Revista Casa Mediterráneo

Mónica García Prieto: “En el periodismo hay una tendencia que nos convierte en voceros de los políticos y nos resta credibilidad”

en diciembre 17, 2020

Curtida en el ámbito del periodismo internacional durante 25 años, Mónica García Prieto ha recorrido el mundo como reportera de guerra. En sus informaciones, además del rigor y la honestidad, nunca ha faltado el compromiso con los derechos humanos. García Prieto ha sido corresponsal en Roma, Moscú, Jerusalén, Beirut, Bangkok y Shanghai, trabajando para medios como El Mundo, Onda Cero, Europa Press y CBS News y desde 2014 ejerce como freelance para El Mundo, Periodismo Humano y Cuarto Poder.

Entre sus coberturas destacan la guerra de Chechenia, la invasión estadounidense de Irak, las ofensivas israelíes sobre la franja de Gaza, la guerra entre Israel y el Líbano de 2006, la ocupación militar y el conflicto sectario en Irak, las protestas de las llamadas “Primaveras árabes”, la guerra en Siria, la crisis de los barcos de esclavos en Tailandia, la limpieza étnica contra la comunidad rohingya en Birmania, la dictadura en Corea del Norte y el genocidio cultural de China sobre sus minorías étnicas. Con semejantes experiencias Mónica García Prieto ha vivido de cerca el peligro, un riesgo que asume como parte de su profesión y que no deja que anule su capacidad para denunciar situaciones de injusticia.

Su amplia trayectoria ha sido reconocida con los premios Dario D’Angelo en 2005, José María Porquet de Periodismo Digital en 2011, José Couso de Libertad de Prensa en 2013, Julio Anguita Parrado en 2016 y Cirilo Rodríguez de 2017. Es autora, junto a Javier Espinosa, de los libros ‘Siria, el país de las almas rotas: De la revolución al Califato del ISIS’ (Debate, 2016) y ‘La semilla del odio. De la invasión de Irak al surgimiento del ISIS’ (Debate, 2017), con quien realiza un taller de reporterismo de guerra teórico y práctico que trata de cubrir una enseñanza ausente en las facultades de periodismo.

Mónica García Prieto participará el próximo viernes 18 de diciembre a las 11 horas en un encuentro virtual dentro del ciclo ‘Periodistas y el Mediterráneo’ moderado por la periodista Sonia Marco, que organizan Casa Mediterráneo y la Universidad Miguel Hernández. Mantuvimos una entrevista con la periodista para acercarnos un poco a su figura, aunque para ella los protagonistas deben ser siempre las personas y las historias que documenta en sus reportajes.

¿Cuándo supo que quería dedicarse a la información internacional como reportera?

Desde muy jovencita. Me gustaba leer prensa desde pequeña y leía información internacional, lo que me permitía conjugar varias inquietudes que tenía en aquel momento que eran la historia contemporánea, vivir aventuras de alguna manera y entender mejor a la gente que me rodeaba, la psicología de los humanos, de la sociedad, los intereses antropológicos y sociológicos para comprender el entorno. Y consideraba que el periodismo internacional me permitía hacer las tres cosas: vivir aventuras, ver historia y entender un poco mejor las razones del comportamiento de los seres humanos. Con lo cual, fue bastante natural, desde los 15 o 16 años ya lo tenía muy claro.

En las facultades de España el periodismo de guerra apenas se enseña. Junto al reportero Javier Espinosa imparte el taller de periodismo “Manchados de barro” para llenar esta carencia universitaria. ¿En qué consiste? 

Es exactamente lo que has dicho. Se trata de rellenar un hueco que encontramos, que persiste en el tiempo desde que nosotros salimos de la facultad. Profesores que no saben de política internacional, que no están habituados a estos temas, que no han sido corresponsales ni enviados especiales, no tienen la experiencia ni la inquietud, con lo cual esa vocación que siguen manteniendo muchos estudiantes, igual que nos pasó a nosotros, se siente desatendida de alguna forma y no hay formatos alternativos para formarlos. Por ello, decidimos lanzar este seminario para consensuar las experiencias de los últimos 25 años que hemos acumulado Javier y yo en conflictos muy diferentes. Hemos recorrido los cinco continentes, con lo que podemos hablar de experiencias en diferentes tipos de culturas y de conflictos y enfocarnos al desempeño desde el punto de vista más ético posible del periodismo de guerra, conjugándolo con un conocimiento exhaustivo de cómo moverte en el entorno de la seguridad, que es muy complicado y sólo se recaba con muchos años de experiencia. Pero si nosotros hubiéramos partido hace 25 o 30 años con esta experiencia, evidentemente nos habríamos llevado muchos menos sustos. La idea es facilitar el tránsito a los estudiantes desde la cero experiencia para intentar minimizar los riesgos de seguridad que se presentan, que son muchos.

