Revista Casa Mediterráneo

Pepe Pérez-Muelas, autor de ‘Homo Viator’: “Para mí, el mundo clásico es una patria”

en enero 23, 2024

Viajar ha sido, desde tiempos remotos, una necesidad del ser humano. El movimiento lo lleva inscrito en sus genes, ir más allá de la tierra conocida en pro de la propia supervivencia. Los viajes han permitido el trasvase de culturas y conocimientos, tan fundamentales para el avance de la civilización. Y todo ese afán por viajar, desde la cotidianidad de las crónicas hasta las gestas heroicas, lo recoge de forma sumamente ágil y amena Pepe Pérez-Muelas en su ensayo titulado Homo Viator. El descubrimiento del mundo a través de los viajeros (Siruela, 2023). El autor hablará de esa necesidad de viajar y, concretamente, de la importancia de los viajes en el Mare Nostrum el próximo viernes 2 de febrero a las 19:00 horas en la sede de Casa Mediterráneo, en una charla con Paco Linares Micó.

Entre los personajes que aparecen en el libro se encuentran Marco Polo, Plinio, Magallanes, Robert Burton, Ibn Battuta o Marie Paradis, así como viajeros españoles que protagonizaron grandes hazañas, como Pedro Páez, Rui González de o el espía Ali Bey, pero que no han obtenido el reconocimiento que merecían. En definitiva, ofrece una rica incursión en los viajes que marcaron el rumbo de la humanidad y en la propia fascinación que supone viajar. “Homo Viator es un auténtico festín para el viajero curtido, el aventurero, el amante de la historia y para quien disfruta viajando desde el sofá. Impresionante”, destaca la escritora María Belmonte.

Pepe Pérez Muelas (Lorca, 1989) estudió Filología Hispánica en Granada, cursó estudios en la École Normale Supérieure de París y un máster en cultura latinoamericana en la Sorbona. Actualmente, reside en Sevilla, donde ejerce como profesor de Literatura y colabora con distintos medios. En esta entrevista, el autor nos cuenta algunas de las claves del libro.

Homo Viator hace un fascinante repaso de lugares y viajeros que han recorrido el mundo a lo largo de la historia, desde Heródoto hasta Gagarin, en un libro que va más allá del puro ensayo. ¿Cómo se gestó esta obra y con qué intención?

Es un libro que llevo pensando toda mi vida. Como digo en el libro, ahí están los viajeros que he leído desde la infancia. Desde niño, me pasaba las tardes abriendo mapas, revisando atlas, cuando no sabía ni leer. Cuando no era ni siquiera consciente de lo que significaba la geografía ni sus dimensiones, iba con un dedo atravesando montañas, cruzando desiertos, navegando por océanos, y luego de ahí salté a la lectura de libros infantiles de aventuras.

Los viajes siempre han tenido un componente fundacional en mi vida. Cuando ya fui adolescente y empecé a encarar libros de mayor enjundia, también tenían éstos su componente viajero. Entonces, llegó un momento -y lo cuento en la introducción- que estando en Bolonia me di cuenta de que mi forma de viajar, de visitar los lugares, no consiste tanto en conocer la ciudad, sino las ciudades que han legado otros viajeros a través de sus testimonios. Ahí es cuando se me enciende la bombilla y me digo: Voy a escribir una historia del mundo a través de los viajeros. Una vez que tuve la idea, el tiempo de composición fueron nueve meses, no desorbitado, pero, claro, llevo una preparación de toda la vida.

El libro es, entonces, el resultado de un bagaje hecho a base de muchas lecturas y viajes…

Sí, la idea del libro precisamente era ésa. Para hacerlo más cercano al lector y que no fuese solamente una historia decimonónica -huyo de eso-, meto experiencias propias que he vivido en esos lugares, e incluso novelizo o ficciono relatos que han hecho otros viajeros, me los imagino llegando a un lugar o la preparación del viaje… En ese sentido, es un libro híbrido, que mezcla varios géneros. No podemos decir solamente que sea un ensayo, o al menos no es un ensayo académico, porque mezcla muchas cosas.

En Homo Viator defiende la naturaleza nómada del ser humano, cuyo instinto le ha llevado a explorar lugares desconocidos a lo largo de la historia. ¿Qué razones considera que han impulsado esa búsqueda por nuevos horizontes?

