Revista Casa Mediterráneo

Laura Freixas: “Las mujeres han tenido un papel muy activo e influyente en la literatura, el problema es que luego desaparecen del relato”

en marzo 11, 2020

En torno a la celebración del Día Internacional de la Mujer, Casa Mediterráneo en colaboración con la asociación Clásicas y Modernas para la igualdad de género en la cultura invitó a Laura Freixas, una de las voces más influyentes de las letras españolas por sus obras y estudios sobre la mujer en la literatura, a su ciclo ‘Mujeres y el Mediterráneo’ el pasado 6 de marzo.

Además de su trabajo narrativo, que incluye colecciones de relatos, novelas, ensayos y autobiografías que han alcanzado notable éxito especialmente entre las lectoras, Laura Freixas ha desarrollado una intensa labor como estudiosa y promotora de la literatura escrita por mujeres. Desde 2001 es columnista en La Vanguardia y ejerce como profesora, conferenciante y escritora invitada en numerosas universidades españolas y extranjeras, especialmente de Estados Unidos.

Laura Freixas nos concedió una entrevista en la que que nos aporta su visión sobre la situación de la mujer en la cultura y, en particular, en la literatura, estrechamente ligada a su posición general en la sociedad.

Usted que ha dedicado profusos estudios y ensayos a la presencia de la mujer en la literatura, ¿cree que las escritoras han estado invisibilizadas a lo largo de la historia?

No tanto como creemos ahora. Sería falsa la idea de que las mujeres nunca habían participado en la literatura hasta la actualidad. Ésa es la imagen que tenemos, que en el pasado no había mujeres y ahora las hay, pero no es verdad. Las hay en todas las épocas, pero luego no son recordadas. Ése es el problema.

En países como Estados Unidos desde hace décadas hay estudios universitarios dedicados a la mujer, conocidos como Women’s studies. ¿Este tipo de estudios ha llegado a España o todavía estamos por detrás?

Vamos por detrás, sí. Efectivamente, en Estados Unidos hay Women’s studies y Gender’s studies desde hace muchos años, lo cual por una parte es positivo, pero por otra parte mantiene la división entre una cultura supuestamente universal, que realmente es masculina, y una cultura creada por mujeres, que se mantiene como una rareza, como un gueto o algo apartado de lo general. Y lo que hay que hacer es integrar a las mujeres en el relato, porque realmente existen, estaban y están.

¿En los libros de textos de las escuelas españolas están incluidas esas mujeres apartadas del relato o aún queda mucho por hacer?

Falta todo por hacer. La presencia de mujeres en los libros de texto es de un 13%. Eso lo ha estudiado un grupo de la Universidad de Valencia con los libros de la ESO, encabezado por Ana López Navajas, que es una investigadora muy buena. Y efectivamente ésa es la conclusión, con el agravante de que cuando los libros hablan de las épocas recientes no hay más mujeres.

Hará falta que los autores de los libros de texto tengan interés por actualizar los datos e incluir a esas mujeres que merecen estar en los libros.

Sí, en el relato histórico y en la representación cultural en general están ausentes las mujeres. Yo suelo empezar las conferencias poniendo un ejemplo muy tonto, que es el de los Pitufos. Los Pitufos son casi todos personajes masculinos y desde pequeñas y desde pequeños nos acostumbran a que en la realidad hay mujeres y hombres, pero en la representación de esa realidad las mujeres han desaparecido. Entonces, nos acostumbramos a eso porque después de los Pitufos viene Astérix, luego los libros de texto en los que no hay mujeres, la Conferencia Episcopal, la Real Academia… y, hasta hace poco, los gobiernos. La exclusión de las mujeres es algo que naturalizamos desde que somos pequeñas y pequeños.

Aunque las mujeres han conquistado muchos espacios, ¿cuánto queda para alcanzar la plena igualdad?

Queda mucho y además la igualdad no es algo que se produce automática ni espontáneamente, sino que hay que estar siempre vigilando y reclamándola.

En la actualidad, en España están proliferando ciertos discursos y expresiones radicales con los que muchas mujeres no se sienten identificadas. ¿Esta corriente puede perjudicar la causa feminista en general?

