Revista Casa Mediterráneo

Pablo Sánchez: “Viene bien descubrir cómo las visiones sobre el patrimonio, los monumentos o los edificios son tan cambiantes a lo largo del tiempo”

en enero 31, 2022

Pablo Sánchez Izquierdo presentó el pasado 28 de enero en la sede de Casa Mediterráneo su libro ‘La ciudad pensada, la ciudad vivida, la ciudad representada. Impresiones y expresiones artísticas sobre las transformaciones urbanas y la ordenación del territorio en Alicante (1894-1939)’ de la mano de la Cátedra Demetrio Ribes de la Universidad de Valencia y la Conselleria de Política Territorial, Obras Públicas y Movilidad. 

Los planos y los mapas ofrecen una valiosa información sobre el desarrollo de las ciudades, pero no permiten conocer si quienes las habitaron sintieron aprecio por las reformas urbanas y arquitectónicas que en ellas se acometieron. Por este motivo, Pablo Sánchez busca en los testimonios de prensa, textos literarios, fotografías, filmaciones, dibujos, esculturas o pinturas qué tipo de relación se estableció entre los ciudadanos de Alicante y el espacio que habitaron; y establece hipótesis acerca de si las actuaciones urbanísticas con las que se buscó modernizar la urbe fueron aceptadas, aplaudidas y consideradas como motivo de orgullo. Con el fin de conocer más a fondo el contenido de la obra, mantuvimos una entrevista con su autor.

Doctor en Historia del Arte con Mención Internacional por la Universitat de València (2020), la carrera profesional e investigadora de Pablo Sánchez se ha desarrollado tanto en el ámbito museográfico como en el universitario. En 2014 obtuvo una beca de museografía y musicología de la Diputación Provincial que le permitió incorporarse al Museo de Bellas Artes Gravina (MUBAG) hasta 2015. Ese mismo año pasó a formar parte del Departament d’Història de l’Art de la Universitat de València, donde permaneció hasta 2019 como personal investigador en formación, gracias a la obtención de un contrato para la Formación del Profesorado Universitario concedido por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Posteriormente, desarrolló su labor docente en educación secundaria (2020-21), así como adscrito al Departamento de Historia del Arte y Musicología de la Universidad de Oviedo. A lo largo de su carrera ha realizado estancias de investigación en la Universitat de Barcelona y en el Meadows Museum de la Southern Methodist University (Dallas, Texas). Es autor de diversas publicaciones y contribuciones a congresos donde analiza cuestiones como la memoria histórica, las dimensiones artísticas de la ciudad contemporánea, los paisajes culturales y la iconografía urbana, prestando especial atención a Alicante.

¿Cuál es el germen de este libro y, dada la cuantiosa información textual y gráfica que contiene, cuánto tiempo le ha llevado hacerlo?

Le he dedicado muchos años. El libro lo he escrito entre 2020 y 2021, pero tiene su origen en trabajos anteriores relacionados con mi formación académica. Primero, con mi trabajo de final de Master, que trataba básicamente de arquitectura; segundo, con mi tesis doctoral que hablaba de muchos aspectos de Alicante, de exposiciones, de pintura, de escultura, evidentemente de arquitectura… Y decidí publicar una pequeña parte de la tesis doctoral, del primer capítulo, revisado y ampliado, en forma de libro porque la Cátedra Demetrio Ribes de la Universidad de Valencia, que es la que finalmente lo ha publicado, convoca todos los años un premio al que se presentan propuestas. No gané en esa edición, pero sí se consideró que el libro merecía ser publicado porque entraba en la línea editorial de la cátedra. De modo que me puse a reelaborarlo y a revisarlo hasta que se publicó.

La obra está dividida en varios capítulos. ¿Qué se van a encontrar los lectores en cada uno de ellos?