Creo que, principalmente, es la supervivencia, porque no sólo hablo de ese homínido que baja de los árboles y que quiere ir más allá de lo que alcanza su vista para buscar comida y que descubre que en el horizonte hay pastos mejores y pierde el miedo. Por ejemplo, te puedo hablar de Colón, cuyo viaje fue de exploración, geográfico, de conocimiento, pero también económico: Lo que estaba buscando Colón era el paso hacia las islas de las especias, porque Constantinopla había caído y con la Ruta de la Seda se había roto la conexión que había entre Asia y Europa. Pero, sobre todo, se trata de supervivencia económica.

Si queremos ser un poco más precisos, se basa en una ambición que puede ser política, económica, como en el caso de los emperadores o los reyes que sufragan muchos de estos viajes, pero también una ambición personal de conocimiento. Eso lo vemos, por ejemplo, en Livingston, que era misionero, pastor evangélico que se va a África y se pasa la vida recorriendo el continente de norte a sur, además con una mirada limpia, desacomplejada, alejada del esclavismo que sí practicaba su imperio, el inglés, en aquella época. Entonces, yo creo que el viajero tiene una sed de conocimiento que es lo que ha movido el mundo y lo que lo sigue moviendo. Hoy en día siguen los viajes, siguen los retos. Parece que ya hemos conseguido llegar a todas las partes del planeta, pero siempre hay alguna arista que queda. Se ha escalado el K2 desde todos los puntos, salvo la ladera este, pues ahora el ser humano está intentando escalarla en invierno. He puesto un ejemplo inventado, pero que resume muy bien lo que pienso.

¿Qué suponen para usted el mundo clásico y Grecia, “la civilización que inventó el viaje como narración a partir de La Odisea o Heródoto”?

Para mí, el mundo clásico es una patria. Desde niño, me he familiarizado con la historia del mundo clásico. Recuerdo que uno de los primeros libros que leí, sin versión infantil, el texto puro, fue La expedición de los 10.000, de Jenofonte, que no deja de ser un viaje, a través del Asia Menor, de la península de Anatolia de vuelta al hogar, a Grecia, tras una guerra perdida. El mundo clásico, Grecia, Roma… son los pilares que tenemos. Son las calles que nombra nuestro callejero hoy en día, la comida que comemos, la forma de comportarnos, de relacionarnos, es nuestra historia, es nuestra esencia, son nuestros antepasados. Me siento muy orgulloso de tener esta herencia clásica y creo que no tenemos que renunciar a ella. Considero que Europa se tiene que sentir orgullosa de este mundo que le ha sido heredado, defenderlo y luchar por que no se pierda. En el mundo clásico está todo.

Escribiendo el libro me he dado cuenta de que la mayor parte de los viajes que se han hecho en el mundo, antes o lo había hecho un griego o lo había pensado un griego o lo había teorizado un griego. Por ejemplo, no se llega hasta la Antártida hasta finales del siglo XIX principios del XX, sin embargo, Aristóteles ya pensaba que tenía que haber una tierra al sur y la llaman la “Terra Australis Incógnita”, la tierra del sur desconocida. Ya los griegos pensaron en la Antártida veinte siglos antes de que se pudiese llegar.

El redescubrimiento del mundo clásico llevó a jóvenes de familias acomodadas del norte de Europa a viajar a Italia y Grecia en lo que se llamó “Le Grand Tour”. ¿Qué implicaba este viaje para sus protagonistas, en busca de la belleza y la calidez del sur?

Si me preguntas qué me hubiese gustado ser en la vida, te hubiera dicho que un “gran turista”, uno de estos jóvenes adinerados que emprendían un viaje financiado por papá y mamá. Papá podía ser un lord, un diputado del Parlamento inglés o un aristócrata francés, que entendía lo necesario que era que sus hijos se formasen en el mundo clásico y la mejor manera era viajar a Italia y a Grecia.

Eran viajes fundacionales que podían durar tres, cuatro o cinco años, siempre acompañados por un tutor que solía ser un oscuro profesor de latín y griego de sesenta y tantos años, que intentaba controlar al chico, de unos 17 o veintipocos años, para que no se desmadrase -como un Erasmus, hoy en día-. Eran personas privilegiadas, que descubren una Roma, una historia que está viva, pero moribunda también. Ven cómo los romanos viven con el Foro decrépito, con hierbas salvajes, las vacas pastando, preguntándose cómo es posible que esas maravillas convivan con esa dura cotidianidad. También descubren una Roma intrigante, papal, que se desangraba por la política y, sobre todo, enseñan -lo que es bastante paradójico que tengan que hacerlo un inglés, un francés o un alemán- al mundo que el legado de Roma y Grecia está disponible y que hay que protegerlo, cuidarlo y luchar por él. Y esto lo hace muy bien el que se considera el padre de la historia del arte, Winckelmann -de quien hablo en el epílogo-. Cuando plantea el debate de qué es la belleza, cómo se puede sintetizar en una escultura griega o romana, le está diciendo al mundo: “Ojo, que este pasado es el que nos conviene, por el que hay que luchar”.