¿A qué expresiones te refieres?

Por ejemplo, he llegado a ver en Twitter vídeos de chicas jóvenes orinando en mitad de la calle como acción reivindicativa.

Es verdad que hay una voluntad de ser feministas que a veces no va acompañada por una conciencia de qué es el feminismo y lo que ha sido a lo largo de su historia. Eso tendría que estar más presente en la escuela y en la sociedad: saber qué es el feminismo.

Es como si quisiéramos ser ecologistas y no tuviéramos en cuenta todas las investigaciones científicas que hay sobre el estado del planeta y que nos pusiéramos a hacer ecología sin saber si lo que tenemos que hacer es cerrar un grifo, no coger un avión, prohibir una determinada fuente de energía… Hay que tener en cuenta que el feminismo tiene 300 años de historia y hay que estudiar esa historia para saber qué es lo que ha querido y quiere el feminismo.

Usted coordinó una antología de relatos de autoras españolas contemporáneas titulada ‘Madres e hijas’ en 1996. ¿Cómo surgió la idea de este libro? ¿Recopila relatos que eran poco conocidos?

La idea de este libro surge cuando yo, que toda la vida he leído sobre las cosas que vivía, porque había una literatura que me hablaba de ello -antes de viajar por primera vez a Francia ya había leído literatura francesa y antes de decidir que quería ser escritora había leído novelas cuyos protagonistas eran personas que querían ser escritores, etc.- cuando fui madre quise leer literatura sobre ser madre y me di cuenta de que no había. Entonces empecé a sospechar lo que luego he estudiado y he confirmado y es que la literatura no recoge las experiencias de las mujeres.

El caso de la maternidad es el más extremo y más claro, pero en general la literatura recoge las experiencias de los hombres y no las de las mujeres. Por ejemplo, la literatura de guerra nos habla de la guerra que hacen los hombres y no de la vivida por las mujeres. Empecé a investigar y encontré que había algún libro extranjero, concretamente inglés, sobre madres e hijas, pero existían muy pocos. Si yo quiero leer sobre la Guerra Civil española tengo una bibliografía de cientos y miles de libros y si quiero leer sobre el embarazo y el parto, la infertilidad, el aborto, la crianza, etcétera, etcétera no hay literatura, sólo libros prácticos.

Entonces, descubrí que había muy poca literatura, que esa literatura era muy reciente y que la habían escrito mujeres. A raíz de eso me di cuenta de que era muy importante que las mujeres escriban, que hagan cine, arte, narren la historia, etc. porque van a reflejar las experiencias de las mujeres. Y ese libro inglés, que era una antología de literatura sobre madres e hijas me dio la idea de hacer lo mismo en España. Debía haber muchas mujeres que también notaban ese vacío porque el libro fue un gran éxito.

Sí, lleva varias ediciones.

Lleva quince, me parece.

‘A mí no me iba a pasar’ es su último libro, escrito en clave autobiográfica. Creo que muchas mujeres nos podemos sentir identificadas con ese título.

Risas. Creo que sí.

¿Qué es lo que usted pensaba que no le iba a pasar y finalmente le pasó?

Como muchas mujeres modernas y feministas, yo creía que la desigualdad y el encontrarse discriminada, confinada en un papel de esposa, madre, cuidadora y subordinada al marido era algo que ocurría en el pasado o a otras mujeres menos modernas y preparadas que yo, pero que a mí no me iba a pasar. Y en ese libro voy contando de qué manera, sin darme mucha cuenta y por qué motivos, me fui encontrando en ese papel de cuidadora, ama de casa, persona que está en el hogar… en detrimento de mi propio desarrollo y mi propia carrera.

También entendí, y lo reflejo en el libro, que no solamente somos víctimas de circunstancias externas o de la presión de nuestros maridos, por ejemplo, sino que hay una parte en la cual somos cómplices también. Colaboramos con ese estado de cosas y creo que lo hacemos porque lo que las mujeres hacen y aportan es algo que resulta necesario y si no lo hacen los hombres lo hacemos nosotras porque lo valoramos y lo apreciamos, como es por ejemplo, el cuidado. Alguien tiene que estar presente en el cuidado y la educación de las niñas y los niños. Y la sociedad favorece que los hombres no lo hagan y que nosotras lo asumamos, pero por eso pagamos un precio muy alto.

