Revista Casa Mediterráneo

Juan Manuel de Prada: “Pensar que un escritor es pedante o rebuscado porque tenga un registro lingüístico más amplio es surrealista”

en diciembre 19, 2019

El célebre escritor y articulista Juan Manuel de Prada participó el pasado 17 de diciembre en las tertulias literarias de Casa Mediterráneo en un encuentro moderado por la editora Marina Vicente. La popularidad de De Prada surgió ya con sus primeras obras, aunque él mismo reconoce no ser un autor de masas. Su primer libro, ‘Coños’ (1995), obtuvo una gran repercusión por el boca a boca de los lectores, las buenas críticas y las alabanzas de escritores como Francisco Umbral.

Una fulgurante carrera literaria que De Prada coronó a la temprana edad de 26 años con la obtención del Planeta en 1997 con ‘La tempestad’. Al poco tiempo, la revista The New Yorker lo destacó como uno de los seis escritores jóvenes más prometedores de Europa. Tras estos reconocimientos se sucedieron otros importantes premios como el Primavera y Nacional de Narrativa por ‘La vida invisible’ (2003) o  el Premio Biblioteca Breve y de la Crítica de Castilla y León por ‘El séptimo velo’ (2007).

En 2012 publicó ‘Me hallará la muerte’, a la que siguieron ‘Morir bajo tu cielo’ (2014), ‘El castillo de diamante’ (2015) y ‘Mirlo blanco, cisne negro’ (2016). También ha recibido prestigiosos premios de periodismo como Mariano de Cavia y Julio Camba. Juan Manuel De Prada es además un conocido rostro mediático, que participa asiduamente en debates televisivos y radiofónicos, en los que se caracteriza por su franqueza no exenta de polémica.

La última novela de De Prada, ‘Lucía en la noche’ (Espasa, 2019) es una historia intimista donde temas recurrentes para el autor, como la identidad, el amor, la sexualidad, la dualidad del ser humano, son tratados con su habitual maestría, y poco a poco va abriéndose a asuntos de plena actualidad. Riqueza léxica, originales metáforas, figuras retóricas, ironía… impregnan esta obra repleta de misterio que induce a reflexionar sobre los grandes temas de la naturaleza humana.

Recién llegado del tren que lo trajo desde Madrid, Juan Manuel De Prada nos concedió una entrevista, con la franqueza, el dominio de la palabra y la amabilidad que lo caracterizan.

Su última novela, ‘Lucía en la noche’, tiene como protagonista a Alejandro Ballesteros, un escritor como usted, que además participa en tertulias televisivas. ¿Ha querido insinuar al lector unos supuestos tintes autobiográficos o no era esa su intención?

El protagonista, Alejandro, es un escritor que ha salido en otras novelas mías. Y es como una especie de alter ego, que tiene algunos rasgos de mi persona, y que ha vivido experiencias semejantes a las que yo he vivido, pero también otras que nada tienen que ver conmigo. En este caso concreto sí; yo he probado este veneno de la televisión y he salido huyendo de él. Y además en la época en la que más participé en la televisión, que es hace ya más de diez años, yo también estaba atravesando una situación semejante a la del protagonista, de desengaño, de desaliento, de hastío, de repudio incluso, de la literatura, de pérdida de amor hacia mi vocación por razones personales.

Esto, de alguna manera, sí está proyectado en el protagonista de la novela. Digamos que el protagonista tiene, más que rasgos míos personales, inyectada la experiencia que yo he tenido en mi vida literaria. En mi anterior novela, ‘Mirlo blanco, cisne negro’, era un escritor veinteañero, aquí es un escritor treintañero, que tiene mucho de mí.

Juan Manuel De Prada junto a la moderadora del encuentro, Marina Vicente – © María Gilabert / Revista Casa Mediterraneo

De hecho, en esta última novela, Alejandro consigue salir del pozo en el que estaba sumido gracias al amor de Lucía. ¿El amor puede redimir a una persona, hacerla recuperar la ilusión por vivir y, en este caso concreto, por la escritura?

Sí, claro. Creo que todos hemos tenido experiencia de ello. El amor nos transforma, nos enaltece, nos devuelve la ilusión, las ganas, el ímpetu… Es una experiencia que todos tenemos, no hace falta hablar mucho de ello porque alguna vez lo hemos experimentado. Y cuando no lo experimentamos lo sentimos como una amputación, es decir, cuando nos falta el amor, en un sentido amplio, no sólo el amor más erótico, sino el amor familiar, el amor de un amigo, el sentimiento de que no estamos solos en esta travesía por este valle de lágrimas.

Indudablemente lo hemos experimentado en carnes propias; bien porque hemos podido gozar de esa experiencia, bien porque esa experiencia nos ha sido arrebatada. Los seres humanos hemos nacido para amar y ser amados. Al final, es un poco en lo que se resume nuestra vida. Luego hay distintas expresiones de ese amor, pero sin él yo creo que la vida es un infierno.