Debe haber sido complicado seleccionar los nombres de los viajeros que aparecen en el libro. ¿Se han quedado muchos en el tintero o están los que considera imprescindibles?

No ha sido tan difícil porque los viajeros que están en el libro son los que yo he leído. Es cierto que he tenido que hacer una síntesis porque el libro desbordaba las pretensiones. De hecho, tuve que suprimir un tercio de lo que ya había escrito, porque era imposible por la extensión. Por supuesto, se han quedado fuera escritores imprescindibles y me ha dado mucho dolor excluirlos, pero ha sido en pos del viaje, de que el lector pudiese realizarlo con comodidad. No se puede escribir un libro de 600 o 700 páginas, porque se hace inleíble y es llenar de piedras y baches el camino.

Por ejemplo, he tenido que dejar fuera a muchos viajeros de Grecia del siglo XX, pero tuve que delimitar y a la hora de hablar del Grand Tour me quedé en Schliemann, que es el último gran viajero, a principios del siglo XX. Tuve que hacer una selección; viajar también es elegir.

No he visto a los escritores de viajes Bruce Chatwin o Patrick Leigh Fermor…

Leigh Fermor es uno de los que he tenido que sacrificar y, de hecho, Jacinto Antón, en su crítica de El País me lo reprocha. No pude darle la réplica diciéndole que la culpa era del editor, no mía (risas).

De todas formas, su figura aparece en otros libros escritos en español, como en Peregrinos de la belleza, de María Belmonte.

Sí. De hecho, acaba de salir un libro sobre él.

‘Una aventura griega’, libro reciente escrito por María José Solano, se centra en su figura. Entre los viajeros que sí aparecen en Homo Viator se hallan varios españoles como Pedro Páez (primer europeo que llegó a las Fuentes del Nilo), Rui González de Clavijo (llegó hasta los dominios del Tamerlán) o el espía Ali Bey (Domingo de Badía), figuras poco reconocidas en su propio país. ¿A qué cree que se debe la escasa trascendencia de sus nombres, pese a la importancia de sus gestas?

Se debe principalmente a dos cosas que están muy unidas. Primero, la ignorancia generalizada que tenemos en España. Yo soy profesor de instituto y la historia apenas se estudia; es la gran asignatura pendiente del sistema educativo español. Se estudia mal y poco. Tú vas ahora a una clase de 2º de Bachillerato y preguntas por los reyes que ha tenido España en el siglo XX y probablemente no sepan decírtelo. No saben quién es Adolfo Suárez o Felipe González. Imagínate un viajero del siglo XVI como Pedro Páez… es directamente imposible. Luego, tenemos el segundo factor, que también considero muy importante, y es que esta ignorancia nos lleva no sólo a desconocer nuestra historia, sino también a rechazarla. Está la leyenda negra, que tanto nos persigue, que dice que toda la historia de España es mala, que sólo se han cometido atrocidades, sin analizar los motivos históricos, ni si es cierto o no. Eso nos lastra mucho a la hora de estudiar nuestra historia. Por ejemplo, tenemos grandes viajeros en los Jesuitas, en los siglos XVI y XVII, que fueron a la india, China y Japón, que no se estudian porque fueron misioneros y esa parte de la historia la dejamos un poco al margen.

Yo, cuando me he sentado a escribir el libro y a leer todos esos testimonios, sobre todo he pretendido tener una mirada limpia y dejar claro que no soy un juez de la historia. Comento lo que hay, lo que veo, lo que siento, pero no soy quién para juzgar a Cortés con los ojos de un escritor del siglo XXI.

También le quería preguntar por algo que la escritora, traductora y viajera María Belmonte -quien, por cierto, halaga tu obra- cuenta en sus libros: al viajar a lugares cargados de historia puede llegar a sentir la esencia de las personas que dejaron allí su impronta. ¿Esa sensación la has experimentado en algún momento?