‘A mí no me iba a pasar’ lleva cinco ediciones ya. Muchas mujeres me escriben para darme las gracias y decirme que se han sentido identificadas, que se han entendido mejor y que se lo van a regalar a sus hijas. Creo que las mujeres educadas en una sociedad que proclama la igualdad, que dice ser igualitaria, que tiene leyes igualitarias, no entendemos cómo ni por qué mecanismos podemos ser discriminadas y, sin embargo, la igualdad es sólo formal. El patriarcado es algo muy antiguo, que está muy enraizado en la sociedad y en nuestro propio inconsciente, de manera que es muy difícil escapar a ello.

La confusión puede deberse a que la situación es difusa.

Eso es. Intentas entender y localizar tu malestar y tu sensación de injusticia -a mí me pasaba y lo cuento en mi libro-, pero no sabes muy bien cuál es exactamente el problema. La educación que hemos recibido nos empuja a hacer esto que ahora se empieza a llamar -por suerte se le está poniendo un nombre- “el trabajo emocional”, que es intentar encarar los problemas de una pareja, preocuparte de si alguien del grupo de la familia o amigos está triste o deprimido, organizar una cena de Navidad procurando un buen ambiente, llevar a tu hijo al psicólogo… Todo eso es una carga que asumimos nosotras porque nos han educado para ello y además alguien lo tiene que asumir.

Asumimos muchas cosas que se tienen que asumir, pero que no se explicitan. Las asumimos porque alguien las tiene que hacer, porque no sería posible vivir sin que nadie lo hiciera, pero nosotras pagamos un precio y nadie lo reconoce como un trabajo, que es lo que es.

La sobrecarga es tanto física como emocional.

Exacto, otra cosa que he entendido es que el trabajo de las mujeres no consiste sólo en planchar y cocinar, sino también en consolar a tu hija cuando llora… en tareas no se pueden delegar. Si se tratara sólo de encargarse del calendario de vacunas, podrías pagar a alguien para que se ocupara de eso, pero escuchar a tu hijo, tener conversaciones con él, preocuparte si detectas que no está bien… de eso los hombres se desentienden. Pero no es una cuestión de que los hombres sean egoístas y las mujeres, cuidadoras. Hay cosas que la sociedad tiene que hacer y la pareja tiene que hacer, pero los hombres están educados para no hacerlas y toda la sociedad alrededor ayuda a que éstos no las hagan y las hagamos nosotras.

Entonces, hay una parte psicológica, que viene de nuestra educación y socialización, y otra parte que es objetiva. Por ejemplo, los horarios de las guarderías y de los trabajos no coinciden. Las guarderías acaban a las cuatro y los trabajos a las siete. Ése es un ejemplo de algo real que no depende de tu educación o psicología, es un problema que hay que resolver. Y como los hombres tienen los trabajos mejor pagados, racionalmente lo lógico es que sean las mujeres las que renuncien a su trabajo porque su pareja pierde menos y eso es algo terrible que repercute en nosotras. La solución actual es muy injusta para nosotras, porque quienes renuncian en parte -afortunadamente ya no al cien por cien como las generaciones anteriores-, a sus propios proyectos y a su autonomía profesional, económica y vital son las mujeres.

La solución podría darse ampliando los horarios de las guarderías, adelantando los horarios de salida de los trabajos, permitiendo que en caso de enfermedad de un hijo tanto el padre como la madre pudieran quedarse en casa sin temor a ser penalizados en el trabajo.

Para eso tiene que haber más mujeres haciendo las leyes y dirigiendo empresas, porque si no, los hombres siguen legislando y tomando decisiones para hombres en un mundo basado en el supuesto implícito, que nadie explicita, de que el trabajador, el ciudadano o el político tiene siempre a una mujer en casa. ¿Te acuerdas cuando se debatió hará un par de años, cuántos días había que dar de baja en caso de fallecimiento de un familiar? Se estuvo discutiendo pasar de tres día a uno.

