecerte documentación que te permita, a su vez, utilizarla para después ir sobre el terreno a hacer tus reportajes y lo que es información. Las redes sociales son una gran herramienta, las utilizo a diario y muchísimo, pero como herramienta para documentarme, para conocer lo que está ocurriendo e ir buscando los temas, no como medio de información en sí mismo. Hay una enorme diferencia entre lo que es periodismo y lo que es red social, que es una vía de comunicación, no de información, porque ahí cabe de todo. Y el periodismo requiere unos parámetros.

Creo muchísimo, ahora más que nunca, precisamente por la inmediatez de las redes sociales, por lo banales y simplistas que son, que hace falta un periodismo muy reposado. Una de las cosas que echo muchísimo de menos en los artículos y reportajes que leo es la falta de background. Que publiquen cómo están peleándose en una trinchera en tal aldea, con todo detalle, todo el color y súper bien redactado, me parece muy interesante, pero si no me explicas cómo hemos llegado hasta esa trinchera, cómo ha comenzado el conflicto, quiénes están participando y de dónde proceden, no me sirve de nada. Me parece una pincelada de color que carece de cualquier relevancia.

A mí, por ejemplo, de los artículos de Ucrania, los que más me interesan ahora mismo son los que explican cómo hemos llegado hasta aquí, la historia del país, los que tienen un recorrido histórico. Puedes estar hablando de una batalla, pero ir recordando que comenzó en el 2014, qué pasó en otro momento… Eso es lo que realmente a mí me interesa. Uno de los artículos con los que más disfruté en Ucrania fue en un sitio bastante alejado del frente: en el Museo de las Armas Nucleares. Ucrania era la tercera potencia nuclear del mundo; tras Estados Unidos y Rusia. Cuando Ucrania se independiza entrega todo su armamento nuclear en 1994, parte del cual se encuentra en Rusia, las armas nucleares que ahora están amenazando con utilizar. La gente me decía que si no hubieran entregado las armas nucleares, ¿qué habría pasado? ¿Habría guerra ahora mismo o no? Se me planteaban tantas cuestiones que me parecía fascinante. ¿Hasta qué punto ese acuerdo que se hizo con Estados Unidos y Rusia, en el que ambos son firmantes y que Rusia no ha respetado, ha cambiado la historia? Y ahora estamos en una guerra que no habría ocurrido si estos señores tuvieran armas nucleares.

Para que los periodistas puedan documentarse, investigar y poner los acontecimientos en su contexto necesitan tiempo, que muchas veces les niegan sus medios. No se puede llegar en avión a un país y que el medio exija una crónica nada más aterrizar.

Totalmente, eso es un círculo vicioso. Evidentemente, el principal culpable es el medio que presiona. Es verdad que el sistema presiona a la gente para hacer malabares, a montar todos los instrumentos y tocar en la banda como uno solo, pero también hay que plantarse. Yo siempre digo a la gente que tiene que plantarse. A lo mejor puede perjudicar su carrera inicialmente, pero va a beneficiar su credibilidad. Yo soy de la opinión de que hacer cinco cosas a la vez resta credibilidad a las cinco. Es imposible hacer cinco cosas a la vez que sean buenas.

Recuerdo que un día me llamaron del periódico para que hiciera un facebook live, y les dije que no, que hacía mis crónicas lo mejor que podía, pero me negué porque en el momento en el que lo hiciese una vez sería algo frecuente. Hay que plantarse. ¿Que es muy difícil? ¿Cuál es el límite? Eso es muy complicado. Cada cual tiene que gestionarlo de manera personal, pero sí hay que poner un límite, porque en caso contrario te conviertes en un hombre orquesta.

Frente a esta situación, por ejemplo, en Estados Unidos los medios prestigiosos sí invierten en un tipo de periodismo de investigación. Dan tiempo a los periodistas para preparar sus reportajes, una práctica relacionada con la disponibilidad de recursos económicos y con un tipo de periodismo no tan atado a la inmediatez.

El producto que está trabajado requiere más tiempo. Pero está comprobado, en todos los rankings de lectura y de permanencia, que la gente lee lo bueno, el tweet lo lee en dos segundos y lo tira a la basura por muy ingenioso que sea.

Sobre Javier Espinosa:

Javier Espinosa nació en Málaga, cursó estudios en Santa Cruz de Tenerife y se licenció en Ciencias de la Información, rama Periodismo, en Madrid. En Santa Cruz colaboró con crónicas deportivas en dos periódicos y cuando se trasladó a Madrid siguió colaborando con el diario canario El día. Posteriormente, trabajó para los diarios Ya y El Independiente y en 1989 fue corresponsal en Londres del semanario Época. En enero de 1994 fijó su residencia en Sudáfrica, desde donde vivió la llegada de Nelson Mandela a la presidencia del país y viajó a Ruanda para cubrir como freelance para El Mundo el terrible genocidio que se cometió en ese país. En esos años en varias ocasiones se trasladó a cubrir las guerras de los Balcanes.

Entre 1995 y 1999 vivió en México, desde donde informó sobre la intervención de Estados Unidos en Haití o el conflicto de Chiapas. Regresó a África en 1999, donde estuvo hasta 2002 como corresponsal de El Mundo en Marruecos y enviado especial para la zona. El 25 de enero de 1999 fue secuestrado en Freetown, capital de Sierra Leona, por el grupo rebelde Frente Revolucionario Unido (FRU), done fue liberado tres días después. Desde 2002 ha sido corresponsal de El Mundo para Oriente Próximo, primero desde Jerusalén y luego desde Beirut. Ha cubierto las informaciones sobre la Segunda Intifada Palestina, Irak (desde 2003) y la Primavera Árabe (desde 2011), entre otros conflictos. Ha sido colaborador de la Agencia EFE y Onda Cero.

A finales de febrero de 2012 se vio atrapado por los bombardeos de las fuerzas gubernamentales sirias en la ciudad de Homs, de la que pudo escapar días después. En 2013 fue secuestrado en Siria por miembros del grupo Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS) junto al fotoperiodista Ricardo García Vilanova y fueron liberados seis meses después.

Su trabajo ha sido reconocido en varias ediciones con los Premios Bayeux-Calvados de Francia, entre ellos por “Orgía de Sangre en Sierra Leona” (1999), el reportaje sobre el asedio a la mezquita iraquí de Nayaf (2005), por “Sepultureros del terror en Irak” (1996) y por “Los últimos días en el bastión de Bab Amro” (2012). En España ha recibido el Premio de Periodismo Rey de España (2000), en su apartado Prensa, por “Regreso al infierno de Sierra Leona”, sobre los niños soldado; el Cirilo Rodríguez (2005) para corresponsales españoles en el extranjero; el Premio Internacional de Periodismo Manu Leguineche (2011); el Premio Libertad de Expresión de la Unió de Periodistes Valencians (2012) y Premio de Periodismo Miguel Gil Moreno (2012). También ha sido distinguido con el Premio Resiliencia y Comunicación, junto con su compañera Mónica García Prieto, por “su capacidad de, a pesar de los riesgos, anteponer la tragedia de la guerra a su propia vida, con el único objetivo de levantar una conciencia colectiva sobre los acontecimientos”.

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