Revista Casa Mediterráneo

José Luis Corral: “Una novela histórica tiene que cumplir una premisa fundamental, que sea verosímil”

en noviembre 25, 2019

José Luis Corral, catedrático de Historia Medieval y profesor titular en la Universidad de Zaragoza, es considerado maestro de la novela histórica española contemporánea, antes de que este género alcanzara el apogeo del que goza en la actualidad. Corral, como buen apasionado de la historia y su enseñanza, ha dirigido diversos programas de radio y televisión de divulgación histórica, y es colaborador regular en prensa y otros medios de comunicación, aunque como él mismo confiesa, su franqueza y su independencia ideológica le han costado más de una salida.

Como medievalista, buena parte de su labor investigadora se ha centrado en la España musulmana y en la historia de Aragón. Una dedicación que se ha visto reconocida con el Premio de las Letras Aragonesas 2017 y la Medalla de Plata en el XXXIV Festival Internacional de Cine y TV de Nueva York como director histórico de la serie ‘Historia de Aragón en vídeo’. Su incursión en el mundo del cine fue a lo grande, como asesor histórico de la película de Ridley Scott ‘1492. La conquista del paraíso’, una experiencia que le pareció “fascinante”.

José Luis Corral tiene en su haber una prolífica producción de obras historiográficas y novelas históricas, entre las que se encuentran títulos como ‘El salón dorado’ (1996), ‘El Cid’ (2000), ‘El número de Dios’ (2004), ‘El caballero del Templo’ (2006), ‘El médico hereje’ (2013) o una trilogía sobre los Austrias. Sus amplios conocimientos confieren a sus novelas el rigor y la verosimilitud que hacen de ellas obras que van allá del mero entretenimiento en un país necesitado de conocer su propia historia.

En una entrevista con motivo de su encuentro en Casa Mediterráneo celebrado el pasado 21 de noviembre dentro del ciclo ‘Escritores y el Mediterráneo’, José Luis Corral nos despoja de algunas de las falsedades que rodean a célebres personajes históricos y nos ofrece sobradas razones sobre la importancia de conocer nuestro pasado.

Haber nacido en la ciudad medieval de Daroca, ¿de alguna manera ha marcado su amor por la historia y, en particular, por la historia medieval? 

Creo que sí. Viví en Daroca hasta los 14 años, cuando me marché a estudiar a Zaragoza, y fue el año además en el que murió mi padre. Él me contaba leyendas medievales de Daroca, de moros y cristianos y de judíos. Y probablemente aquellas leyendas que me contaba mi padre in situ, por las calles, por las murallas, por los castillos…  sumado a estar inmerso permanentemente en ese ambiente medieval es posible que hayan tenido algo que ver en que me apasione la historia y querer contarla.

José Luis Corral en el encuentro celebrado en la institución diplomática – © María Gilabert / Casa Mediterráneo

¿Cómo ha sido la enseñanza de la historia en España?

Uno de los problemas que hemos tenido en España y que, en buena medida, seguimos teniendo es que se ha explicado muy mal nuestra historia. Por muchas razones. Hay razones políticas, evidentemente. España ha vivido en los últimos 2.000 años, cuando todavía no era España, muy poco tiempo en libertad y en democracia, apenas 45 ó 50 años de todo ese periodo. Y, por tanto, cuando el poder político ha sido autoritario, en la inmensa mayoría de nuestro pasado histórico, lo que ha hecho ha sido utilizar la historia para justificar ese poder dictatorial o en el caso del Franquismo, tremendamente fascista.

¿Qué ha ocurrido? Que la gente ha huido de la historia porque o bien ésta se ceñía a las “grandes gestas” o bien se reducía a un estado de aquellos famosos reyes visigodos y poco más. Más de la mitad de nuestra historia se hurtaba, se borraba, se eliminaba o se escondía. Por ejemplo, la España musulmana ha sido objeto de una manipulación tremenda. Se nos presentaba como una especie de cuerpo extraño que había aparecido aquí de repente en el año 712 y los españoles habían combatido contra esos extranjeros musulmanes que habían invadido la península ibérica, de los cuales no se decía nada más, salvo que nos habían dejado alguna joya arquitectónica como la Alhambra de Granada o la Mezquita de Córdoba. Se ha contado tan mal, se ha dado una visión tan parcial, tan extraña, tan condicionada, tan manipulada de la historia de España que los españoles han recurrido, cuando les interesaba este tema, a otro tipo de libros que no fueran los ensayos históricos, como la novela histórica.