La historia da saltos en el tiempo; cada capítulo alterna el presente y el pasado, de manera que vamos adentrándonos en el personaje de Lucía. ¿Esta forma narrativa está concebida con el objetivo de ir desvelando poco a poco el misterio que envuelve a la coprotagonista de la novela?

Sí, de este modo se van proporcionando datos del pasado para iluminar la trama que transcurre en el presente. Trata de ir aportando pequeñas miradas sobre ese pasado que nos permitan interpretar mejor las cosas que están ocurriendo en el presente. Desde el principio concebí la trama de esta manera, que la historia principal, digámoslo así, la investigación que inicia Alejandro, se complementase con esos aspectos al principio muy difíciles de interpretar, muy misteriosos, muy enigmáticos de la personalidad de Lucía. Y poco a poco esa personalidad poliédrica, caleidoscópica, va adquiriendo forma. Es un recurso que tuve claro desde el principio para narrar esta historia.

Me ha llamado la atención que al principio es una historia muy intimista, que cuenta la relación entre dos personas, y luego adquiere una dimensión más amplia, tratando temas de candente actualidad, que no quiero citar para no caer en el spoiler.

El terrorismo y el Islam son temas que están presentes en la novela. En realidad, son temas que están presentes en nuestras vidas, más allá de que nosotros llevemos una vida personal. Estos asuntos se hallan en la sociedad, por una parte, a través del bombardeo informativo y, por otra, por la propia experiencia que tenemos en nuestra vida cotidiana, como cuando vamos a un aeropuerto y nos exigen una serie de requisitos que tienen que ver con el miedo que hay hacia el terrorismo.

El tema del Islam también está muy presente en nuestra vida, en nuestras ciudades, a través de la inmigración… Y en este caso, efectivamente, jugué con el hecho de abordar una novela que fuera muy intimista y que luego, poco a poco, esa realidad que a veces nos parece lejana, irrumpe y lo desbarata todo, lo altera todo y, especialmente, da un giro a la visión de la historia. Al principio, esa historia incluso puede parecer un sueño del protagonista, una realidad muy íntima, pero poco a poco nos vamos dando cuenta de que adquiere una resonancia muy grande, a medida que vamos descubriendo lo que Lucía es verdaderamente.

La primera parte del libro aborda de una manera bastante incisiva la cuestión del duelo, que el protagonista vive de una forma muy particular.

Es una persona que precisamente siente que su vida se ha redimido gracias a esa persona y, de repente, la pierde. Entonces, ese esfuerzo que había hecho por salvarse o por dejar que Lucía lo salvara se convierte en una ruina.

La gente le insiste en que para superar ese duelo lo que tiene que hacer es tratar de olvidar, pero precisamente él lo que no quiere es olvidarla. Y en su empeño por seguir teniéndola presente ocurren cosas.

Sí, su actitud, ciertamente es enfermiza porque, efectivamente, la mejor manera de superar los dolores es no olvidar de forma consciente, pero sí que el olvido haga su labor. Esto es una cosa que a mí siempre me ha llamado mucho la atención, seguramente a ti también y a cualquier persona que haya sufrido pérdidas personales, disgustos bestiales, que pensamos que nos van a destruir, pero la verdad es que los vamos encajando poco a poco. Parece que el mundo se nos cae encima y, sin embargo, afortunadamente logramos superarlo. El protagonista es una persona morbosa, enferma psicológicamente en ese sentido, que no quiere olvidar, que quiere aferrarse obsesivamente al pasado y desatiende incluso los consejos que le da el comisario, que es un hombre que también ha pasado por una situación semejante.

Juan Manuel De Prada en Casa Mediterráneo – © María Gilabert / Revista Casa Mediterraneo

Usted es un gran aficionado al cine clásico y en esta novela la película ‘Vértigo’ de Alfred Hitchcook aparece en sus páginas y comparte ciertos rasgos con la historia. ¿Por algún motivo en particular?

Esta película de Hitchcook para mí es muy especial, está muy ligada a mi vida y mi visión del cine. Me resulta fascinante y siempre pensé que me gustaría contar una historia que se pareciese a ‘Vértigo’. No quería escribir una historia que fuera una imitación, simplemente que tuviese unos conceptos semejantes, aunque luego el argumento fuera muy distinto. En un determinado momento tuve conocimiento de una historia -esta novela está inspirada en una historia real- de una persona que vive unas circunstancias semejantes a las de Lucía, que me impresionó mucho y es cuando decidí escribirla.

Para hacer un pequeño recorrido por su trayectoria literaria, usted debutó con un libro, ‘Coños’, que con una pequeña tirada al principio, con el boca a boca y las alabanzas de escritores como Francisco Umbral alcanzó una enorme repercusión.

Al principio fue como una especie de fanzine, luego llegó a manos de los editores y se convirtió en libro.

