Revista Casa Mediterráneo

Javier Martín, delegado de EFE en el Norte de África: “El periodismo me da la posibilidad de contar historias que permiten que el mundo sea más consciente de la necesidad de defender los derechos humanos”

en junio 3, 2020

Javier Martín (Salamanca, 1972) lleva el periodismo en sus venas. El rigor, la honestidad y la búsqueda de la verdad guían su trabajo, que ejerce desde hace más de veinte años como corresponsal en Oriente Medio y el Magreb, regiones donde ha cubierto algunos de los principales acontecimientos y conflictos armados de las últimas décadas, como los de Irak (2003-2005), Líbano (2006), Libia (2011), Siria (2012) y Gaza (2014). Estas cualidades le han valido importantes reconocimientos de la profesión, como el Premio Cirilo Rodríguez para corresponsales y enviados especiales en 2019 o el Julio Anguita Parrado el año anterior.

Desde 2015 es delegado de la Agencia EFE en el Norte de África. Anteriormente, en 2014, Martín fue delegado en Israel y Palestina, jefe de internacional de fin de semana en Madrid durante un año, delegado en Teherán, donde abrió la primera oficina de EFE en Irán, director del servicio en árabe de la agencia y corresponsal en la oficina de Oriente Medio con base Egipto. Es autor de seis libros sobre Oriente Medio, entre ellos ‘Estado Islámico, geopolítica del caos’ (Catarata, 6ª ed. 2017).

Con motivo de su participación, hoy miércoles 3 de junio a las 19:00 h., en un encuentro virtual enmarcado en el ciclo ‘Periodistas y el Mediterráneo’ moderado por la periodista Sonia Marco, al que se podrá “asistir” en directo a través de la web de Casa Mediterráneo, Javier Martín nos concedió una entrevista telefónica desde Túnez.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lo primero que me gustaría preguntarle es cómo se está viviendo la crisis sanitaria del Covid-19 en el Norte de África.

De una manera, digamos que, paradójica, porque por una parte los gobiernos han sido muy estrictos desde el principio, tanto el de Túnez como el de Argelia con el confinamiento y las medidas de prevención; el 19 ó 20 de marzo ya tenían cerradas las fronteras y se habían blindado. Pero, por otra parte, [la pandemia] les ha llegado en un momento muy difícil de problemas tanto políticos como económicos que han hecho muy complicado mantener ese confinamiento. La mayor parte de la gente, sobre todo en Túnez, aunque también en Argelia, ha roto en muchas ocasiones ese confinamiento por necesidad, por pobreza, porque come con lo que gana ese día y si ese día no sale a trabajar no come, con lo cual ha sido muy complicado para esos gobiernos controlar el brote en sus poblaciones. Han tenido la suerte de que las cifras de contagiados y de muertos no son excesivamente altas, pero tampoco podemos confiar plenamente en las cifras de ambos gobiernos, porque ninguno de los dos ha sido demasiado transparente en ese sentido.

¿Cuáles son las principales preocupaciones de la población de esos países en la actual coyuntura? ¿Siguen activas las demandas de democracia, de derechos y libertades o la preocupación por la economía y la propia subsistencia las ha relegado a un segundo plano?

Tenemos que establecer que hay tres escenarios diferentes en el Norte de África y cada uno tiene su peculiaridad en este sentido. En Argelia estamos ante un movimiento social importante, la gente en la calle sí que ha salido con el deseo, durante más de un año, de pedir un cambio en el régimen, de más democracia y más libertad, pero sobre todo una reforma económica que permita salir al país de la crisis en la que está. Ha sido un movimiento al que primero favoreció el régimen en su pulso interno entre los cercanos a Buteflika y los que querían verlo fuera; ellos promovieron esas manifestaciones, pero luego han sido tomadas por la población como un movimiento genuino. No podemos decir que la población fue la que sacó la protesta a la calle, sino que lo hizo el propio régimen en su pulso por el poder, pero luego se le fue de las manos y se creó un movimiento auténtico en la población argelina que desea ese cambio de régimen, desde el año 1962 bajo control del Ejército, y que quiere un país más democrático, más abierto y con una mejor economía. Entonces, en el caso de Argelia sí que nos encontramos con un sentimiento genuino de búsqueda de democracia. Tenemos que saber que Argelia es el único país al que las Primaveras Árabes le pasaron por encima sin que le afectaran grandemente.