Bueno, que muera alguien en una familia es un terremoto y si se está diciendo que el trabajador no le dedique más de un día a eso es porque se da por supuesto que hay una mujer en casa que es la que se va a ocupar de hacer el duelo, de desmontar la casa del fallecido y todo lo demás. Es decir, que toda esa parte de los cuidados, de las relaciones personales y lo emocional se está negando como si no existiera, pero realmente se puede negar porque hay mujeres que se ocupan, eso sí, en detrimento de su autonomía y de su propio proyecto vital. Se dedican a ser la retaguardia para que esa vanguardia masculina pueda avanzar.

Un libro que acabo de leer que se llama ‘La mujer invisible’ cuenta muchos ejemplos de cómo los hombres, que son los que toman las decisiones, las toman sin tener en cuenta a las mujeres. Y un ejemplo que pone es el de una alta ejecutiva de Facebook que cuando se quedó embarazada, se dio cuenta de que aparcar su coche en el enorme aparcamiento de la empresa y recorrer centenares de metros con su barriga de ocho meses era muy duro y que nadie había reparado en eso. Entonces fue ella la que acudió a la dirección y propuso que había que dejar una zona del aparcamiento pegada a las oficinas para que aparcaran las mujeres embarazadas.

Fíjate, hay plazas de aparcamiento reservadas para personas que van con muletas o silla de ruedas que les permiten aparcar en lugares más cómodos. ¿Por qué no las hay para mujeres embarazadas? Cuando estás de siete meses u ocho, intenta aparcar en su sitio estrecho, donde no puedes casi ni abrir la puerta, y luego en un centro comercial recorre un montón de metros hasta el ascensor… ¿Por qué eso no está previsto? Porque los legisladores y los políticos no ven a las mujeres. Me recuerda a una frase de Rosa Regás que dice: “Los hombres no es que no nos quieran, es que no nos ven”.

Además, está el problema añadido de reengancharse al mundo laboral cuando se opta por dedicarse al cuidado de los hijos cuando son pequeños.

Eso es algo que aún no está resuelto. Y no se agota en las 16 semanas de baja. Está muy bien que las 16 semanas sean para padres y para madres, pero es que ocuparse de un niño o una niña no son 16 semanas, son 16 años.

Y si no se dispone de suficientes recursos económicos…

¿Quién se ocupa? Es algo que tiene que asumir la sociedad, porque la sociedad lo necesita, y sin embargo al final lo asumimos nosotras, medio queriendo y medio sin querer. Por una parte estamos contentas, pero por otra parte es muy injusto que lo asumamos sólo nosotras y pagamos un precio que se traduce en dependencia económica respecto a nuestras parejas, en exclusión del mercado laboral y en renuncia a nuestras ambiciones y proyectos profesionales. Eso es lo que yo explico en mi libro contando mi propio caso.

Al leerlo, muchas mujeres que estén pasando por esa situación pueden sentirse identificadas y encontrar cierto consuelo.

Sí, además, cuando lo lees lo ves más claro y lo entiendes mejor que cuando lo estás viviendo.

Laura Freixas – © María Gilabert / Revista Casa Mediterráneo

Como antes comentaba, las mujeres aportan sus experiencias y su punto de vista como tales a la literatura, pero ¿se puede hablar de una literatura de mujeres?

