Revista Casa Mediterráneo

Luz Gabás: “La apatía existencial es uno de los riesgos que corremos en nuestra sociedad”

en octubre 28, 2019

El debut literario de Luz Gabás Ariño (Monzón, Huesca) no pudo ser mejor. Su primera novela, ‘Palmeras en la nieve’ (Temas de Hoy, 2012), una historia de amor que recupera las raíces coloniales en Guinea Ecuatorial, fue un rotundo éxito, que se amplificó al llevarse al cine y ganar dos Goyas. Semejante debut le abrió las puertas a Gabás, licenciada en Filología Inglesa, para seguir publicando con mayor certidumbre sus siguientes novelas: en 2014 ‘Regreso a tu piel’ y en 2017 ‘Como fuego en el hielo’, ambas con Planeta, con las que se consolidó como una de las grandes escritoras españolas contemporáneas.

Actualmente, Luz Gabás reside en Benasque, en las montañas del Pirineo aragonés, donde ha escrito su última novela ‘El latido de la tierra’ (Planeta, 2019) una historia que, sin ella pretenderlo, reivindica el mundo rural, con sus pros y sus contras, y aborda temas tan trascendentes como el amor, la amistad, la familia y el pasado, con el trasfondo de un misterioso crimen que atrapa al lector desde las primeras páginas. La autora estuvo el pasado 25 de octubre en Casa Mediterráneo para participar en el ciclo ‘Escritores y el Mediterráneo’ ante un auditorio entregado a sus palabras.

Su última novela, ‘El latido de la tierra’, es una reivindicación del mundo rural en una España que se despuebla, sin obviar las desventajas de vivir en un pequeño pueblo. ¿Cómo ha sido su propia experiencia de abandonar la gran ciudad para trasladarse a una zona rural?

En esto hay trampa porque yo, al fin y al cabo, tenía la sensación de que iba a casa, no a un entorno rural desconocido, o de repente a hacerme cargo de unas actividades con las que no tuviera relación. Yo he vivido siempre en un entorno rural, mi padre tenía huerto, mi marido también, en casa lo hay, tenemos animales… Es verdad que vivo en un sitio turístico, por tanto hay épocas muy tranquilas y otras de mucha diversión. Lo matizo así para que nadie se lleve a engaño.

Por otra parte, no pretendía hacer una novela abiertamente reivindicativa del mundo rural, sino que como he crecido en ese entorno, para mí el escenario es conocido y quería que éste tuviera un protagonismo importante. Más bien es una novela sobre una generación, la mía ha tenido mucha vinculación con el mundo rural. Si los lectores perciben una reivindicacion sobre el mundo rural, me parece muy bien, la acepto, sobre todo si sirve para tratarlo con normalidad.

Ya sabemos que es un drama lo que se está viviendo con la despoblación, pero vamos a ver la otra parte. Hay gente viviendo en el mundo rural y haciendo muchas cosas allí y quizás gracias a las nuevas tecnologías, las nuevas formas de trabajar y al nuevo deseo de volver a la naturaleza, poco a poco esa situación se pueda revertir, aunque nunca será como el mundo rural que vivimos y recordamos. Eso ya está muerto y desaparecido, pero creo que será otra manera de relacionarse con el mundo rural, o sea, que soy moderadamente optimista.

Y en cuanto a mi experiencia, de momento no me he arrepentido, pero si dentro de diez años tuviera que vivir en una ciudad lo haría -ojalá no, porque tomé una decisión y estoy muy a gusto, y carencias no he notado muchas, sinceramente.

Esta novela saca a la luz temas como el paso del tiempo, la nostalgia del pasado, el amor, las ataduras familiares, la amistad,… a través de personajes que en ocasiones resultan antagónicos. Esta historia afirma que el amor es posible entre personas aparentemente diferentes, pero a las que une lo esencial, y que hay que saber dejar el pasado atrás.

Sí, yo soy muy esencialista en esto. Creo que en todos los lugares del mundo hay unos valores mínimos, a los que llamo esenciales, que son iguales: el amor por los demás, el respeto, cosas de sentido común… quiero creer que eso es común a todos los seres humanos, sentimientos que nos unen respecto a la vida y la muerte. La manifestación cultural será diferente, pero el sentimiento es el mismo.

Y efectivamente, nos aferramos tanto al pasado que a veces no nos damos cuenta de que que tenemos que superarlo. Se puede entender a nivel individual en el caso de Alira (la protagonista), esta situación respecto a su primer amor, como una metáfora de la manera en la que nos aferramos al pasado sin resolverlo en el plano emocional. Por eso quería que apareciera su primer amor, porque creo que es muy identificable en muchos lectores.

Imagínate si muchos años después, aquél de quien te enamoraste lo tuvieras en tu misma casa, cerca, a ver qué chispa surge. Tanto la mansión Elegía como el primer amor representan ese pasado de Alira que ha supuesto su discurso sólido durante toda su vida. Y por otro lado, está la persona que es muy diferente a ella pero, como tú dices, en esencia, resulta que les unen más cosas que las que les separan. Hay guiños a ‘Los puentes de Madison’, ‘El amante de Lady Chatterley’ y ‘Jane Eyre’. Lo explico en la nota de la autora; estos tres casos, en cuanto a la relación entre los dos personajes, los tenía presentes en la cabeza.