Precisamente la novela histórica ha experimentando tanto auge en los últimos veinte años precisamente por eso, porque los historiadores españoles en general hemos sabido contar muy mal nuestra historia.

En ese auge de la novela histórica ¿abundan más los libros dotados de rigor o las obras de pseudo-historia tendentes al esoterismo?

Hay de todo, evidentemente. Y más con este aluvión de títulos que proliferan en los últimos años por las librerías, que resulta abrumador. Mi primera novela, ‘El salón dorado’, es de hace 22 años, fue publicada en 1996 por Edasa. En aquel entonces publicábamos novela histórica en España solamente dos o tres. A partir del año 2005 el aluvión ha sido realmente inconmensurable. Puede que se editen varios cientos de novelas históricas entre grandes y medianas editoriales y auto-ediciones cada año. Y claro, entre esta cantidad, por supuesto, hay de todo.

Ahora, sí que es verdad que autores importantes, que tienen un nombre y que están vendiendo bastantes libros, cometen unos errores históricos de bulto. Yo no digo que sean malas novelas, ni que no tengan calidad literaria ni pulsión. Y una novela histórica tiene cumplir una premisa fundamental: que sea verosímil. Por supuesto, el historiador tiene que ser muy riguroso con las fuentes; el escritor, por el contrario, puede imaginar, hacer ficción e incluso inventarse personajes e introducirlos en la historia, pero tiene que ser verosímil. Yo siempre digo que la novela histórica se construye sobre dos pilares fundamentales: el pilar arqueológico -no sólo me refiero a que se construyan bien los ambientes, los espacios, la arquitectura, las ciudades, lo que se comía, lo que se bebía, cómo se vestía la gente, sino que me refiero también a todos esos elementos que hacen que una novela histórica tenga calidad histórica; y el segundo pilar es lo que yo llamo “el espíritu de una época”.

Una novela histórica tiene que responder a una época, si no, no lo es. Si pones a una pareja de jóvenes de Alicante en la Roma de Nerón no funciona. Porque los jóvenes en la Roma de Nerón ni pensaban, ni se expresaban, ni se sentían, ni se comunicaban como los jóvenes de Alicante ahora.

Precisamente de ‘El salón dorado’ una de las ideas que se extraen es que el conocimiento resulta fundamental para el entendimiento entre las culturas. Una reflexión de plena vigencia en el mundo actual, tan dividido y enfrentado. 

La historia es eso. Yo digo siempre que la historia es maestra de vida, es un arma que, evidentemente, no causa muertos pero sí transformaciones ideológicas tremendas. Por eso el poder establecido en cada momento utiliza la historia de una forma absolutamente interesada, para hacer ideología política del presente. Esto ha ocurrido siempre. Pienso, y además trabajo en ello, que tanto el historiador como quien escribe novela histórica tienen que utilizar la historia pero como un arma ideológica para el conocimiento y para la comprensión, como decías muy bien, de otras culturas.

España ha sido históricamente un lugar de mezcla de culturas. Es muy diversa, ha habido religiones, ideologías, grupos distintos… una mezcla de gente extraordinaria, lo que supone una riqueza tremenda. Y, efectivamente, cuando se dan la espalda dos culturas, dos ideologías, puede producirse un gran conflicto. Y del arma ideológica de nuestra historia se puede pasar al arma terrible de destrucción masiva que puede ser un cañón o una ametralladora. Yo, en mis novelas y en mis libros de historia, y aquí no hago diferencias apenas, intento que la historia sea, precisamente eso, una maestra de vida, que aprendiendo lo que ha ocurrido en nuestra historia no repitamos situaciones -no creo que la historia se repita, pero sí que se parece-. Aprendiendo lo que hemos sido y por qué somos como somos intentemos evitar posibles errores que estemos cometiendo.