El libro se centra en la relación entre la ciudad y sus imágenes, sobre todo en el ámbito de las Bellas Artes. Está dividido en cuatro bloques. La introducción explica la cronología, el por qué del título y la metodología empleada. La fecha de cierre, 1939, coincide con el final de la Guerra Civil española; y la de inicio, 1894, se mueve entre la presentación del himno de Alicante, que habla del orgullo de la ciudad, las ordenanzas municipales, los tratados de urbanismo… 

En el segundo bloque abordo otros asuntos que tienen mucho que ver con la evolución de la ciudades, como el desarrollo de la prensa, de las dotaciones de las urbes, de la burguesía o de la educación, que aunque habían sido tratados por otros historiadores carecían de ese enfoque artístico que es el que intento aportar con el libro. Obviamente, estas cuestiones al haber sido atendidas anteriormente, no constituyen el grueso de la obra ni guardan relación directa con su título, ‘La ciudad pensada, la ciudad vivida, la ciudad representada’. Esto se desarrolla en el tercer bloque, que es el más extenso, y por eso está dividido en siete apartados, cada uno de los cuales se dedica a una zona distinta de la ciudad y, a su vez, cuenta con subsecciones para que la lectura sea más amena.

Portada del libro – © María Gilabert / Revista Casa Mediterráneo.

Este libro tiene la singularidad de la visión artística que ofrece de la arquitectura de la ciudad. ¿Qué expresiones artísticas incluidas en la obra muestran las percepciones de Alicante en las épocas que recorre?

Hay muchísima pintura, representaciones de óleo sobre lienzo o sobre tabla, obras bastante conocidas porque muchas de ellas forman parte de colecciones como la del Museo del Prado o la de la Diputación de Alicante que se halla expuesta en el MUBAG. Hay obras extraídas también de dibujos de prensa, que quizás son menos conocidas,  o carteles que, al encontrarse en el Archivo Municipal de Alicante, resultan más populares. Al mismo tiempo, se incluyen imágenes artísticas narradas, a través de novelas de Azorín, de Gabriel Miró, incluso otras menos artísticas como recortes de prensa, opiniones de personas que deambulaban por la ciudad, guías de turismo… hay una amplia variedad. 

También es un libro que acerca imágenes no tan conocidas para el público en general porque pertenecen a instituciones muy alejadas de Alicante. Hay alguna obra del Museo de Pablo Picasso, como un lienzo del pintor de cuando era joven, fotografías de obras de Darío de Regoyos -tuve ir a Nueva York para conseguirlas- o instantáneas de la Agencia Magnum, que dicen mucho del tema del libro. Hay un corpus integrado por unas 165 fotografías, que aún así se queda corto -la preselección original era de más de 300-, de modo que todavía queda mucho en lo que investigar y ahondar, que podría enriquecer el discurso del libro.

Entre otras cosas, su ensayo reviste interés por las reacciones de los ciudadanos ante las transformaciones urbanísticas que se fueron produciendo en la ciudad. En la sección titulada ‘En busca de la ciudad moderna: el ensanche y la reforma interior de Alicante’, aborda los cambios que se realizaron en el centro histórico de Alicante. ¿Cómo acogió la población estas transformaciones?

Este cambio de la ciudad moderna es un proceso muy largo. En un primer momento se encuentran muchos escritos que manifiestan un poco de nostalgia ante lo que suponía pasear por la ciudad intramuros, por ver los edificios antiguos, que ahora estaban cambiando por construcciones que hoy en día nos llaman la atención y nos gustan tanto, como por ejemplo la Casa del Ascensor en La Rambla. Eran estilos de arquitectura que se criticaban porque rompían la estética de la antigua ciudad. Incluso si avanzamos más en el tiempo, en los años 20 del pasado siglo se llegó a criticar el Mercado Central, no gustaba nada su fachada. Y fuera del ámbito de la arquitectura recibió grandes críticas la fuente de Levante de la Plaza de los Luceros porque tenía un estilo o un lenguaje que nadie lograba entender. Y en cierto modo, conforme avanza el tiempo esta actitud va cambiando con la aparición de edificios como la Casa de Correos, la Casa de Socorro o el Palacio de la Diputación, que consiguen recuperar esa imagen que la gente demandaba de la ciudad, de la capital de provincia que debía ser Alicante. 