Luz Gabás, a la derecha, junto a la moderadora del encuentro, Marina Vicente, en Casa Mediterráneo – © María Gilabert / Revista Casa Mediterráneo

En el libro está muy presente el pasado, que nos convierte en lo que somos, pero que también puede pesar como una losa, como le ocurre a la protagonista. ¿Es necesario soltar amarras a tiempo, antes de que sea demasiado tarde?

Cuesta muchísimo. Somos lo que hemos heredado. En la novela aparece en la forma de mansión y tierras, un patrimonio. Lo de menos es la magnitud, cada uno puede pensar en su propia carga, en su propio exceso de responsabilidad hacia algo que nos viene dado. La teoría es así: “Sé tú misma y suelta amarras”. Pero comprendo que cuesta y no siempre podemos. Creo que la novela, de alguna manera, plantea lo siguiente: Una vez que uno es consciente de que tiene un problema, quizás puede empezar a aceptarse, a aceptarlo y no darle tantas vueltas, porque la vida pasa muy deprisa.

En ocasiones no puedes cortar con el pasado, resulta imposible porque has nacido en un sitio con unas características. Y si miras al pasado con ira, mal, y si te aferras demasiado al pasado, igualmente, porque entonces envejeces mal. Se trata de encontrar la serenidad, ese momento en el que consigues el equilibrio entre lo que has sido y lo que quieres ser, aceptando tu pasado, pese a esa responsabilidad de tu familia, de tu historia, de tu sangre y de tu lugar, y haciendo uso de la libertad, que hemos tenido la suerte de disfrutar -la novela está ambientada en España, en las últimas generaciones-. Puede ocurrir que aunque hayamos tenido libertad -como en la relación entre Adrián y Dunia-, puede haber estado mal encaminada y haya desembocado a una apatía existencial. Ése es otro de los riesgos que corremos en nuestra sociedad y es lo que quería reflejar en esa relación entre estas dos personas y todo lo que les sucede. Quería reflejar la apatía de la sociedad actual. Hay un momento en el que ya da igual si matas o no, si te juzgan o no.

La rutina no tiene por qué ser mala, aunque en la relación entre estos personajes sí es la causa del deterioro de su matrimonio.

No, pero en términos literarios o incluso de revista de los domingos, la palabra “rutina” está cargada de connotaciones negativas. Yo soy una persona rutinaria y a mí me funciona. Es verdad es ahora estoy de viaje y puede parecer desde fuera que es algo muy especial y sofisticado, pero soy una persona de rutinas y estos viajes me sacan de ellas. Está bien porque me espabilan, pero deseo volver a mis hábitos. Nunca he entendido esa carga negativa que se le atribuye.

Quizás esa carga negativa es porque se trata de rutinas aburridas.

Yo no me aburro nunca, y si te aburres coge un libro y se acabó el aburrimiento.

Exacto, pero es algo que depende de uno mismo. Y creo que con frecuencia ciertas personas tienden a echar la culpa de sus males a los otros.

Por eso Alira es tan reflexiva, porque todo eso ella lo va pensando. Llega un momento en el que parece que la culpa de su actitud existencial la tiene el entorno en el que ha vivido. Le echa la culpa a la casa, a la madre, a la herencia, a la familia… y se rebela contra eso. Poco a poco se tendrá que dar cuenta de que es absurdo. Tú eres como eres por lo que ha sucedido antes de tu nacimiento, pero también has tenido la libertad para tomar tus decisiones y enfrentarte, llegado el caso, si tienes que hacerlo.

De hecho, Alira siempre se ha visto diferente a los demás, pero a lo largo de la trama se detecta un cambio de actitud, una evolución.

Al principio Alira es más oscura, cerrada, contenida. El mundo que ha conocido la ha hecho diferente y eso se lo recrimina a su madre y a sus antepasados. Pero creo que la habilidad de Alira es precisamente ser capaz de transformarse; es un personaje oscuro que se va iluminando y me gustó mucho escribirlo. Esa persona que aparece en su vida le abre las puertas para que entre la luz y para que salga la luz que ella lleva dentro.

Luz Gabás en primer plano, junto a Marina Vicente – © María Gilabert / Revista Casa Mediterráneo

En el libro hay personajes que muestran cierta hipocresía al expresar ante los demás su amor por el mundo rural, cuando en el fondo lo detestan.

Yo creo que más bien pretende señalar que normalmente se ha asociado el mundo rural con un lugar inferior. Si ahora está de moda hablar del mundo rural, todos somos rurales. Pero bueno, no es exactamente así y eso es lo que quería señalar. Y por otro lado, tampoco idealicemos el mundo rural, ni cómo vivían antes, en ese sentido de comunidad.