Hay una literatura de mujeres, como hay una literatura de hombres. Las dos forman parte de la literatura en general, pero sus puntos de vista y las experiencias que cuentan son distintos, igual que existe, por ejemplo, una literatura de la I Guerra Mundial, que es tan buena, mala o regular como la literatura de otra época, pero que concretamente refleja las experiencias de quienes la vivieron. O igual que hay una literatura inglesa, que es distinta de la literatura de Estados Unidos; o hay una literatura de la Generación del 98. Es decir, ¿forma parte de la literatura? Sí, pero refleja el espíritu de una época, unas preocupaciones propias de una determinada circunstancia histórica…

Con las mujeres pasa lo mismo, pero no hay que pensar que hay una literatura sin adjetivos, que casualmente es la que hacen los hombres, y luego una literatura específica, sólo de mujeres y sólo para mujeres, que es la que hacen ellas. Lo que pasa es que esa idea de que hay una literatura general, que es la de los hombres, y luego una literatura particular, que es la de las mujeres, no es más que el reflejo para el caso de la literatura de una idea general que es la base de la ideología patriarcal, según la cual el verdadero ser humano es el hombre. O sea, el hombre encarna toda la humanidad, expresa toda la humanidad y lo que hace concierne a toda la humanidad y, en cambio, las mujeres son sólo una parte marginal de las experiencias humanas.

Tan humana es la guerra como la maternidad. Yo nunca he vivido una guerra y sin embargo sí la maternidad y escribo sobre lo que he experimentado. De hecho, los hombres también escriben sobre lo que han vivido y la prueba es que a lo largo de una larguísima historia de la literatura prácticamente no han escrito sobre la maternidad. Han escrito sobre personajes de madres, vistos desde el punto de vista de los hijos, pero sobre la experiencia de la maternidad, de quedarse embarazada o no quedarse, de tener hijos, de no tenerlos, de cómo criar a los hijos, etc. etc. no, porque no es su experiencia. Igual que han escrito sobre la guerra y no han contado las violaciones de guerra; o igual que han escrito sobre prostitución y no sobre las experiencias de las prostitutas.

La literatura hecha por mujeres está dirigida a los lectores en su conjunto, sin distinciones de género, pero ¿quiénes la leen?

Las escritoras no escriben sólo para lectoras, al igual que los escritores no escriben sólo para lectores, lo que pasa es que estamos en una sociedad patriarcal donde lo femenino se considera marginal y de segunda clase y, por lo tanto, los hombres en general no leen mucho a mujeres. Las mujeres las leemos porque buscamos el reflejo de nuestra propia experiencia y los hombres buscan también en los hombres el reflejo de su propia experiencia. Nosotras escribimos para todo el mundo, de hecho, nos leen mujeres mucho más que hombres, pero eso no es un problema nuestro, es un problema de los prejuicios de la sociedad.

Entonces, si los hombres leyeran más a las mujeres ¿las entenderían mejor?

Exacto, leed a las mujeres y las entenderéis mejor. Nosotras a ellos les entendemos más porque les leemos y se están expresando todo el tiempo. Por ejemplo, ¿quiénes opinan en la prensa? Hay muchos estudios sobre eso y quienes opinan son mucho más hombres que mujeres. Quienes tienen voz en general son mucho más los hombres. ¿Quiénes expresan la voz de la Iglesia? La Iglesia se supone que son los fieles y las fieles y sin embargo quienes expresan su voz, quienes hacen los sermones, los comunicados de la Conferencia Episcopal, El Vaticano… son solamente hombres. En general, en la política esto ha cambiado gracias a las cuotas, pero ¿quién expresa la opinión de los empresarios? Los empresarios hombres.

¿Las cuotas son necesarias mientras no haya una situación de igualdad?

Efectivamente, porque es la manera que hemos encontrado de corregir la desigualdad.

Clásicas y Modernas para la igualdad de género en la cultura es una asociación que usted fundó, de la que ahora es su presidenta de honor. En el campo de la cultura, ¿hay una inequidad manifiesta?

Sí. Son mujeres en su mayoría quienes estudian las carreras relacionadas con la cultura; es decir, entre los licenciados en Filología, en Historia, en Bellas Artes, etcétera, las mujeres son mayoría. También son mayoría entre quienes leen libros, van a los museos y al teatro. Son mayoría quienes reciben la cultura, pero no son mayoría entre quienes crean la cultura -están por debajo de la mitad-, y sobre todo los más influyentes son hombres: los directores de los museos, los que forman la Real Academia, los que reciben los principales premios, los más conocidos, los autores que están en las lecturas obligatorias de las escuelas…

No es un mundo igualitario, sino un mundo en el que se dan los gráficos en tijera, lo que quiere decir que hay más mujeres entre quienes se licencian y menos hombres; luego, cuando vamos al doctorado hay menos mujeres y más hombres; y al final, cuando nos fijamos en los cargos directivos, el eje de los varones se dispara. Por ejemplo, los hombres son muy minoritarios en la carrera de Historia del Arte y, sin embargo, los directores de los grandes museos son todos hombres.