Esto es muy interesante porque nos permite reflexionar sobre cómo vemos hoy en día nuestra ciudad. A veces protestamos porque se acometen ciertas reformas urbanísticas y en otras ocasiones intentamos proteger monumentos o edificios que en su momento no eran aplaudidos. Por ejemplo, si a alguien hoy se le ocurriese derribar el Mercado Central nos llevaríamos las manos a la cabeza. En este sentido, viene bien descubrir cómo las visiones sobre el patrimonio, los monumentos o los edificios son tan cambiantes a lo largo del tiempo. Creo que es algo sobre lo que se puede reflexionar con la lectura del libro.

Hace referencia a barrios alicantinos tan emblemáticos como el de Benalúa o el Raval Roig. Mientras que el Barrio de Benalúa desde sus inicios fue motivo de orgullo para sus vecinos, el Raval Roig se sintió marginado por el deterioro y la falta de servicios. ¿A qué se debían estas diferencias?

Hay una diferencia fundamental y es que el Barrio de Benalúa se construía desde cero y el Raval Roig o Santa Cruz eran barrios que ya existían, donde había que acometer reformas muy intensas, con las problemáticas que ello acarreaba. Benalúa al comenzar desde cero, podía gestar también su identidad partiendo de esa base, de ahí que el orgullo que se siente por el barrio va en una línea paralela a la construcción del mismo. 

El caso de Santa Cruz o del Raval Roig son distintos. Por un lado, emprender reformas en esos espacios implicaba trasladar a la gente que vivía allí, personas con recursos limitados. Por lo tanto, unas reformas en esas zonas irían en contra de quienes las habitaban. Además, implicaba cambiar la morfología de los distritos y eso era también un punto conflictivo porque muchos habitantes de Alicante pensaban que en el Raval Roig y Santa Cruz pervivía el alma de la ciudad histórica de Alicante. Entonces, resultaba muy complicado reformarlas, pero al mismo tiempo esto no quiere decir que no se demandase la mejora de ciertas condiciones porque ello no implicaba que se modificase por completo su morfología. Se buscaba, de algún modo, encontrar el equilibrio entre mejorar el barrio y las condiciones de quienes lo habitaban. Pero muchas veces ambos objetivos no van cogidos de la mano.

¿De qué manera se trató de dar una proyección turística a la imagen de la ciudad?

Esto viene de mucho tiempo atrás. Desde 1858 o 70 ya hay intención de construir espacios en la playa en forma de balnearios, que de hecho existían desde hacía muchísimo tiempo, para que la gente pudiese beneficiarse de las bondades del clima de Alicante. Conforme va entrando el siglo XX se aprovecha esta fama de estación de invierno, un lugar rodeado de palmeras donde siempre hace sol, para atraer a los turistas. Y hay muchas guías turísticas y carteles en distintos idiomas que tratan de captar visitantes extranjeros. Incluso se hace mención a diarios de viajeros, como el caso de un matrimonio de ingleses que en 1922 viene desde Madrid hasta Alicante, pasa por Elche, Jijona y Murcia y habla de las impresiones que le produce este lugar soleado, lleno de palmeras, pero también muy pintoresco por el carácter de la gente y la mezcla de la ciudad y del campo en muchos lugares. 

Los gobernantes de las ciudades no eran ajenos a estos hechos y promueven la construcción de edificios, paseos, explanadas y parques con ese fin. Quizá el empuje definitivo, siempre dentro de la cronología del libro, se da en los años 20, cuando la asociación Alicante Atracción comienza a organizar diferentes actividades para atraer turistas. La más conocida, desde luego, son las Hogueras, que surgen en 1928 por voluntad de Alicante Atracción, entre otras organizaciones y personas. Pero esta asociación ya se había movido en esta línea tratando de recuperar los trenes botijo, que venían desde Madrid y se llamaban así porque la gente viajaba muy apretada y llevaba estos recipientes para beber agua. Alicante Atracción está detrás de la recuperación de estos trenes, que ya existían años atrás, pero durante un corto periodo de tiempo dejaron de tener frecuencia. Estos trenes llegaban hasta la Estación de Madrid, donde se agolpaban multitud de carrozas y carruajes de muchos alicantinos que veían la oportunidad de hacer un dinero llevando a los viajeros directamente a los balnearios de El Postiguet. En línea con lo que ocurre hoy en día, cuando mucha gente espera a que llegue el verano para hacer caja.