Lo que está pasando en los últimos años en nuestro país es una prueba palmaria de lo que estoy diciendo. Cuando escucho algunas declaraciones de políticos centralistas o de políticos independentistas sobre la historia o el concepto de España me quedo bastante sorprendido, cuando no indignado, porque la gente no les interesa, sino una posición política férrea, inamovible, rígida, monolítica, exclusiva y exclusivista. Eso es terrible, porque no saben de historia, no leen historia y solamente están pensando en utilizarla para sus propios intereses.

Y si la sociedad apenas tiene conocimientos de historia resulta muy manipulable. 

Yo doy clases en la universidad y en España nos han creado una mentalidad estereotipada de no pensar, de no criticar, de no discernir sobre distintas posiciones. Los manuales desde la enseñanza básica, pasando por la secundaria hasta incluso la universitaria son rígidos, estereotipos. Te dicen lo que tienes que pensar, que decir, que aprender. Cuando cada año el primer día de curso a mis alumnos les digo que piensen, que duden, que critiquen, que planteen y que vean desde diferentes puntos de vista, se quedan absolutamente asombrados porque nunca antes nadie se lo ha pedido. No piensan, no reflexionan, cuando les planteas cuestiones que alteran una posición historiográfica que ha sido inamovible por razones del artículo 33, lo que diga el jefe es lo que vale, se quedan bastante sorprendidos.

Educar en libertad y con pensamiento crítico en España no ha funcionado nunca o no se ha puesto nunca en vigor y ahora es muy difícil, por eso tenemos los problemas de alineamiento, de falta de crítica y de un adoctrinamiento entre la gente tremendo. Y si encima este país tiene muy poca cultura en general, pues el problema es evidentemente gravísimo.

Su último libro cierra una trilogía sobre los Austrias. ¿Qué importancia tuvo Carlos I de España y V de Alemania en el devenir no sólo de nuestro país sino del mundo?

Precisamente el título de una de las obras de esta trilogía es ‘El dueño del mundo’. Carlos es un personaje extraordinario porque es una suma de muchas mediocridades. Siendo mediocre en casi todo, de repente se convierte en uno de los cuatro o cinco personajes que más poder han tenido en sus manos. No destacaba de una forma especial por su físico, más bien tenía muchos complejos; no tenía grandes capacidades intelectuales; no era un prodigio como guerrero, aunque combatió en primera línea en Túnez, por ejemplo.

Pero tenía una voluntad extraordinaria basada en dos cuestiones fundamentales: por un lado, se creyó que estaba destinado -y había profecías que así lo decían- a ser el gran hacedor de la cristiandad, el que la unificaría y acabaría con la amenaza de los musulmanes, en este caso de los turcos otomanos; y después, tuvo una serie de circunstancias propicias a su alrededor -en historia es muy importante estar en el momento oportuno en el tiempo oportuno y él lo estuvo-. Él no había nacido para ser rey de la monarquía hispánica, pero por circunstancias vitales murió su tío, el hijo mayor de los Reyes Católicos, el Príncipe Juan, sin herederos, murió su tía mayor y le tocó ser reina a su madre, Juana la loca, que no estaba loca, sino que la volvieron así. Y por avatares del destino y porque Fernando el Católico de ninguna manera quería que su hija Juana fuera Reina de Castilla, porque él dejó de ser Rey el día en que murió su esposa, toda esa concatenación de hechos hizo que este personaje fuera tan importante en la historia.

Además quizás lo más relevante, la lección de Carlos es la voluntad de querer hacer cosas, incluso por encima de su propia preparación y capacidad. Eso lo hace un personaje realmente extraordinario.

Otro personaje importante en su obra es El Cid, de quien publicó un libro en el año 2000, que ha vuelto a reeditarse recientemente. Sobre El Cid, usted sostiene que ha habido muchas falsedades. ¿Con su libro ha tratado de ofrecer una visión más acorde con la realidad? 