El curso está ahí, ahora mismo desactivado debido a la Covid, como es lógico, porque va dirigido a grupos de entre 6 y 8 estudiantes, con lo que el cupo de reuniones salta por los aires, pero tenemos muchas ganas de que acaben las restricciones por la pandemia para poder lanzarlo. Recibimos muchas solicitudes de gente muy interesada, precisamente alegando eso que comentabas, que se encontraba con esa carencia en la facultad, sin saber cómo rellenarla y la única manera era ir al terreno a las bravas y aprender. Y, claro, eso supone una inversión en dinero muy cara para no tener ninguna seguridad de publicar, ni de recuperar así la inversión realizada, y además arriesgando tu vida. El taller trata de ser la malla de contención para frenar un poco el impacto cuando caes sobre una zona de conflicto.

Mónica García Prieto entrevistando a Mohamed Husein Fadlalá, ulema y ayatolá libanés.

¿Como enviada especial o corresponsal en algún momento se ha encontrado con que su redactor jefe no haya visto la importancia de un reportaje y lo haya relegado, alegando falta de espacio en el periódico por la preeminencia de otras noticias como una cumbre internacional o sucesos de otro tipo?

Sí, me ha pasado muchas veces. Es una cosa que ocurre sobre todo a medida que el periodismo impreso, a partir del año 2003-2004, empezó a convertirse en un proyecto mucho más nacionalista, más patriótico, más español, menos exterior. Se comenzó a coartar la información internacional. Los editores alegaban que al lector no le interesaba lo que pasaba fuera de sus fronteras, pero me temo que era a ellos a los que no les interesaba porque hacían política y desarrollaban ciertos intereses económicos con lo que pasaba dentro. Se empezó a reducir el número de páginas, efectivamente, ése era un argumento y ocurría bastante.

Te podría contar un caso, por poner un ejemplo, que me ocurrió en Faluya, una ciudad suní de Irak donde en un momento dado cuatro contratistas norteamericanos fueron detenidos y asesinados por la multitud, colgándolos de un puente. Eso dio paso a una ofensiva de Estados Unidos de un mes, que fue terrorífica, contra la población civil. Allí se había introducido gente de Al-Qaeda, que era la que luchaba, y la situación era muy compleja. Entrar era imposible, pero lo conseguí el mismo día en el que se levantó el cerco de Faluya, el último día de combates. Fue la entrada a una ciudad que había sido sitiada durante un mes y se había convertido en un cementerio, literalmente. El campo de fútbol era un cementerio, el jardín del hospital era otro cementerio improvisado… una situación muy espectacular, olía a muerto. Llegar fue muy complicado y peligroso. Y una vez que tuve toda la historia, después de pasar 24 horas allá, con la gente de Al-Qaeda, llamé al periódico y me dijeron: “Muy bien, fantástico, estupendo, pero no tenemos espacio. Tendrás que aguantar unos días”. No podía esperar porque era un tema exclusivo y al día siguiente ya iban a entrar todos los periodistas. Me dijeron que había una cumbre o una cita política y para ella era todo el espacio que podían reservar. Y, efectivamente, se quedó para el día siguiente.

Aparte de la oportunidad de perder una exclusiva de gran importancia, los periódicos que excluyen este tipo de noticias internacionales para dejar espacio a cumbres internacionales, no tienen en cuenta que a los lectores quizás no les interesan tanto este tipo de cuestiones políticas como las historias humanas, que en la prensa de los últimos años se están dejando de contar…

Efectivamente, además es una tendencia desde hace muchos años que nos convierte en voceros de los políticos y, por tanto, nos resta credibilidad. ¿Qué interés tiene replicar la declaración de un político que sabemos que no se tiene por qué cumplir y que por lo general además no se cumple? No estamos participando en la teoría de que todos estamos al servicio de los pueblos; resulta que la prensa está al servicio de los poderosos. Esto nos resta credibilidad. Nuestro papel no es repetir como loros lo que dicen los demás, sino comprobar si se llevan a cabo esas palabras. Y por lo general los políticos, sobre todo en estas cumbres, lo que hacen es lanzar promesas falsas que nunca se cumplen. Noticia sería que cumplieran su promesa; el día que la ejecuten eso será noticia, pero el anuncio en sí no debería ocupar espacio en los periódicos.

