Revista Casa Mediterráneo

Rosa Regàs: “Si damos otra mirada a la realidad que ha manipulado nuestra imaginación, estaremos en el camino de la creación”

en junio 19, 2020

Rosa Regàs (Barcelona, 1933) es una de las autoras más reconocidas de nuestro país, destacada por su firme defensa de causas sociales, la honestidad en su escritura y la valentía a la hora de decir lo que piensa, le pese a quien le pese. Regàs pasó la Guerra Civil española en Francia hasta que la contienda terminó, cuando tenía seis años. Entonces regresó a España e ingresó en un internado. Tras estudiar Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona, empezó a trabajar en la Editorial Seix Barral, donde permaneció entre 1964 y 1970. Fundó la editorial La Gaya Ciencia y Ediciones Bausán y dirigió las revistas Arquitecturas Bis y Cuadernos de la Gaya Ciencia. Tuvo cinco hijos y, cuando éstos ya fueron mayores, a la edad de 50 años dio un giro radical a su vida haciéndose traductora de Naciones Unidas. 

Este trabajo le permitió viajar por algunas de las ciudades más cosmopolitas del mundo como París, Ginebra, Nueva York, Washington o Nairobi, que afianzaron sus ideas contrarias a los nacionalismos. Sus dotes como escritora estuvieron siempre presentes en su vida, pero no fue hasta 1987 cuando se decidió a publicar su primer libro, Ginebra, un ensayo sobre la ciudad suiza que escribió, casi por casualidad, por encargo de Carlos Trías para la colección Ciudades de la Editorial Destino. En 1991 publicó su primera novela, Memoria de Almator, y en 1994 ganó el Premio Nadal por Azul, una historia con la que alcanzó popularidad entre los lectores.

Luego llegaron Viaje a la luz del Cham (1995), a raíz de su estancia en Siria, y Luna lunera (1999), una novela autobiográfica que le valió el Premio Ciudad de Barcelona de Narrativa. En 2001 ganó la 50ª edición del Premio Planeta con la novela La canción de Dorotea. Le siguieron otras obras, entre ellas Diario de una abuela de verano (2004), que se convirtió en una serie para la televisión. Con Música de cámara ganó en 2013 el Premio Biblioteca Breve. Entre sus cargos públicos fue muy sonado su paso por la Biblioteca Nacional de España, de la que fue directora general entre 2004 y 2007, favoreciendo grandes cambios, y cuya salida estuvo rodeada de polémica. 

Para hablarnos de su trayectoria literaria, su vida y sus ideas, Rosa Regàs participará el próximo lunes 22 de junio a las 19:00 horas en un encuentro virtual en la web de Casa Mediterráneo moderado por la editora Marina Vicente, dentro del ciclo Escritores y el Mediterráneo. Como adelanto a esta cita, la autora nos concedió una extensa entrevista colmada de sencillez, lucidez y sinceridad.

Sus inicios profesionales en el mundo de la literatura se remontan a su trabajo en la editorial Seix Barral, la fundación de dos editoriales y la dirección de sendas revistas. ¿Cómo nació en usted el impulso de ser escritora?

Rosa Regàs – © Foto de Paco Dalmau

La verdad es que desde siempre supe que quería ser escritora, no sé por qué, pero en mi disparatada familia todo el mundo me decía que lo sería. Supongo que por los deberes que veían del colegio y sobre todo por las felicitaciones de Navidad que siempre escribía, que les debieron parecer poéticas para una niña pequeña… Yo crecí sabiendo que sería escritora y escribí algunas cosas cuando tenía 18 o 20 años, pero me parecían tan horrorosas que me desanimaba mucho. Y luego en la universidad, donde estudié Filosofía, ya no escribía como escritora, sino para los trabajos universitarios. Escribía bastante con Eugenio Trías y con ciertos amigos escritores, pero era otro tipo de escritura.