Usted, que estudió Derecho, ¿cómo acabó dedicándose a la literatura?

Siempre me quise dedicar a la literatura y siempre pensé que un escritor no debía estudiar esa carrera, lo sigo pensando. Un escritor es más libre si no es demasiado consciente de lo que la literatura es. Luego, a medida que te vas haciendo viejo, vas conociendo la literatura por la experiencia propia y la técnica la vas adquiriendo a base de escribir, pero consideraba que estudiar literatura te hacía demasiado consciente de tu oficio, lo convertía en algo demasiado previsible, encorsetado, al saber lo que era cada figura retórica, los mecanismos de la literatura. Yo prefería ser un poco más inconsciente de mi propio oficio. Y como había estudiado Letras, lo más lógico era hacer Derecho. Mi único interés era la literatura y entonces estudié Derecho, que era la carrera más socorrida en ese momento, donde va gente que no tiene una vocación definida o con vocaciones muy diversas.

¿Cómo encajó el éxito tan grande que obtuvo su primer libro?

Bueno, no tuvo un éxito tan grande; nunca he sido un escritor de un éxito multitudinario, ni de bestsellers. He escrito libros que han tenido un cierto éxito, pero siempre me he movido en un terreno no de popularidad estrepitosa.

Ganar premios tan importantes como el Planeta, ¿supuso un antes y un después en su carrera literaria?

Sí, indudablemente, para bien y para mal. Para bien, en el sentido de que te ayuda mucho para poderte dedicar profesionalmente a la literatura, aunque esto es engañoso y peligroso porque dedicarse profesionalmente a la literatura es un suicidio, pero sin duda te da un espaldarazo. También tiene un aspecto negativo y es que cuando gané el Premio Planeta tenía 26 años, y te transforma totalmente la vida, te lanza a una vorágine de compromisos sociales, de viajes, de estrellato -un estrellato absurdo además, que no tiene nada que ver con tu oficio, sino con la vanidad que lo rodea- y luego te convierte en la diana de las miserias nacionales, de las envidias, de los resentimientos. Es una prueba muy dura, sobre todo para un escritor joven como yo, que además en gran medida era desconocido en aquel momento para mucha gente.

Algo que caracteriza su escritura es el abundante léxico y las figuras literarias que utiliza, ¿esos conocimientos se los ha proporcionado la lectura?

Eso es una cosa que siempre me preguntan y que a mí me resulta extraña. Me imagino que es como si a un corredor le preguntan cómo corre tan rápido. Supongo que lo he ido adquiriendo naturalmente.

Juan Manuel De Prada junto a Marina Vicente en la charla celebrada en Casa Mediterráneo – © María Gilabert / Revista Casa Mediterraneo

Imagino que no será algo consciente.

No, aunque hay mucha gente que piensa que cuando escribo me pongo a buscar palabras rebuscadas; esto me resulta un poco surrealista. No, cuando escribo lo hago con las palabras de las que dispongo y nada más.

Hace poco leí una reseña de un bloguero o bloguera que empezaba diciendo que cuando comenzó a leer la novela le pareció muy pedante y dijo: “Uy, esta novela y yo no vamos a llegar muy lejos”. Pero que luego se había metido en la historia y le había gustado mucho, a pesar de esto. Evidentemente, era una persona de un nivel, vamos a decirlo así piadosamente, del montón. Lo gracioso es que pone las palabras que le parecen raras del primer capítulo. Le parece rara la palabra “gacetillero”, la palabra “francachela”… A mí no es que estas palabras no me parezcan raras, es que me parecen vulgares. Eso me sobrecoge y que esa persona supuestamente lea libros y los critique me sobrecoge todavía más.

En realidad, no sé a lo que la gente llama palabras raras, no lo tengo claro, lo que yo sí te puedo decir es que escribo sin diccionario, a mano además. El diccionario sólo lo utilizo después en la corrección, donde consulto muchas cosas. Me resulta muy sorprendente.

Creo que cada escritor tiene su registro lingüístico propio y ya está. Baroja, por ejemplo, era un escritor con un registro lingüístico corto y fue un gran escritor. Valle-Inclán fue un escritor con un registro lingüístico muy amplio y fue un gran escritor. Probablemente, si Baroja hubiera tenido un registro lingüístico muy amplio y Valle-Inclán muy corto hubieran sido ambos malos escritores.

Con esto quiero decir que al final el registro lingüístico de cada escritor tiene mucho que ver con su estilo, su forma de entender la literatura, la vida y ya está. Pero esa idea grotesca de pensar que un escritor es pedante o rebuscado porque tenga un registro lingüístico más amplio es una cosa surrealista, porque esto lo único que demuestra es que la gente no entiende cómo uno escribe. Uno siempre escribe desde una implicación máxima, nunca se pone de manera artificiosa a poner palabras raras. Luego, un libro se confronta con la persona que lo lee.

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