Ahora, cuando hay personas jóvenes que quieren instalarse para llevar una nueva vida en un entorno rural van con su filosofía y su forma actual de ver el mundo. Es un concepto de comunidad que no funcionaba exactamente igual hace cien años. Entonces, todo lo que surge ahora es nuevo. Estamos redefiniendo lo es que ser rural. Y creo que es necesario que se redefina. En el mundo rural hay personas que leen y que no, que viajan y que no, que se expresan bien y que no… al igual que en la ciudad. Estas barreras se están diluyendo. Más que hipocesía, en ciertas actitudes yo veo desconocimiento o una excesiva idealización.

Su debut en el mundo de la novela fue muy contundente. ‘Palmeras en la nieve’ obtuvo un enorme éxito de lectores, con numerosas traducciones e incluso con la realización de una película que llegó a ganar dos premios Goya. Este arranque tan fuerte, ¿le supuso presión a la hora abordar sus siguientes trabajos literarios o, al contrario, fue un aliciente?

Primero, para mí supuso un privilegio, una gran satisfacción y una tranquilidad, porque me costó mucho encontrar editor para ‘Palmeras en la nieve’, ésta es la realidad. Tú terminas una primera novela, pero hay muchas personas que escriben y a todos nos parece que nuestra obra es lo más maravilloso del mundo literario, y yo no pertenecía al mundo editorial, no conocía a nadie.

Entonces, tienes que buscarte la vida y lo hice con tan buena fortuna que la editora de María Dueñas de ‘El tiempo entre costuras’ se fijó en mi novela, que también hablaba del mundo colonial, en vez de en Tánger, en Guinea. Raquel Gisbert es mi madre literaria, me ha dado otra vida. Al funcionar tan bien la novela, la siguiente siempre es un proyecto nuevo, pero como ya conoces a la editora le dices: “Mira voy a escribir sobre esto y ella te dice adelante”, y ya no tienes que buscar editor. Por eso no tuve esa presión. Además, siempre he sido muy consciente de que ‘Palmeras’ siempre será ‘Palmeras’. Fue especial, extensa, intensa… Escribiré cinco, seis o los libros que sean, pero siempre amaré mi primera novela, como a mi primer hijo.

¿Por qué Guinea?

En la comarca donde vivo, cuando se supo a través de los Claretianos, a finales del siglo XIX que había facilidades para asentarse en Guinea Ecuatorial -los españoles que iban allí recibían una hectáreas de terreno para buscarse la vida cultivando cacao- una persona de la región, en concreto de mi valle (Benasque, Huesca), fue allí y con el tiempo creó la Finca Sampaka, que fue conocida en todo el mundo por la calidad del cacao. Mandaba aviso a los vecinos del valle por si estaban interesados en trabajar en Guinea y así bajaron. Estamos hablando de principios del siglo XX, en los años 1918-20 fueron mis abuelos, así como 200 personas de la comarca, de mi valle mi padre y un tío de otro pueblo. Vivieron muchos años en Guinea, donde trabajaban por campañas y luego volvían a casa.

La historia de Guinea la he conocido desde niña, en casa teníamos cuadros y objetos guineanos, anécdotas todas, narraciones todas, historias…

Era una historia que había que contar.

A mí me extrañaba que nadie lo supiera. Yo decía: ¿Cómo es posible que hable de Guinea como si fuera una provincia más?, que de hecho lo fue. Mucha gente no sabía ni ubicar Guinea. Por eso creo que el valor de ‘Palmeras en la nieve’ es que aparte de la historia, de la ficción, de la narrativa, cubre un hueco y permitió hablar de Guinea, tiene una parte didáctica, porque trata todo: desde el principio de la colonia hasta la independencia. Y los menores de 50 años no estudiaron Guinea en los libros de texto, no se hablaba de ello. De modo que ‘Palmeras’ ha servido para que muchas personas mayores hayan podido hablar del país al generarse interés por escucharlos. Me parece hermosísimo lo que sucedió. A nadie se le ocurrió escribirlo y mira que fueron 40.000 personas o más a trabajar y vivir a Guinea, y tuve que ser yo.

¿Quedó satisfecha con la película que se hizo del libro?

La película tuvo el grandísimo mérito de llevar a gente joven al cine, que pudo conocer la historia de Guinea, porque hay lectores jóvenes de 18 o 20 años que no están acostumbrados a leer libros tan gordos, que no tenían ni idea de la historia del país, y fueron al cine por la razón que fuera, por ver a los actores o los paisajes. Y gracias a la película se acercó mucha gente joven a la historia de ‘Palmeras’.

Además es un peliculón, la he visto siete u ocho veces. Es una película española con un gran presupuesto, muy bien hecha. ¿Qué es lo que no hay en la cinta? La parte política, que se encuentra en la novela. Quien quiera saber más, puede leerla. Hay diferentes niveles de lectura y cada uno elige lo que le interesa y le motiva. Creo que la combinación novela y película funcionó y se complementaron muy bien.

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