Y cuando entré en Seix Barral, que fue cuando me metí de verdad en la literatura, entonces, claro, estaba avergonzada. Las cuatro cosas que yo escribía, al lado de los grandes de la literatura del momento, me parecían un verdadero horror. Y así iba pasando el tiempo, mientras me decía a mí misma “me tengo que poner a escribir” y no me ponía y además tenía esa vergüenza que uno tiene con sus primeros escritos, que le parecen atrocidades. Hasta que un día cumplí 50 años y dije :“¡Bueno, esto no puede ser! He tenido muchos hijos y he plantado muchos árboles, pero al paso que voy me moriré sin haber escrito un libro”. Entonces, cambié mi vida absolutamente, como si todavía tuviera 25 años, vendí la editorial y me examiné en Naciones Unidas como Traductora para poder mantenerme. Mis hijos ya eran mayores, yo me había casado muy joven, a los 18 años, por lo tanto cuando tenía 50 ellos ya eran adultos y no tenía que preocuparme. Entonces, empecé una nueva vida y comencé a escribir. Pasé el examen de Naciones Unidas, me hice traductora y empecé a viajar por el mundo. Llegaba a una ciudad con un contrato de 15 días, alquilaba un pequeño apartamento, me lo prestaba un compañero o me iba a una pensión, trabajaba desde las 8 de la mañana hasta las 4 de la tarde, a las 4 y media llegaba a casa y empezaba a escribir.

De esa etapa como traductora, ¿qué lecciones extrajo de su paso por ciudades como Nueva York, Paris, Ginebra, Nairobi, Washington, etc.?

Para mí fue una profundización en lo que yo ya veía y creía, es decir, no he sido nunca nacionalista, nunca he entendido el concepto de nación, qué importancia tiene una bandera o por qué me tengo que sentir orgullosa de haber nacido en un sitio, si no es ningún mérito mío. Nací aquí como podría haber nacido en cualquier otro lugar. Y eso, de una manera vaga y un poco difusa, como se tienen las cosas a los 20, 25 o 30 años. Pero el hecho de empezar a viajar y darme cuenta de que había otras gentes que pensaban las mismas cosas que yo, pero escrito y hablado de otra manera, vivido con una historia distinta, me hizo ver que no éramos tan diferentes. Y que en el fondo no había más que una nación universal. El que hubiera naciones pequeñas no hacía más que provocar guerras y guerras constantemente. 

Algo que estamos viendo en la actualidad.

Claro y que seguiremos viendo toda la vida, mientras que haya gente que considere que tener el poder es lo más importante que les puede ocurrir.

Su primer libro fue Ginebra, que escribió por encargo de Carlos Trías en 1987. ¿Fue este el acicate que necesitaba para lanzarse a publicar?

Carlos Trías y yo éramos ya entonces muy amigos. Era amiga de todos los hermanos Trías, sobre todo de Eugenio y de Carlos. Y un día, yo estaba en Ginebra, donde había empezado a trabajar y llevaba un mes, me llamó Carlos y me contó que estaba dirigiendo una colección sobre ciudades en Destino y me pidió que hablara con José Ángel Valente para ver si quería escribir Ginebra. Hable con él, que estaba trabajando en la Organización Mundial de la Salud, y me dijo que no. Entonces llamé a Carlos y le dije: “Valente no lo quiere escribir, pero si quieres te lo escribo yo”. No había escrito nunca ninguno y Carlos me respondió: “¿Te atreves?. Le dije que sí. Le pregunté cuánto tiempo me daba y me contestó que cinco meses.

Eso es muy poco.