Pablo Sánchez durante la presentación de su libro en Casa Mediterráneo – © María Gilabert / Revista Casa Mediterráneo.

La Guerra Civil española golpeó con fuerza la ciudad de Alicante, que fue objeto de frecuentes bombardeos. Algunos de los artistas residentes en la ciudad optaron por marcharse a las comarcas huyendo de las bombas y otros decidieron permanecer. ¿Qué testimonios ofrecieron de los efectos de la contienda en la población? 

Sobre este tema queda mucho por investigar, pero tengo la sensación de que fueron más los que se quedaron que los que se marcharon. Por ejemplo, sabemos que el arquitecto Juan Vidal se fue, pero muchos otros permanecieron. Como todos sabemos, Alicante se quedó en la zona republicana y hay un escrito en un periódico, creo recordar que en El Luchador, que era republicano, en el que muchos artistas, entre otras personalidades, firmaron un manifiesto de apoyo a la Unión Soviética. Ahí se encontraban los nombres de Emilio Varela, Miguel Abad, Gastón Castelló… Este último en sus memorias reconoce que se queda en la ciudad y se dedica a hacer retratos de Líster, Lenin, Stalin, Azaña… que se colgaban por Alicante, de los que hay fotografías. Y muchos, quizás por obligación debido a la zona en la que se encuentran y otros tantos por convicción ideológica, se dedican a utilizar los pinceles para luchar, ya que no podían hacerlo con las armas. 

Por ejemplo, a Miguel Abad no le permitieron participar en el frente por miope, de manera que desde Alicante emprendió su lucha con lápices y pinceles. Ésta consistía en hacer dibujos propagandísticos en periódicos y carteles, muchos de los cuales mostraban cómo era la vida aquí y cómo había cambiado. Melchor Aracil dibuja un bombardeo inspirándose en un poema de Miguel Hernández, representando la cúpula de la Iglesia de Santa María, la silueta de la ciudad de Alicante… Todas estas imágenes contribuyen mucho a poder figurarnos cómo había cambiado la ciudad. Todo ello se une a fotografías de bombardeos que mostraban edificios destrozados, que en ocasiones coincidían con descripciones de medios incluso extranjeros sobre el estado en que había quedado Alicante. Al mismo tiempo, la ciudad cambia al construirse refugios que transforman la morfología de calles, edificios… Todo ello ofrece un corpus de imágenes que nos ayudan a entender los cambios en la ciudad.

En el libro se mencionan también las construcciones típicas de la huerta alicantina y las comarcas. ¿Qué estilos predominan en ambas zonas?

Hay mucha gente que percibe la huerta o las comarcas como un remanso de paz, lejos de la vorágine de la ciudad moderna en la que se estaba convirtiendo Alicante, de modo que se marcha allí y construye sus residencias. Se trata de villas de recreo, de las que todavía quedan muchas en pie, como la Finca Abril o Villa Gadea. Pero, curiosamente, esas fincas que levanta la gente con dinero para huir de la metrópoli pasan desapercibidas o no son apreciadas por otras personas.

Por ejemplo, a Gabriel Miró le gustaba mucho ir a la huerta para inspirarse, descansar, respirar, y en alguno de sus escritos menciona su tipo de arquitectura singular. Habla de las pequeñas casas de los labradores, de las torres de la huerta, pero no hace alusión a ninguno de esos chalés, lo que indica que muchas veces las formas de entender un mismo espacio son distintas. Emilio Varela tampoco representa en sus cuadros ninguna de estas fincas, mientras que sí plasma las torres de la huerta, diferenciando así lo que se consideraba típico y lo que no, cuando ambos espacios eran oasis de tranquilidad.