En Túnez, donde las Primaveras Árabes en 2011 le dieron la vuelta al régimen, lo que estamos viendo es que la preocupación es absolutamente económica. La revolución de 2011 fue un éxito en la cuestión política, en el sistema democrático, aunque aún no esté del todo consolidado. Pero el problema es que mientras que solucionó las cuestiones políticas en derechos humanos o en derechos de la ciudadanía, ese avance se frenó en 2015 y ahora estamos viendo que empieza a retroceder. Y en la cuestión económica no hubo revolución, sigue todo igual que antes de 2011, el mismo sistema que en la época de Ben Ali y entonces lo que tiene ahora la gente es una preocupación mayor por la economía y por subsistir, porque la pobreza avanza cada vez más en Túnez. La crisis económica es cada vez más aguda, el Gobierno no tiene dinero ni para pagar a los funcionarios, con lo cual la prioridad para los tunecinos a día de hoy es ésta, aunque eso no quiere decir que hayan dejado los derechos de lado; se sigue luchando por ellos, aunque la prioridad es la económica.

Y en Libia es una cuestión que tiene que ver con la guerra, con las luchas de poder geopolíticas. Por un lado, Turquía busca recuperar el antiguo Imperio Otomano y extraer el petróleo en aguas del norte de Libia, que conecta con el sur del país a través de la no reconocida República de Chipre, para enfado tanto de Grecia, como de Chipre y de otros países como Israel o el propio Egipto. Y, por otro lado, tenemos a Rusia que apoya al Gobierno en el este, con una idea muy clara de extender lo que está haciendo en Siria a Libia y convertir a ésta en su trampolín para la lucha que mantiene con China en África por los minerales.

Todo un polvorín, agravado por la actual crisis mundial…

La crisis mundial lo que ha hecho es que, evidentemente como ha ocurrido en otros lugares del mundo, se haya localizado la información en la pandemia y otros asuntos se hayan dejado de lado, aunque éstos han evolucionado de una manera en la que cuando la pandemia pase y tengamos que ocuparnos de otros temas internacionales veremos que hemos perdido un tiempo precioso y que cosas que considerábamos que estaban de una forma antes de estos avatares, tras ellos serán de otro modo.

El protagonismo que ha adquirido la pandemia en los informativos mundiales ha eclipsado la difusión de otros acontecimientos, pero fenómenos como los movimientos terroristas yihadistas en África y los flujos migratorios en el Mediterráneo, siguen su curso.

La amenaza, tanto yihadista como de otro estilo, que crece en el Sahel la estamos viendo evolucionar desde el año 2010 y 2011 justo después de las Primaveras Árabes, porque la destrucción o la inestabilidad de países como Libia han favorecido el crecimiento de movimientos radicales en esa zona. Eso estamos observándolo desde hace mucho tiempo. No está en primera línea de las noticias con el Coronavirus, pero también porque creo que el interés de los medios por este asunto es relativo, a pesar de ser muy importante. Pero sí que estamos viendo dos vectores que van a entrar en conflicto en un futuro no muy lejano. Por un lado, un reforzamiento de los movimientos yihadistas radicales en todo el área del Sahel hasta el punto de haber convertido la zona en una especie de reinos de taifas, que llamamos ahora “heterarquías”, en las que estos grupos controlan grandes partes del territorio.

No solamente son grupos radicales terroristas que se dedican a perpetrar un atentado al uso como conocíamos en el pasado siglo XX o en el inicio del XXI, sino que han evolucionado y de la misma manera que se evolucionó desde el yihadismo a Al Qaeda y luego al Estado Islámico, ellos han seguido el mismo camino. Y todos estos grupos son en realidad pequeños Estados, pequeños reinos de taifas que controlan grandes partes de las zonas rurales de Mali, de Níger, de Burkina Faso, del este de Senegal, del sur de Argelia, del sur de Libia… y ahí tienen un control al que no llegan los gobiernos. Sobre todo en la frontera de Argelia y Mali hay zonas controladas por grupos radicales islámicos que tienen, no solamente ideas terroristas, sino además el acceso a la financiación o a los recursos económicos como para mantenerse como se mantuvo el Estado Islámico en Irak.