Efectivamente, muy poco, y no tuve más remedio que trabajar desde las cuatro de la tarde hasta las doce de la noche todos los días, porque claro, entonces surgió un problema para mí muy grave: Yo que había trabajado para editoriales, había decidido qué libros publicaba y cuáles no, tenía mi propio criterio sobre el valor de la literatura, me di cuenta de que la manera de juzgar todas estas novelas no me servía para juzgar mi propia obra y esto me dejó absolutamente perdida. Si aquello lo había medido en metros, ahora lo mío tenía que medirlo en litros. Entonces, me di cuenta de que había otra forma de juzgar la propia obra, diferente a cómo yo había juzgado la literatura que había leído y había publicado. Entonces me dediqué con mucho afán a intentar descubrir de qué forma surge y nace el ansia de escribir y la escritura y de dónde sacamos los escritores, no el tema, sino la manera de mostrar a los demás lo que nosotros estamos viendo. Entonces, a mi manera lo descubrí. 

Todo está en el interior de nosotros mismos y, de hecho, si uno quiere escribir para mostrar lo que tiene dentro debe buscar y hurgar en su interior, sacarlo con todo el esfuerzo que esto supone.

Descubrí que todo está en el interior de nosotros mismos y que, de hecho, -a no ser que queramos escribir para el éxito, que esto es otra cosa, lo que Mario Vargas Llosa llamaría “un escribidor”- si uno quiere escribir para mostrar lo que tiene dentro debe buscar y hurgar en su interior, sacarlo con todo el esfuerzo que esto supone. Y una vez que lo tenemos fuera, manipularlo hasta extremos con la imaginación y la fantasía para que no sea una copia exacta de la realidad, sino nuestra mirada, lo que más se pueda acercar a la creación. Si copiamos la realidad tal como es, está muy bien, pero esto no es creativo. Si damos otra mirada a esta realidad que ha manipulado nuestra imaginación, estaremos en el camino de la creación. Eso es lo que yo descubrí, me pareció que era la verdad y es lo que he creído toda la vida.

¿Esos principios han guiado el resto de su obra?

Bueno, esto era el por qué me ocurría, pero luego empecé a escribir y a juzgar lo que hacía. De hecho nunca sé si lo que escribo está bien o mal. Ahora ya sé de dónde lo he sacado, cómo lo he manipulado, en qué lo he convertido y cuál es mi mirada sobre una realidad que, si la tuviera que escribirla tal como es, sería muy distinta.

Si lo que ha buscado desde el principio no es el éxito, sino mostrar lo que lleva en su interior desde un punto de vista creativo, no tendrá miedo a la hora de publicar un libro…

Eso es así, aunque eso no quiere decir que si tiene éxito me alegro muchísimo y estoy encantada como todo el mundo, eso es natural, pero no es mi objetivo principal, ni mucho menos. Ni creo haber hecho nunca nada, ni un libro, ni un artículo, ni un ensayo, pensando que al hacerlo de cierta manera alcanzaría más éxito que si lo hiciera de la manera que me sale del alma.

En 1994 recibió el Premio Nadal por su libro Azul, un color que parece bastante significativo en su vida. ¿Es así? No sé si me equivoco.

No se equivoca. En este momento, si me viera, llevo zapatos azules, calcetines azules, pantalones azules, jersey azul y chaqueta azul. Yo siempre voy de azul. Mis hermanos me tomaban el pelo porque como he estado tantos años interna en un convento e íbamos con uniforme me decían que no sé vestirme más que del azul marino del colegio. Es el color que más me gusta.

¿Esa predilección por el azul tiene que ver con el Mar Mediterráneo?

Bueno, no lo sé, pero quizás tenga algo que ver con que me guste tanto el mar. O sea que el mar, además de gustarme por mil razones, encima me gusta porque es azul. Lo podríamos plantear así.

Su libro Viaje a la luz del cham (1995) se basa en sus experiencias vividas en Siria. ¿Qué es lo que más destacaría del pueblo sirio? ¿La imagen que los medios de comunicación proyectan actualmente del país es acorde a la realidad?