Y en las comarcas ocurre lo mismo. En los escritos de Gabriel Miró y en las pinturas de Emilio Varela se observan miradas muy parecidas a las que dirigen a la huerta. Hablan de espacios de paz, que transcurren lejos de Alicante, donde el tiempo se detiene. Hay descripciones de Gabriel Miró y pinturas de Emilio Varela de pueblos como Guadalest que son prácticamente idénticas. Del mismo modo, los colores que describe el escritor sobre el Peñón de Ifach coinciden con los que refleja el pintor en su lienzo. Son formas de entender estos espacios que buscan la esencia de lo que no había cambiado, de lo que parecía inalterable a la modernidad, y había mucha gente aproximándose a ello desde ópticas distintas. Varela y Miró desde una visión muy parecida también a la de Óscar Esplá, al tiempo que quienes buscaban esa tranquilidad construían fincas de recreo que para los primeros, sin embargo, no iban en la línea de lo que consideraban el remanso de paz.

No sólo se debe reformar, valorar o apreciar un monumento, sino que además hay que integrarlo dentro de un sentimiento.

En Alicante, la ciudadanía suele lamentar que se hayan dejado perder edificios antiguos que habrían contribuido a disfrutar de un patrimonio arquitectónico más rico.

Desde luego, pero pienso que va mucho más allá del simple edificio. No basta con conservar un edificio, no basta con preservar la fachada o el interior. A los edificios hay que darles un uso vinculado a sus entornos. Es decir, no sólo se debe reformar, valorar o apreciar un monumento, sino que además hay que integrarlo dentro de un sentimiento. Edificios que hoy en día están tan amenazados como el antiguo Cine Ideal, que quizás sea ahora el caso más llamativo, en su momento fueron admirados porque la gente podía hacer uso de ellos y los sentía como propios. En el momento en el que ese edificio se le arrebata a la población, ya sea derruyéndolo o conservándolo, si la ciudadanía no puede hacer uso de él va a lamentar su falta de propiedad sobre el mismo. Y las generaciones venideras no lo apreciarán como quienes fueron a ver una película allí, a comprar en una tienda determinada que ya no existe o a asistir a una obra en un pequeño teatro de barrio. Si esos edificios no continúan teniendo un uso, aunque sea diferente al original, para las personas que habitan a su alrededor poco a poco irán perdiendo su personalidad, su identidad, y llegará un punto en el que su pérdida sea ya un hecho irreversible. Eso es lo que ha pasado en esta ciudad. 

En este sentido, ¿considera que los habitantes de Alicante, en general, conocen suficientemente la historia de su ciudad? ¿Se está enseñando esa historia a las nuevas generaciones que no han tenido la oportunidad de vivirla en primera persona para que puedan valorarla y defenderla?

Tiene que haber una labor pedagógica detrás. Esto es un primer paso, pero al final este tipo de libros va dedicado a un público adulto. De modo que hay que ir más allá. Quienes escribimos este género de obras lo hacemos pensando en que haya reelaboraciones detrás, personas que quieran elaborar un itinerario turístico, un taller didáctico, una exposición y readaptar un libro pensado para leer en soledad en casa a un público mayor, haciéndolo más didáctico y accesible. Con el libro pretendo contribuir a eso, a que la gente entienda por qué vemos Alicante como lo vemos hoy en día, cómo se veía y cómo lo podemos ver, siempre desde mi óptica. Que entendamos por qué las cosas que hemos perdido no deberíamos haberlas perdido; y por qué las cosas que conservamos deberíamos conservarlas.

Me gustaría que la gente una vez que lo haya leído salga a las calles y mire a su alrededor. Las ciudades están para vivirlas. No me refiero a que sean lugares donde sólo crecemos, sino donde también aprendemos y de los que nos sentimos parte. Y no hace falta haber nacido en una ciudad para vivirla, sino que una persona puede echar raíces en un lugar que no es el suyo de origen, simplemente entendiéndolo o queriendo entenderlo. Y desde luego, queriéndolo y valorándolo. 

Es una pena que nosotros mismos no conozcamos lo que nos hace únicos. Creo que valoran más esta ciudad quienes vienen de fuera que quienes somos de aquí. Este libro espera contribuir a que se conozca más, tanto por parte de los adultos como de las nuevas generaciones. Está hecho con mucho cariño por parte de un alicantino que no vive en Alicante y que echa mucho de menos vivir aquí.

El libro puede adquirirse en la página web de la Llibreria de la Generalitat Valenciana y en sus tiendas físicas existentes en las capitales de las tres provincias de la comunidad. 

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