Entonces como tú dices, en primer lugar, eso nos resta credibilidad y, en segundo lugar, está mermando la capacidad de que el lector empatice con problemas y que, por tanto, pueda asumir la responsabilidad de cambiarlos mediante su voto. Si sabe lo que está pasando realmente con un refugiado antes de coger una patera y pasar 15 días en el Mediterráneo para llegar aquí, si conoce la parte anterior, por qué está huyendo de su país en esas circunstancias tan terribles posiblemente no se estaría alentando tanto el racismo y la política antimigratoria. Pero si sólo nos quedamos en la patera que llega y en el discurso político de que vienen a invadirnos, evidentemente estamos restando armas al lector para que juzgue en la totalidad del acontecimiento lo que ha pasado. Creo que eso, efectivamente, nos está quitando credibilidad y dañando muchísimo la imagen del periodismo.

Usted ha cubierto la guerra de Siria y ha escrito junto con Javier Espinosa el libro ‘Siria, el país de las almas rotas: De la revolución al Califato del ISIS’ (Debate, 2016), un conflicto enquistado en el tiempo que ha causado numerosos muertos y cientos de miles de refugiados. ¿Por qué este conflicto no ha movilizado a la población civil occidental como sí lo hizo por ejemplo la Guerra de Irak?

Pues seguramente porque la Guerra de Irak fue el gran desengaño de la población internacional. Salieron a la calle millones de personas en todo el mundo y los dirigentes terminaron haciendo exactamente lo que dijeron que iban a hacer, que era invadir Irak, sin ninguna prueba de que hubiera ni armas de destrucción masiva ni ningún vínculo de colaboración con Osama Bin Laden. Ahí se demostró que el papel de los ciudadanos ya no era el de antes, como en Vietnam o incluso en Bosnia, los ciudadanos pasamos a ser irrelevantes y, lo que es peor, la credibilidad de las instituciones internacionales quedó por los suelos. Porque no solamente hicieron una coalición para invadir un país ilegalmente, sino que Naciones Unidas se plegó a los deseos de George Bush y finalmente encontró un ardid legal para amparar aquella invasión ilegal.

Se puso en cuestión toda la credibilidad de las instituciones internacionales, que habíamos creado precisamente para que los dirigentes no pudieran abusar de nosotros, de nuestra confianza, porque al fin y al cabo la ONU y todas las instituciones derivadas vienen de la II Guerra Mundial, cuando se decide reinventar la comunidad internacional para que seres como Hitler no terminen haciendo un holocausto. Cuando esto falla entiendo que la decepción de los individuos de a pie fue brutal. Y todo esto se conjuga con una falta de credibilidad de la prensa increíble, porque ésta había dicho que sí había armas de destrucción masiva en Irak y que había que invadirlo. Llega un momento en el que la población no sabe a quién creer y todos podemos entrar en esa teoría de la conspiración.

Ahí se suman también las redes sociales y todo el daño que ello implica, el que cualquiera pueda dispersar un bulo y que tenga credibilidad porque la gente se la da. Aparecieron cantidad de servidores, por lo general de procedencia rusa, que estaban aliados con el régimen de Damasco y que empezaron a decir que no había una sublevación en contra de Bashar al-Asad, lo cual era falso. Había una enorme sublevación, pero comenzaron a propagar la idea de que todos eran terroristas que había mandado Estados Unidos, que quería acabar con el régimen. Y todo esto crea, insisto, una falta de credibilidad de los medios, se empieza a dudar de la historia y ya no se sabe a quién creer.