Estuve viviendo en Siria unos cuatro meses, pero he vuelto tres o cuatro veces antes de la guerra. Iba a regresar el año pasado pero tuve la mala suerte de que en aquel momento los americanos cambiaron el rumbo, empezaron a bombardear otra vez y ya no pude ir. He vivido sola en ese país y de todos los viajes que he hecho en mi vida y de todos los países que he conocido, que son muchísimos, es el que más me ha gustado, el que me ha hecho sentir más en casa. Es el lugar en el que he sido más capaz de unirme a la gente y de sentir cómo vivían, a pesar de no estar acostumbrada a su modo de vida.

La idea que nosotros tenemos de Siria en este momento es absolutamente falsa, porque tenemos la versión que nos dan los medios de comunicación y éstos ahora que no tienen periodistas desplegados en el país para que les cuenten la verdad; beben de las agencias de noticias, la mayoría de ellas norteamericanas. Por lo tanto, no tenemos más que la versión que nos dan los americanos, que son nuestros aliados y de los que somos sus esclavos desde el punto de vista de la información. Me gustaría aconsejar un libro maravilloso titulado Siria en perspectiva escrito por Pablo Sapag, catedrático de la Universidad Carlos III de Madrid, de padre sirio y madre española que puede viajar al país constantemente. Esta obra nos da cuenta exactamente de las cosas que han pasado, no tiene absolutamente nada que ver con lo que publican los periódicos de nuestro país e incluso algunos diarios franceses. 

En ese sentido, no es que Siria sea un caso extra. He estado también en Afganistán y el país no tiene nada que ver con lo que nos cuentan sobre él, ni las guerras, de cuya brutalidad sólo nos informan cuando se la pueden adjudicar al enemigo. Por lo tanto, no hay que fiarse de nada, porque no hay una sola verdad. Lo más importante que podemos hacer para conocer un poco el papel de Estados Unidos en el mundo es leer cualquier libro de Noam Chomsky, incluso aquel tan maravilloso que escribió a finales de los años 80 cuando estuvo en Nicaragua; es un libro que podría haberlo escrito hoy.

Con La canción de Dorotea obtuvo el Premio Planeta. ¿Qué supuso para usted este galardón en su trayectoria literaria?

Para mí lo que supuso fue tener entrada en los medios de comunicación y poder llegar a más gente; primero, porque el libro se vendía más y, segundo, porque todo el mundo me pedía artículos. Me di cuenta de que podía llegar a mucha gente. Todavía hoy cuando voy a un pueblo pequeño de Cádiz la gente se acuerda de un artículo que escribí en algún momento y esto me hace mucha gracia, porque en aquel memento me apetecía mucho llegar a la gente y poder explicar todas las cosas por las que yo creía que se debía luchar. Entonces, se me abrieron las puertas para escribir en muchas partes.

Su paso por la Biblioteca Nacional de España como directora general entre 2003 y 2007 supuso la apertura de la institución al gran público y un significativo incremento de las actividades culturales, entre otros cambios que duplicaron las visitas e incrementaron un 300% el número de carnés en 2006. Pero el nuevo Ministro de Cultura, César Antonio Molina, que sucedió a Carmen Calvo, la ministra que la nombró, fue muy crítico con su gestión, durante la cual se produjo el robo de dos valiosos mapamundis, y usted optó por dimitir ante la pérdida de confianza. ¿Cuál cree usted que fue la razón de las críticas que recibió?

Abrimos varias salas más para exponer, creamos el Museo de la Biblioteca Nacional, pusimos 50 ordenadores para que la gente pudiera acceder a todos los sitios de la biblioteca, organizamos actividades culturales diarias… pero esto no le sentaba nada bien a la extrema derecha. Además, yo era catalana y no pertenecía a ningún partido. El hecho fue que cuando se robaron estos mapas, y sabíamos quien los había cogido, el Señor César Antonio Molina me lo quiso cargar a mí y yo le decía: “Cuando un ladrón atraca un banco, ¿tiene que dimitir el director?”. Entonces empezaron a decir que había bajado la seguridad y que dejaba entrar a todo el mundo… 