Y además, sobre todo desde Europa, se están empezando a retirar tropas de Irak y El Líbano para llevarlas al Sahel, porque evidentemente tanto Francia, como España y los países del sur del continente europeo entienden que el próximo conflicto se librará en esa zona y está habiendo una preparación. Hasta Estados Unidos ha abierto una base muy importante en Níger. Por lo tanto, los dos vectores confluyen hacia eso. Los grupos yihadistas son cada vez más fuertes en el Sahel, pero sí que hay un movimiento de países europeos y de Estados Unidos para reforzar esa zona.

¿Qué considera que debería hacerse para acabar con el tráfico ilegal de personas en el Norte de África?

Aunque resulte paradójico, yo creo que la única solución es hacer una integración verdadera de los migrantes que llegan de forma irregular a Europa. Expulsarlos no es una solución porque probablemente esa gente lo que hace en un 90% es regresar a las redes de tráfico de personas, seguir alimentándolas y volver a intentarlo. Digamos que no crean riqueza, sino que la destruyen, porque obligan a que la militarización siga siendo importante. Tendríamos que hablar de cuál es el interés que puede tener Europa, que tiene y mucho, en que esta zona se militarice, porque el negocio de la venta de armas es muy importante. Aparte de eso, si nosotros no integramos a los migrantes lo que estamos haciendo es mantener vivas las redes de tráfico.

La mayor parte de ellos no quiere quedarse ni siquiera en España, en Italia ni en Francia, sino que pretende conseguir dinero y enviarlo a sus países para que sus familias puedan vivir, porque allí carecen de recursos. Si esas personas generan riqueza en España y esa riqueza la reinvierten ellas mismas -no los Estados europeos- en su propio país, crearán estructuras que permitirán que la gente no quiera salir. Si una persona viaja a Europa, consigue un buen trabajo y envía dinero a su familia para que sus niños estudien en Senegal, esos niños probablemente no van a entrar en la migración porque no lo van a necesitar o si lo hacen ya será una migración diferente, la de ciudadanos africanos bien formados que pueden ayudar a crear riqueza en Europa. Creo que la integración es lo que va a permitir frenar el efecto llamada; a pesar de que parezca paradójico, ésa es realmente la solución.

¿Cómo fue su experiencia a bordo del Aquarius?

Como sabes, he estado ya en siete u ocho guerras y creo que nunca he tenido una impresión como la que tuve en el Aquarius. He tenido experiencias muy duras en zonas de conflicto, pero la experiencia del Aquarius fue muy muy impactante. Ayer [por anteayer] me quedé con una frase de una noticia acerca de la migración que decía que una cosa es conocerla por las informaciones y otra es comprobarlo in situ. Todas las personas que saben que la migración existe, al verla por la televisión, y los movimientos más conservadores y de ultraderecha que la critican, si estuvieran dentro del Aquarius cambiarían su manera de pensar. Evidentemente, impacta ver cómo las personas son capaces de sobrellevar su humanidad hasta los límites más insospechados para conseguir viajar a Europa y cómo hay otra parte, los traficantes, que pueden llevar los límites de su inhumanidad hasta tal punto para conseguir dinero de manera avariciosa. Ver cómo esos extremos del ser humano -el que hace todo lo posible por salvar a su familia y el que hace todo lo posible en favor de la codicia- entran en conflicto evidencia por qué la sociedad en la que vivimos atraviesa la crisis que atraviesa.

Usted que ha cubierto conflictos armados muy cruentos, ¿cómo se enfrenta al miedo?