Nosotras queremos contribuir a una cultura donde haya más igualdad, no solamente porque eso es una reivindicación legítima de quienes nos dedicamos profesionalmente a ello, sino porque la cultura que estamos creando tiene que ser un espacio donde toda la ciudadanía tenga voz, donde no escuchemos sólo la voz de los varones heterosexuales blancos y de clase media, que es lo que está pasando.

¿Qué tipo de actividades desarrolla la asociación para alcanzar estos objetivos?

Por un lado, llevamos a cabo labores de investigación, consistentes en buscar los datos y poner de relieve que hay una desigualdad cuantitativa muy importante. A la vista no está y sin embargo es muy fácil de ver. Por ejemplo, las películas españolas que se estrenan en España son dirigidas por hombres en aproximadamente un 90% de los casos. Hay una desigualdad muy flagrante, que curiosamente no se ha percibido durante muchos años. Ha existido ese mito de que la cultura es un campo donde hay igualdad, libertad y progresismo cuando, de hecho, hay una profunda desigualdad.

Entonces, una cosa que hacemos es buscar los datos y señalarlos. Por ejemplo, durante mucho tiempo algo que ha hecho Clásicas y Modernas ha sido escribir a los jurados de los premios nacionales que concede el Ministerio de Cultura, como el Premio Nacional de Bellas Artes o el Premio Nacional de Poesía, y decirles: “En los 30 años que hace que existe este premio sólo se ha premiado a tres mujeres”, por ejemplo. Para que se pregunten por qué.

Ésa es la parte crítica y cuantitativa, pero luego hay otra más positiva, creativa y de propuestas. Por ejemplo, hacemos muchos ciclos de conferencias sobre mujeres importantes del pasado, que han sido olvidadas. Esta semana [por la pasada] he inaugurado en Bilbao un ciclo que dirijo, organizado por Clásicas y Modernas, que se llama ‘Rebeldes y Revolucionarias’, donde ofrecemos conferencias sobre mujeres que han tenido un papel muy relevante en la Revolución Francesa, en la Revolución Rusa, en la II República Española… Eso que debería hacer la escuela, lo hacemos nosotras.

También tuvimos la iniciativa de crear el Día de las Escritoras, junto con la Biblioteca Nacional y una asociación de empresarias llamada FEDEPE. Se celebra un día del año, ahora vamos por la cuarta convocatoria, a mediados de octubre, en el que hacemos una lectura pública de textos de diferentes escritoras y leemos fragmentos de un minuto y medio que tienen un tema en común, como puede ser el poder, el amor… Ha tenido muchísimo éxito. Lo hicimos por primera vez en la Biblioteca Nacional y ahora se realiza en universidades, teatros, librerías, bibliotecas… de España y de algunos países extranjeros, sobre todo de América Latina.

De hecho, el Día de las Escritoras se celebró el año pasado en Casa Mediterráneo, con la participación de la escritora Rosa Regás y la cantante y compositora Carmen París.

Sí, y se hizo también en las Cortes Valencianas. Además, todos los años dirijo un ciclo de películas en la Sala Berlanga, que es de la Fundación SGAE en Madrid, para la que elijo un tema que tiene que ver con las mujeres, como ‘Madres e hijas’, ‘Amigas’, ‘Maestras y discípulas’, ‘Las mujeres y el poder’. Busco películas españolas sobre esa temática, las proyectamos, las comentamos y eso nos sirve para visibilizar la experiencia de las mujeres.

Compartir esta entrada:
mariagialma@gmail.comLaura Freixas: “Las mujeres han tenido un papel muy activo e influyente en la literatura, el problema es que luego desaparecen del relato”