No obstante, me siento muy orgullosa de esa etapa, aunque mi único mérito fue crear un equipo. Le voy a contar una anécdota muy graciosa. Cuando me nombraron me llamó el gerente de la Biblioteca Nacional para preguntarme a qué hora quería que me recogiera el coche oficial. Cuando llegué, en vez de dejarme frente a la escalinata el coche se detuvo más adelante y allí estaba el gerente. Le pregunté si no se podía entrar por la puerta principal y me dijo que no -había una cinta roja- por las obras. Y le comenté: “¡Ah! ¿Estamos de obras?”. Y me respondió que no, que ya habían acabado hacía más de un año. Entonces, le pregunté por qué no habían retirado las cintas y me contestó que porque nadie había dado la orden. Entonces pensé : “¡Dónde me he metido!”. Me di cuenta de que la biblioteca estaba dirigida por una señora, por cierto muy simpática, que llevaba mucho tiempo, pero allí había muchos reinos de taifas. Recuerdo que cuando quise saber cuántas obras se habían digitalizado, me encontré con que más del cincuenta por ciento estaba duplicado. Cambiar todo eso me provocó la antipatía de mucha gente. 

Era una situación muy complicada y me fui a visitar al Ministro de Administraciones Públicas para que valorara la situación con la que me encontré. Entonces mandó a un grupo de gente que estuvo analizando durante dos meses cómo funcionaba la biblioteca y cuando acabó me dijeron que efectivamente tenía derecho a elegir un equipo de cinco personas y trabajamos de maravilla durante aquellos dos años y medio que nos quedaban. Creo que hicimos lo que no se había hecho en la Biblioteca Nacional desde su fundación. Y además tuve la inmensa suerte, como teníamos un presupuesto muy bajo, de ir a ver al Sr. Manuel Pizarro, que era el director general de Endesa, un señor de derechas del que me hice amiga y me dijo el primer día: “¿Qué es lo que puedo hacer por ti, Rosa?”. Yo respondí: “Pues iluminar la biblioteca”. Y me dijo: “Eso está hecho”. Y a los quince días estaba iluminada. Ahora ya la han vuelto a apagar. Dicen que no tienen dinero. ¡Pero si no hace falta! Te vas a Endesa y les dices que pondrás una placa que indique que surten la electricidad de la biblioteca. Si yo hubiera tenido que moverme con el presupuesto con el que contábamos no habría podido hacer nada, ni abrir la sala Hipóstila, ni hacer los actos culturales -pagábamos a los ponentes, como es justo-, ni haber hecho el museo, ni haber puesto el busto a Machado -el único que hay en Madrid-. Me da igual que lo reconozcan o no. Fui muy feliz haciéndolo y estoy convencida de que el progreso se hace o a través de la revolución o a peldaños. Yo creo que ayudé a poner un peldaño y con eso me basta. 

Por último, me gustaría saber a qué se dedica actualmente.

Vivo en una casa muy grande, que me da mucho trabajo. Gano poco dinero, por lo tanto tengo que ahorrar y la única manera de hacerlo es a través del trabajo. Estoy feliz en esta casa, donde escucho música y escribo cuando me encargan artículos, aunque en Cataluña no me los piden porque aquí, no es que esté mal vista, es que no existo.

¿Por qué?

Porque escribo en castellano. Supongo que es por esto, porque que yo sepa no he cometido ningún otro delito. Incluso el Día de Sant Jordi, aquí en el teatro de Palafrugell, el pueblo donde vivo, todos los escritores que hay por los alrededores suben a leer un ratito y a mí nunca me han invitado. Sólo le dan vida, política, cultural y de cualquier otra naturaleza, a la gente que sea independentista, como ellos. 

mariagialma@gmail.comRosa Regàs: “Si damos otra mirada a la realidad que ha manipulado nuestra imaginación, estaremos en el camino de la creación”