A mí me llegaba gente culta, bien formada, académicamente impecable que me decía: “¿Pero no será que todo esto es una conspiración norteamericana?”. Y yo respondía: “¿Y no será que hay una sublevación contra una dictadura que lleva más de 30 años, que está masacrando a su gente desde entonces? ¿No deberíamos pensar en lo más lógico?” En el fondo, todo eso lleva a que no haya una campaña de solidaridad, que en este momento no hubiera cambiado las cosas, pero en los inicios sí. Como he repetido muchas veces, al principio la población no quería un cambio de régimen porque tenía miedo de que pasara como en Irak, que el cambio de régimen implicara una guerra sectaria que al final se desató. Lo que quería era un mínimo de libertades, que acabara la corrupción que estaba masacrándoles. El problema del régimen sirio es que la economía interna estaba sometida a un gran bloqueo y basada en la extorsión a sus ciudadanos. Por cualquier cosa que quisieran hacer, desde casarse hasta levantar una habitación en casa, les pedían comisiones. Y ellos básicamente lo que querían era acabar con ese régimen de clientelismo que les tenía fundidos y fíjate en lo que acabó.

Un periodista muerto es un periodista inútil, porque si no puedes mandar la crónica no tiene ningún sentido que estés allí.

Con tantas experiencias en zonas en conflicto como las que ha vivido habrá experimentado el peligro de cerca, ¿cómo se gestiona el miedo?

No es difícil, es una cuestión de práctica y de experiencia básicamente, una conducta personal que asumes. También tienes que estar preparado en Occidente para un atentado por la calle. Me temo que nos hemos acomodado demasiado pensando que el riesgo es algo que le pasa siempre a los demás y no a ti mismo. Está bien que hayamos asegurado hasta ese punto nuestra seguridad personal, pero no es lo habitual, en la vida hay accidentes, contingencias y eventualidades y hay que saber actuar frente a ellas. Con lo cual creo que esto es una conducta personal, un conducta vital. Efectivamente, en un conflicto puedes tener la buena suerte de que en la peor de las circunstancias tu compañero muera y tú sobrevivas y en la peor de las suertes, cuando acabe el conflicto y salgas, pase algo inesperado, desde una mina que estalle hasta que una bala suelta tirada al aire te mate. Estas cosas ocurren pero, como te digo, son contingencias.

Una vez que estás trabajando en el terreno y te dedicas a este mundo asumes ciertos riesgos, cómo actuar ante ellos y actúas en consecuencia. Estás siempre más alerta que otras personas, como le puede pasar a profesionales de muchísimos sectores, personal de seguridad, fuerzas armadas, bomberos… Y no creo que requiera pautas especiales más que experiencia, más que asumir ese papel de estar siempre alerta, velar por tu seguridad y entender que un periodista muerto es un periodista inútil, porque si no puedes mandar la crónica no tiene ningún sentido que estés allí. Se trata de equilibrar los riesgos que asumes. Tienes que asumir determinados riesgos y no pasarte, porque sabes que si te pasas te arriesgas a no poder mandar la crónica.

Vivir determinadas situaciones duras puede dejar mella en el ánimo del periodista. ¿Una estrategia para poder seguir escribiendo a pesar de la tristeza y el dolor puede ser pensar en la utilidad del trabajo que se desempeña?

Es una estrategia, lo que pasa es que no siempre funciona. Sería como decir: Me duele la cabeza y me voy a concentrar en que no me duela. Es una buena actitud, pero te va a seguir doliendo. Los periodistas de conflictos como otros muchos profesionales que se dedican a labores de riesgo, como los cooperantes o los médicos que trabajan en zona de conflicto, sufren estrés postraumático al igual que lo puede experimentar una persona que haya sufrido cualquier tipo de situación que exceda la intensidad habitual. ¿Cómo gestionas esto? Se puede gestionar solo o buscar ayuda, como hace mucha gente. Sobre el terreno no lo puedes controlar, pero lo que a mí me funciona es eso. Hay un momento de shock en el que se desbordan las emociones, es humano, completamente lógico y tampoco se puede combatir, y la única manera de afrontarlo es pensar: Yo aquí tengo una función, si la cumplo, al menos estoy ayudando; si me hundo y no cumplo mi función, soy inservible, inútil. Si encima no lo denuncias, ¿qué haces allí? Al final lo que tienes que hacer es mandar la crónica y luego ya llorarás cuando te vayas a dormir.

Compartir esta entrada:
mariagialma@gmail.comMónica García Prieto: “En el periodismo hay una tendencia que nos convierte en voceros de los políticos y nos resta credibilidad”