El Cid ha tenido una buena mala suerte. Me explico. En 1207 un tal Per Abbat recopiló una serie de cantares y construyó un artefacto literario extraordinario, El Poema del Cid, con sus tres cantares clásicos que organizó y dividió. Ese poema sigue teniendo tanta fuerza -hay versos de una belleza extraordinaria- que por sí mismo ha distorsionado la figura histórica del héroe, que es impresionante. Pero el poema se ha comido al personaje; el personaje literario se ha comido al personaje histórico.

Y a partir de ahí, utilizado de una forma absolutamente interesada, el personaje histórico reproducido después en otro tipo de romances, de canciones de gesta, de crónicas… sobre todo en la Baja Edad Media, ha construido un personaje que no fue. Aparece El Cid, incluso en la famosa película de Charlton Heston y Sofía Loren dirigida por Anthony Mann, como el hacedor de unas relaciones políticas y lleno de virtudes caballerescas con una imagen del caballero del siglo XV y no del siglo XI.

El Cid es un señor de la guerra que combatió con cristianos y musulmanes y contra cristianos y musulmanes. La visión más próxima la quise dar en la novela, de hecho mucha gente me ha dicho: “El Cid que usted se ha inventado”, y yo respondo que no, que El Cid que se ha inventado es el de las historias y de los poemas, el de mi novela es más real. La gente tiene la imagen estereotipada de las películas, de los romances, del poema, de los cantares, de la Jura de Santa Gadea, que nunca existió, de la batalla de después de muerto, que nunca libró… Resulta que toda esa imagen de ficción se ha convertido en historia, y la historia real la gente no se la cree.

Marina Vicente, moderadora del encuentro, junto a José Luis Corral – © María Gilabert / Casa Mediterráneo

Por último, quisiera preguntarle por su papel como asesor de Ridley Scott en la película ‘1492. La conquista del paraíso’. ¿Cómo fue la experiencia? ¿El director se dejó asesorar sin poner trabas a su criterio?

Me llamaron una semana calurosísima, recuerdo que estaba en mi despacho en la facultad, no tenía ni móvil, era el año 1991. Alguien me dijo que me llamaban de una productora que iba a hacer una película sobre el descubrimiento de América y Cristóbal Colón y que si quería hacer de asesor. Me pareció una broma. Y cuando me dijeron que la iba a dirigir Ridley Scott la broma me pareció entonces sublime. Alguien que había leído algo que había escrito dijo que había estudiado arqueología medieval y que había publicado libros y artículos que explicaban muy bien todo ese mundo de la cultura material de la Edad Media y que hacía falta un asesor en la película para que no hubiera errores históricos y, sobre todo, que no aparecieran objetos ajenos a la época.

Cuando aparecí por el rodaje en Cáceres a principios de septiembre todo estaba lleno de anacronismos. Fue tremendo. Tuve que quitar un montón de cosas para desesperación del productor, porque cada vez que cambiaba algo aumentaba el coste. Pero fue magnífico. Estuve varios meses detrás de la cámara, codo con codo con Ridley Scott, y también con los actores, Sigourney Weaver -pasé una mañana entera con ella explicándole cómo se confesaba la reina católica, y por cierto esa escena, que se rodó en la catedral vieja de Salamanca, luego no sale en la película-, con Gérard Depardieu, con Armand Assante… Fue apasionante, aunque también es verdad que había larguísimos periodos en los cuales te aburres mucho. Yo me llevaba libros para leer, porque entre una escena y otra podían pasar perfectamente tres horas, y claro allí tirado en un monte de Cáceres o Salamanca se hace largo.

¿Estuvo durante todo el rodaje de la película?

Sí. Estuve en todo el rodaje, pero no en el montaje en Londres, pero debería haber estado, porque en la película cuando vuelven la carabelas de América regresan las tres y en el primer viaje de Colón sólo volvió una. Si hubiera estado en el montaje de la película le habría dicho a Ridley Scott que cortara esa escena, pero ya era tarde porque cuando fui al estreno ya estaba montada.

No obstante, al asesor no siempre se le hace caso, porque cambiar escenas cuesta mucho dinero. Recuerdo que me empeñé en modificar una escena que estaba tan mal planificada y confusa en el guión que aquello supuso dos días de rodaje más y un dineral. De hecho, después el productor me echó una bronca tremenda.

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