Sí. Ése es el espíritu de Homo Viator. Cuando el libro estuvo a punto de publicarse hablé con ella y coincidíamos en eso. Yo me encontraba en ese momento en Capri y estábamos hablando de las villas de Tiberio, cómo ella en Peregrinos de la belleza las describe y, al final, la esencia de mi libro es perseguir un lugar histórico, pero buscando lo que ha dicho un viajero sobre él. Con lo cual, se reviste de una nueva capa de historia al lugar. De modo que sí, estoy de acuerdo con esa sensación.

Yo, por ejemplo, sentí muchísima emoción cuando estuve en Delfos. Lo he visitado varias veces, pero la primera vez fue especial y sentí algo místico, misterioso. No creo en absoluto en la magia, ni en fuerzas, pero se siente algo, quizás sea sugestión. Ahora que está otra vez Napoleón en boga, cuando la gente visita el campo de Waterloo siente también la grandeza de la historia aplastándola. Creo que eso puede suceder.

Sobre todo, porque conoce lo que en esos lugares ha ocurrido y les da importancia, mirándolo con unos ojos que ven más allá del mero paisaje.

Viajar es comprender y creo que hay que estudiar, en el sentido de documentarse, de enterarse, de saber a los lugares a los que se va. Y de eso dependerán las lecturas que puedas hacerle a ese lugar. Hace unos años estuve en las Termópilas, que ahora ya no es un estrecho; el mar se retiró unos cientos de metros y ahora hay una explanada por donde pasa una carretera bastante anodina con fábricas. Quien no conozca lo que sucedió en las Termópilas y lo importantes que fueron para la historia de Grecia, verá una explanada anodina. Quien conoce esa historia, quien la ha leído, quien ha soñado con ella, quien la ha vivido a través del cine o de los cuadros, sabrá perfectamente que no es solamente un paisaje, sino algo más, algo que lleva dentro.

Otro asunto que aborda en el libro son los viajes a Tierra Santa, el peregrinaje que ha llevado y lleva a miles de cristianos a conocer los lugares emblemáticos de la vida de Jesús de Nazaret, ¿se han banalizado en la actualidad o conservan el aura de su historia y antigüedad?

Actualmente, creo que no ha cambiado mucho. Puede ser de los pocos viajes que no hayan cambiado en esencia desde el siglo IV. Me explico. En Jerusalén, al igual que en la época de las Cruzadas, que empiezan por muchos motivos -económicos, estratégicos y de protección a los peregrinos- hay una masificación, que se daba desde que Santa Elena descubre los santos lugares, cuando se produce un “boom” del viaje a Tierra Santa. Y podemos tener testimonios como el de Egeria, que son muy iluminadores en este sentido. Hay una masa de población en Europa que lo deja todo para visitar los santos lugares, como lo hizo en las Cruzadas.

Lo podemos ver hoy en día, en los viajes organizados a Jerusalén. Y cuando los viajeros llegan allí, evidentemente, se encuentran con una ciudad en algunos puntos hostil porque Jerusalén no es una población cristiana. No lo era en las Cruzadas, no lo es ahora; es una ciudad con muchísimas tensiones religiosas, mucho más después de la llegada del Islam, porque ya la ciudad se debate entre tres religiones, y no dos, y lo podemos ver hoy en día. Se puede ir a Jerusalén actualmente, pero es bastante complicado por la guerra. Es uno de los puntos de tensión en el Mediterráneo, siempre moviéndose entre Occidente y Oriente, y probablemente la gente que vaya a visitar Tierra Santa sienta una gran emoción, sin que sea necesario ser religioso. Es como ocurre con los lugares con historia. Un lugar que ha generado tanta historia, sufrimiento, amor y relaciones humanas no puede pasar desapercibido en el viajero.

Otro tema que saca a relucir en el libro es el de la mitología de la montaña. ¿Qué lugares tienen para usted esa carga?

Cualquier montaña puede ser percibida así. Me explico. Soy de Lorca, aunque vivo en Sevilla. En Lorca tenemos una montaña que prácticamente hace sombra a la ciudad, la Peñarrubia. El simple hecho de levantarte por la mañana y hacer una caminata de una hora, renueva, tiene algo místico. Eso también lo vivía cuando estaba en Granada, con Sierra Nevada. Las montañas siempre han sido para el ser humano los lugares donde han vivido los dioses, esa naturaleza salvaje que no se puede dominar, lo desconocido. Los Alpes son así. Hubo un obispo del XVIII, que es el siglo de la razón y la luz, que intentó exorcizar a la montaña porque se pensaba que allí vivía el demonio. Creo que la montaña es todavía el último reducto en el que el ser humano se vuelve a encontrar con la naturaleza, en soledad, y siente que es mucho más fuerte que él, que no la puede dominar, como sí pasa en las ciudades, donde la naturaleza está domesticada, en los jardines, en los parques…

Cuando afirma que el mundo no ha cambiado mucho desde Troya, ¿a qué se refiere?