Lo que hay que hacer es no enfrentarse al miedo, porque si uno se enfrenta a sus propios miedos probablemente éstos le superen. Cuando vas a una zona de conflicto, lo que tienes que hacer es asumir el miedo, que forma parte de tu trabajo, porque eso te va a mantener alerta, va a permitir que utilices lo que es más importante en zona de conflicto, que no es la experiencia ni el conocimiento del lugar, sino el sentido común. Y el miedo pone en alerta el sentido común. Por lo tanto, enfrentarse a los miedos o intentar vencerlos yo creo que te puede llevar a cometer un error fatal, porque los errores en zona de conflicto suelen ser fatales-, pero si eres capaz de convivir con ese miedo, asumirlo y que forme parte de tu estancia en ese lugar probablemente estés más protegido.

Cuando vas a una zona de conflicto, lo que tienes que hacer es asumir el miedo, que forma parte de tu trabajo, porque eso te va a mantener alerta

Al recoger el Premio Cirilo Rodriguez en 2019, alabó la calidad de los medios de comunicación públicos españoles. No obstante, especialmente desde la crisis económica de 2008 ha habido grandes recortes en las redacciones. ¿Cómo han afectado estos recortes a la calidad de la información al reducirse drásticamente el envío de periodistas a las zonas de conflicto o donde se generan las noticias internacionales, y al impedirles dedicar tanto tiempo como antes a investigar una noticia?

Como bien has dicho, lo que han hecho es empobrecer la información en general, sobre todo la internacional y eso ha favorecido uno de los grandes problemas que tiene la sociedad actual, y no sólo el periodismo, la polarización, al no enviar periodistas y que éstos no puedan hacer su trabajo de manera honesta. Lo que hay ahora es más bien tertulianos o periodistas que simplemente defienden una idea frente a otra y que incluso son capaces de sobrepasar sus herramientas morales para defenderla. Con lo cual, hemos pasado a la polarización, que siempre es mala en cualquier tipo de sociedad, porque lo que hace es poner el grito por delante del diálogo y si no nos escuchamos, no nos entendemos. Por lo tanto, ése es el primer problema que han generado los recortes en los medios de comunicación y segundo, evidentemente al tener menos periodistas sobre el terreno y en las redacciones, la difusión de noticias falsas, a las que prefiero llamar mentiras directamente, es mucho más fácil. No solamente es un problema de que los medios de comunicación o que las redes sociales sean un altavoz mejor, que antes no existía, de manera que ahora se difunden mejor los bulos y las falsedades, sino que además es un problema de base del periodismo, que se ha empobrecido.

Usted ha inaugurado una línea de grandes reportajes transmedia que acaba de lanzar la agencia EFE, con un trabajo titulado ‘Morir en el exilio, el exilio olvidado’ que cuenta la historia de un grupo de españoles republicanos que partió de España hacia Túnez un mes antes de que acabara la Guerra Civil y que se estableció allí. ¿Cómo fue el descubrimiento de sus tumbas, en estado de abandono, algunas de ellas profanadas, en el corral de una casa en una aldea rural de Túnez?

Primero, como todo, sale de un comentario que alguien te hace y te alerta. Alguien comentó que había un cementerio que parecía que tenía nombres españoles en Kasserine, me llegó y decidí investigarlo, fruto de esa curiosidad que tiene que tener todo periodista. Después hubo toda una sucesión de casualidades que siguieron una detrás de otra a lo largo de la investigación, fui allí, encontré los nombres pero no había prácticamente hilo del que tirar, entonces busqué en Internet el nombre más raro de las tumbas. A partir de ahí una sucesión de casualidades me llevó a la familia y a otras personas que me fueron ayudando a desenterrar el hilo, del que sólo conocemos una pequeña punta porque es una historia que está todavía por investigar en profundidad.

Para culminar esta entrevista, me gustaría saber qué es lo que considera más importante de su trabajo como periodista.

Creo que lo más importante de mi trabajo como periodista es que me da la posibilidad de contar historias que permiten que el mundo sea más consciente de la necesidad de defender los derechos humanos. Me da esa oportunidad de trabajar en la defensa de los derechos humanos o de hacer que sean más visibles. Para que tengamos un mundo mejor, la defensa de los hechos humanos debe ser irrenunciable.

mariagialma@gmail.comJavier Martín, delegado de EFE en el Norte de África: “El periodismo me da la posibilidad de contar historias que permiten que el mundo sea más consciente de la necesidad de defender los derechos humanos”