En Troya nos encontramos una guerra entre griegos y troyanos; de forma banal podemos decir entre Occidente y Oriente, pero esa misma guerra la tuvimos en la toma de Constantinopla, en Lepanto, y además en una zona similar, porque toda esa región del Mediterráneo oriental es una especie de avispero donde chocan varios imperios, religiones, culturas. En el libro la comparo con una placa tectónica, donde ésta salta. De vez en cuando se agita la tierra y se producen guerras. Insisto, lo seguimos viendo hoy en día con la guerra de Israel y Palestina, que también son dos formas de entender el mundo, más allá de los motivos del conflicto. Se produce desde Troya en esa vertiente, en ese cambio del continente europeo con el asiático, y es curioso.

En el libro compara la expedición del descubrimiento de América de Colón con la que llevó al ser humano a la luna. ¿Cuál le parece más heroica, por su complejidad y valentía?

Es difícil mojarse, pero creo que tiene una carga de mayor complejidad y de trascendencia humana el viaje de Colón, porque descubre las dimensiones exactas del planeta que, por supuesto, termina de delimitar la expedición de Elcano, pero Colón descubre que no estamos tan solos en el mundo, en el sentido de que los mapas se han quedado pequeños y nos han mostrado una realidad que no era completa ni exacta, ha descubierto otras culturas… El ser humano sale de la zona de confort, de ese conocimiento asumido desde la Biblia y los pensadores cristianos medievales, y se encuentra de repente con ese cuarto continente. Ese conocimiento asumido era tal que se pensaba que había tres continentes porque todo tenía que encajar. La trinidad era tres, los Reyes Magos eran tres y, entonces, por supuesto, tenía que haber tres continentes, Asia, África y Europa. Al aparecer un cuarto, el ser humano se da cuenta de que tiene que valerse por sí mismo y dejar a un lado la mitología para descubrirse. Por eso creo que ese viaje es mucho más paradigmático que el de la luna, siendo también un hito en el conocimiento humano y abre las puertas al descubrimiento del espacio.

En el libro son frecuentes la visitas a cementerios, que le dan pie a hablar sobre algunos de los viajeros cuyos restos reposan en lugares de todo el mundo. ¿Por qué se detiene en estos sitios?

El libro acaba, de hecho, en un cementerio, el cementerio acatólico de Roma. Es un cementerio de viajeros porque estaba destinado para la gente que no era católica. Y en Roma, en el siglo XVIII o XIX quien no era católico era porque no había nacido en esa ciudad.

Más allá de que me parece un lugar realmente hermoso, iluminador, está lleno de testimonios que fueron interrumpidos por la muerte a causa de paludismo, de una herida en un bar por una reyerta, de una guerra… Entonces, quise acabar también como homenaje a todos aquellos viajeros que no pudieron terminar ese viaje que tenían planeado. Colón murió después de haber ido cuatro veces a América, pero se planteaba hacer una quinta ruta. Magallanes murió en las Molucas sin haber podido culminar su viaje. Y me parecía un homenaje bonito y sencillo. Eso lo vemos, por ejemplo, en la montaña, o en la conquista del Polo. Las montañas y los océanos están llenos de cadáveres de viajeros que no lograron culminar su viaje, porque les fallaron las fuerzas o porque la tecnología de aquel tiempo era insuficiente.

Éste es su primer libro. ¿Tiene previsto seguir publicando?

Sí, tengo un proyecto que estoy culminando sobre una historia familiar, que se aleja de los viajes, aunque es cierto que en el libro hay un viaje muy importante. Homo Viator tiene su espacio, que precisamente es este libro, y no creo que tenga una continuidad como viajeros que están descubriendo el mundo -considero que eso está bastante cumplido- y, en todo caso, podría tener una segunda parte sobre viajeros del mundo que vienen a España, pero no tengo ni proyecto de escribirlo todavía. Necesito descansar de los viajeros y encontrarme con otras historias.

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